La morriña que pudo desbaratar el desembarco de Normandía

La esposa lucense del espía Garbo estuvo a punto de frustrar los planes aliados para lanzar el ataque definitivo contra el ejército alemán

La morriña es un sentimiento poderoso. Lo saben los millones de gallegos que han tenido que dejar su tierra y que le han regalado al mundo esa bella palabra. Desde el 2016 se sabe, además, que su poder pudo haber cambiado la historia, en concreto, los planes aliados para lanzar el ataque definitivo contra el ejército alemán.

Unos documentos del MI5, los servicios de inteligencia británicos, desclasificados en septiembre del 2016, revelan que un año antes de que las tropas aliadas desembarcasen en Normandía (en junio de 1943) la morriña de una gallega de Lugo, Araceli González Carballo, estuvo a punto de frustrar el desembarco de Normandía, del que hoy se cumplen 75 años

Esta gallega residía en Londres junto a su marido, el catalán Juan Pujol García, conocido con los alias de Garbo (por sus dotes teatrales), Bovril e Inmortal, el más importante agente doble del Reino Unido en aquellos años cruciales. Su participación en el éxito del desembarco de las tropas aliadas en las playas francesas se considera esencial, porque hizo creer a los alemanes que era una falsa alarma y que el ataque decisivo se produciría en Calais.

Pero Araceli, que acompañando a su marido había cambiado la orilla del Miño por la del Támesis, nunca llegó a acostumbrarse a Londres. Las actividades secretas de la pareja les impedían tener vida social y, aislada, deseaba volver a su casa en Lugo. El malestar de la espía gallega estalló cuando su marido se negó a llevarla a una fiesta en la embajada española. Una situación doméstica que a punto estuvo de poner en peligro la intervención aliada y que fue motivo de secretísimos intercambios de mensajes entre agentes del MI5. Estos conocían la morriña de Araceli, su disgusto por una vida en Londres que la mantenía absolutamente recluida. A través de esos mensajes de la inteligencia británica se supo que la lucense estaba harta de macarrones y de patatas y echaba de menos el pescado y, sobre todo, a su madre.

La gallega incluso llegó a amenazar con abandonar a su marido y acudir a la embajada española a contar sus actividades secretas si no la dejaban volver a España, como revelan los documentos confidenciales hechos públicos en el 2016 por los Archivos Nacionales de Kew. En ellos se incluye la transcripción de varias conversaciones telefónicas que la mujer mantuvo con Tomas Harris, el agente del MI5 a cargo de Garbo, el 21 de junio de aquel 1943. En ellas queda claro el momento crítico, el otro día D, que la morriña de Araceli supuso para la operación:

Araceli. Le llamo para decirle que esta es la última vez que le digo que debo dejar Inglaterra, porque no quiero permanecer aquí ni un día más.

Harris. ...

Araceli. No quiero hablar con usted nada más. Es la última vez que se lo digo y espero que me dé una respuesta mañana. Si no arregla las cosas para que pueda salir de aquí inmediatamente, haré las cosas a mi manera.

Harris. ...

Araceli. Si mañana no ha arreglado mis papeles para que pueda dejar el país inmediatamente, porque no quiero vivir cinco minutos más con mi marido, iré a la embajada de España. Como puede suponer, ir a la embajada de España me puede costar la vida.

Harris. Eso es una amenaza.

Araceli. Incluso si me matan iré a la embajada española. Sé muy bien qué hacer para fastidiarlos a usted y a mi marido.

Harris. ¿Qué cree que va a ganar?

Araceli. Pueden matarme mañana, pero lo contaré todo. Tendré la satisfacción de haberlo contado todo. ¿Entiende? No quiero vivir otro día más en Inglaterra.

Araceli no cumplió su amenaza, pero los servicios secretos no debían de tenerlas todas consigo, porque tal como demuestran los documentos desclasificados, durante esos días se vigiló la embajada española para comprobar si acudía una mujer que respondiese a su descripción.

Dos días después de esta conversación, Araceli González firmaba un escrito en el que se disculpaba. «Pido mil perdones para mi marido, puesto que la culpa de todo lo que pasó es mía y cuestión totalmente personal llevada de un momento de enfado», decía, y añadía: «Prometo muy seriamente no cometer jamás acción alguna que pueda comprometer el trabajo de mi marido».

Para frenar definitivamente cualquier tentación de Araceli de desvelar la identidad de desvelar a su marido, tanto como Garbo como los agentes del MI5 pusieron en marcha un plan. Hicieron creer a la lucense que el espía había sido detenido, la metieron en un coche con los ojos vendados y la llevaron a visitarlo. La estratagema dio resultado y la esposa prometió que guardaría silencio a cambio de la libertad de su marido.

La lucense Araceli fingió una escena de celos para engañar a los servicios secretos de Hitler

La gallega tuvo la tentación de escribir sus memorias, según cuenta quien estaba llamado a darles forma, Raúl del Pozo, en el prólogo del libro Juan Pujol, el espía que derrotó a Hitler, de Javier Juárez. Pero no lo hizo y se llevó a la tumba muchos secretos. Si lo hubiese hecho quizás su relato habría dado la razón a quienes la reivindican como una espía cuando menos a la altura de su marido. Pero entre su silencio y los secretos oficiales asoman datos que dejan entrever su papel en aquellos delicados años de la Segunda Guerra Mundial.

De hecho, fue ella la que envió algunos de los primeros mensajes de Garbo para convencer a los interlocutores alemanes de su marido de que este estaba realizando labores de espionaje en Inglaterra cuando en realidad ambos se encontraban en Portugal. También fue ella la que consiguió el contacto que los llevaría a trabajar para los servicios secretos británicos y que convertiría a su marido en uno de los espías dobles más famosos de la Segunda Guerra Mundial. 

Además, entre los papeles de los servicios secretos británicos desclasificados hace tres años, un informe elaborado por Tomas Harris, el agente del MI5 encargado de Garbo, relata un episodio que deja claro el papel de la lucense. Araceli llega a fingir un ataque de celos ante el contacto alemán de Garbo con el fin de comprobar si los nazis desconfiaban de la pareja de espías. Ocurrió en 1941, mientras los Pujol-González intentaban entrar en contacto con el espionaje británico para ponerse a su servicio y habían iniciado ya su colaboración con la agencia secreta alemana Abwehr, a la que hicieron creer que se encontraban en Londres, desde donde pasaban información, cuando en realidad se habían trasladado a Lisboa. La gallega se entrevistó con un agente alemán simulando dudar de su marido para saber si desconfiaban de ellos.

De la documentación desclasificada también se desprende el eficaz entrenamiento del matrimonio Pujol-González en técnicas de espionaje. Prueba de ello es que muchos de los documentos están escritos con tintas especiales para que el contenido secreto solo pudiese ser conocido por sus destinatarios. 

De Venezuela a Lugo y a Madrid

Tras concluir la Segunda Guerra Mundial, el matrimonio se trasladó a Venezuela, donde su historia, que puso servir de guion de una película -de hecho, la vida de Garbo fue llevada al cine-, no tuvo un final de cuento. Araceli y los tres hijos de la pareja volvieron a Lugo y después se asentaron en Madrid. Juan Pujol, al que el historiador británico Christopher Andrew calificó como «el agente doble más importante de la Segunda Guerra Mundial y posiblemente de todo el siglo XX», se mudó a Angola, donde se fingió su muerte. Después volvió a Venezuela, y allí murió en 1988. Cuatro años antes había regresado a España para los actos del 40 aniversario del desembarco de Normandía, en los que Araceli y Juan volvieron a encontrarse. 

Un vínculo muy estrecho con Lugo

La morriña que Araceli González Carballo sentía casi cambia el curso de la historia. Sus habituales visitas a Lugo para visitar a su madre prueban el apego que la espía sentía por la ciudad de las Murallas. El vínculo es tan estrecho que la hija de Araceli tiene en la actualidad una vivienda en ella.

Cuando retornaba a Galicia la espía se hospedaba en la casa de su madre, doña Margarita, como la llamaban. Residía en el primer piso del número 26 de la céntrica Rúa Nova. 

Los que conocieron a Araceli González Carballo y trataron con ella solo tienen palabras afectuosas para definirla. Destacan de la única mujer de entre tres hermanos -uno de ellos con un cargo en la Marina- su inteligencia y su debilidad hacia su madre. Relatan que Araceli gestionaba Festival, una tienda de recuerdos situada en la calle Barquillo número 44, de Madrid, y recuerdan que, cuando venía a pasar unos días, lo primero que hacía era acudir «corriendo» a la confitería Calvo para visitar a Pepita y María Teresa. Este establecimiento estaba situado en la calle de las dulcerías de Lugo y lo regentaban dos hermanas. Ambas han fallecido y el negocio ya no existe.

Estas mujeres también cuentan «muy por encima» algunos detalles sobre su situación sentimental. Aseguran que estaba muy enamorada del espía Garbo y también de Kreisler, su segundo esposo. «Estaba enamorada de Pujol, aunque creemos que nunca lo trajo aquí. A nosotras, por lo menos, nunca nos lo presentó. Después se casó con el estadounidense Kreisler. Nosotras creíamos que sus dos maridos se conocían y venían del mismo gremio», concluyen.

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