Pekín logra dejar en el olvido la masacre de Tiananmen

Treinta años después, la amnesia colectiva es resultado de la eficaz censura y la vigilancia de la disidencia

Soldados, durante la bajada de bandera en Tiananmen
Soldados, durante la bajada de bandera en Tiananmen

Pekín | E. La Voz

Un aumento de la presencia policial y los controles en la plaza de Tiananmen es el único signo visible de una fecha muy incómoda para el Gobierno chino. Este martes se cumplen 30 años de la masacre de Tiananmen con la que se aplastó el movimiento estudiantil que reivindicaba reformas. En estas tres décadas Pekín ha conseguido imponer con éxito el olvido colectivo sobre la represión de Tiananmen.

Las nuevas generaciones no han tenido oportunidad de conocer lo que sucedió y los mayores que lo vivieron no tiene interés en recordarlo. Un ejemplo es Chen Hua, una traductora empleada en una empresa extranjera, que asegura «es normal ignorar el pasado y evitar los problemas para conseguir cosas que beneficien a todos». La profesora Zhang no entiende lo que califica de empecinamiento de los extranjeros por un suceso que «pasó hace muchos años y se solucionó».

Esta especie de amnesia colectiva es el resultado de la eficaz combinación de la censura informativa y de una férrea vigilancia sobre el sistema educativo. El efectivo sistema de control sobre la información y los contenidos de Internet han aislado al país del exterior. Lo que se conoce como la «gran muralla de Internet» es un cortafuegos que impide acceder a información censurada. La última víctima ha sido Wikipedia, que desde abril ya no se puede consultar en China

Aumento de la represión

Y no hay que olvidar que a pesar de que han pasado tres décadas, el Gobierno mantiene la vigilancia sobre los disidentes. En vísperas del aniversario, el Ejecutivo ha aumentado la presión sobre activistas y familiares de víctimas con detenciones y arrestos domiciliarios o enviándolos de «vacaciones forzosas» lejos de Pekín para evitar que se produzcan incidentes y que hablen con la prensa extranjera.

En la noche del 3 al 4 junio de 1989, soldados y tanques del Ejército chino abrieron fuego para desalojar la plaza de Tiananmen, donde desde hacía dos meses se concentraban los estudiantes reclamando reformas básicas, como la lucha contra la corrupción, control del déficit y más transparencia, en un país en pleno proceso de apertura económica. Murieron entre 400 y 3.000 persona, según diferentes fuentes.

En el seno del Partido Comunista de China (PCCh) se enfrentaron renovadores, como Zhao Ziyang, que acabó defenestrado, y la vieja guardia conservadora, que se impuso y acabó de forma sangrienta con las protestas. El PCCh nunca ha hecho autocrítica, ni compensado a las víctimas. Mantiene la postura oficial que fue una acción necesaria ante un «acto de rebelión contrarrevolucionario». En un comunicado la directora para Asia Oriental de Amnistía Internacional, Roseann Rife, denuncia que la «represión no borrará el horror de la carnicería en Tiananmen» y que «un primer paso hacia la justicia sería permitir que los chinos, incluidos los padres cuyos hijos fueron asesinados, homenajearan a las víctimas del 4 de junio».

La China del 2019 es muy diferente a la de hace 30 años y no parece que quiera mirar hacia atrás. Está orgullosa de haberse convertido en la segunda economía del mundo, y si algo ha quedado claro en estos 30 años es que la clásica receta occidental de que el desarrollo económico conllevaría la apertura o democratización del régimen, no funciona en China.

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