Una de las claves explicativas de la geopolítica actual es el enfrentamiento entre Irán y Arabia Saudí. Ello se concreta en distintos aspectos (político-religiosos, económicos, sociales o culturales) que determinan diferencias irreconciliables a día de hoy e, incluso, cosmovisiones que chocan. Y al lado de este eje de enfrentamiento se sitúan varios actores, entre los cuales destaca Estados Unidos, que apoya de forma rotunda a los saudíes, como también lo hacen los Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Egipto. El acercamiento de Catar con Irán dio lugar a presiones y sanciones por parte del eje saudí. Pero, además, existen otros actores posicionados en tal enfrentamiento, que difuminan las fronteras. En este sentido, del lado iraní, tenemos al libanés Hezbolá, a los rebeldes yemeníes hutíes o a grupos chiíes asentados en Irak. Estos últimos apoyaron a los norteamericanos en su lucha contra el Estado Islámico, aunque ahora sin los secuaces de Al Bagdadi con control territorial vuelven a mirar a su aliado persa natural. Esto convierte de nuevo Irak en un territorio muy peligroso para los estadounidenses, que está retirando a su personal de allí (donde siguen europeos, incluidos españoles). Por su parte, los hutíes han dado un salto cualitativo en sus capacidades operativas al atacar con drones siete pozos petrolíferos de Arabia Saudí el día 14. De Hezbolá conocemos bien su papel en la guerra de Siria, donde la etnia de los Al Asad (alauíes) está en la órbita iraní.

Como vemos, Irán y Arabia Saudí están implicados en un tablero de ajedrez endemoniado, que puede reproducirse de manera explosiva. Un elemento de apaciguamiento había sido el acuerdo nuclear en el que la Unión Europea puso tantos esfuerzos. Ahora Trump lo quiere dinamitar. Clave podría ser, de nuevo, el papel de Rusia, que tienen relación con casi todos, pero que semeja que no mantendrá una posición definida de momento. Rusia también habla con Israel, potencia militar de la región, que esperemos no realice un ataque preventivo desproporcionado que haga rodar las piezas de una verdadera guerra regional directa. China se halla mucho más a la expectativa, más preocupada de sus intereses económicos en la zona.

Todo esto está mucho más cerca de lo que parece. Solo un ejemplo: España retiró la fragata Méndez Núñez del grupo de combate del portaviones Abraham Lincoln, porque se dirigía al golfo Pérsico para posicionarse ante la costa iraní. Pero al mismo tiempo, España quiere optar a la venta de barcos de guerra a Estados Unidos, lo que semeja incoherente con lo anterior (ya retuvimos un envío de armas a Arabia Saudí, que el Gobierno tuvo finalmente que aceptar cuando el país árabe amagó con suspender la compra de fragatas a Navantia). O sea, es un problema directo para la sociedad española.

En la actualidad solo vemos solución a este embrollo con las posiciones diplomáticas de la Unión Europea, habitual convidado de piedra en muchos escenarios, pero que ahora parece el único actor que puede calmar ánimos. ¿No echaremos de menos al malogrado Sha, que cayó en 1979 porque Occidente apoyó a Jomeini al considerarlo progresista (sic)? Aunque quizá Arabia Saudí sea un régimen más represivo que el de los ayatolás.

Por José Julio Fernández Rodríguez Director del Centro de Estudios de Seguridad (CESEG) de la Universidade de Santiago de Compostela.

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Irán y Arabia Saudí en el tablero geopolítico mundial