Redacción / la Voz

Las imágenes de las contundentes protestas de los llamados «chalecos amarillos» (gilets jaunes, en francés) en las calles de París han circulado por las pantallas de todo el planeta. Bajo la epidermis de Francia palpitaba un auténtico polvorín del que no teníamos noticia más allá de sus fronteras. Hasta que explotó en plenos Campos Elíseos y el presidente de la República, Emmanuel Macron, tuvo que dar un volantazo a su estrategia política y económica para intentar mitigar una crispación en alza. El 25 de abril, tras varias jornadas de manifestaciones y disturbios, Macron anunció una reducción de impuestos y un plan para descentralizar el Estado y prestar más atención al equilibrio territorial.

Disparidades

La brecha entre el área de París y el resto de regiones de Francia. Una de las claves que ayuda a comprender el fenómeno de los «chalecos amarillos» estriba en la enorme desigualdad que se registra entre el área metropolitana de París (la denominada Île-de-France) y las demás regiones de Francia. Las cifras de los informes que maneja la OCDE reflejan un auténtico abismo social y económico entre la capital y el resto del país.

Según la organización que dirige Ángel Gurría, la brecha de la renta per cápita entre París y los otros territorios franceses no ha dejado de crecer desde el 2000 hasta la actualidad.

Distancias abultadas

Las cifras de Île-de-France y Hauts-de-France. El rápido crecimiento económico de París ha impulsado el desarrollo de toda su área metropolitana, por lo que Île-de-France ha alcanzado una renta per cápita de 62.387 dólares, que duplica ampliamente los 29.083 dólares de la región menos próspera del país: Hauts-de-France. La media de Francia se sitúa en 37.171 dólares, muy lejos también de la cifra parisina. Según los datos de la OCDE, Île-de-France no solo es la región francesa con los más altos niveles de productividad, sino que también es la que tiene un mayor crecimiento sostenido de su productividad (alrededor de un 1,2 % anual desde el 2000), lo que tiene como consecuencia que, desde ese año, no se ha producido la convergencia de las demás regiones.

UN MOVIMIENTO DIVERSO

Altas tasas de paro juvenil. Aunque el espectro sociológico e ideológico -en sus filas podemos encontrar desde contestatarios de extrema izquierda hasta ultraderechistas- de los «chalecos amarillos» es muy diverso y, básicamente, es un movimiento de indignación contra el sistema económico y social vigente en la República, una de las presencias más destacadas en sus manifestaciones es la de los jóvenes. La explicación no resulta difícil de encontrar. Una de las claves está en la alta tasa de paro juvenil. El porcentaje se encuentra por encima de la media de los países de la OCDE (15,1 %) en todas las regiones francesas, variando desde un 15,7 % en Auvergne-Rhône-Alpes hasta nada menos que un 27,6 % en la castigada Hauts-de-France.

Creación de riqueza

París genera el 45 % del crecimiento del PIB. El peso de las grandes áreas urbanas de Francia genera un importante desequilibrio con las zonas rurales. Mas del 52 % del PIB y el 45 % del empleo están en las ciudades y las grandes urbes generaron desde el 2000 el 73 % del crecimiento del PIB. Solo la capital francesa fue la responsable del 45 % de ese incremento.

Desequilibrios

Diferencias en salud y seguridad. Las cifras macroeconómicas se traducen en problemas mucho más tangibles. Así, en lo que respecta a la salud, París tiene la mayor esperanza de vida del país y las mayores desigualdades sociales entre regiones se observan en materia de seguridad, siendo Córcega la más conflictiva y Bretaña la más apacible.

propuestas de la OCDE

Mejoras en educación para facilitar la movilidad social. La movilidad social se encuentra estancada en Francia. Para fomentarla, la OCDE propone que se introduzcan mejoras en la educación que permitan incrementar las habilidades de los estudiantes en innovación y digitalización, de forma que se genere más empleo y se puedan reducir las actuales desigualdades.

El informe de la OCDE también alerta de problemas como el de los parados de larga duración, la dificultad de acceso a una educación de calidad y, en consecuencia, la existencia de una generación de jóvenes con baja cualificación.

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El polvorín de las desigualdades hizo estallar a los «chalecos amarillos»