Dos crisis nucleares simultáneas nos proporcionan una gran oportunidad para comprobar la proverbial asimetría de la política internacional. Por una parte está el caso de Irán: en el 2015 firmó un acuerdo con los europeos y los norteamericanos, en el que se comprometía a congelar su programa nuclear a cambio del levantamiento de sanciones. Teherán ha cumplido con su parte del trato, como certifican hasta catorce informes de la OIEA, el organismo de las Naciones Unidas para el control de las armas nucleares. Sin embargo, Estados Unidos ha roto el acuerdo. No solo ha levantado las sanciones sino que las ha intensificado, e incluso hace gestos que invitan a pensar que piensa en una intervención militar contra Irán.

Por otra parte, está el caso de Corea del Norte. A diferencia de los iraníes, los norcoreanos sí tienen sin duda un programa nuclear en marcha, han realizado pruebas atómicas y de misiles de largo alcance, que podrían incluso llegar hasta Estados Unidos. En febrero, se levantaron de la mesa negociadora en Hanói, negándose siquiera a un acuerdo de mínimos con el presidente Donald Trump. La semana pasada, realizaron pruebas de un nuevo misil de corto alcance, una clara amenaza a Corea del Sur. Esta semana han repetido las pruebas, otra provocación más. Y, sin embargo, Washington prefiere mirar para otro lado. Le quita importancia a los ensayos de proyectiles e insiste en que quiere seguir negociando con Pionyang.

Es extraño, pero no sorprendente. La explicación está en las diferencias entre escenarios geoestratégicos. Corea del Norte es un país aliado de China, además de contiguo físicamente. Estados Unidos no puede permitirse sobrepasar ciertos límites. Por otra parte, los aliados de Washington en la zona, Corea del Sur y Japón, tienen una actitud prudente ante la amenaza norcoreana, lo que fuerza a los norteamericanos a ser cautos también.

En Oriente Medio, en cambio, los aliados de Washington, Israel y Arabia Saudí, son temerarios y agresivos, y presionan constantemente para que se produzca una intervención militar contra Irán. Disponen además de grandes valedores dentro de la Casa Blanca que promueven su causa, como el consejero de Seguridad Nacional, John Bolton. Por su parte, los otros aliados de los norteamericanos, los europeos, querrían mantener el acuerdo con Irán y rebajar la tensión. Pero la fragilidad de la política exterior de Europa hace que sus protestas sean de muy poca consecuencia. 

La desconfianza, el combustible secreto

Lo único que tienen en común ambas crisis, en definitiva, es que no se solucionan, por muchos años que pasen. Incluso cuando las negociaciones tienen éxito, como sucedió en su momento con Irán, el interés de algunos en mantener el conflicto prevalece. E incluso cuando las sanciones tienen éxito, como en el caso de Corea del Norte, estas no sirven para doblegar a un país poseído por la paranoia. La desconfianza, al final, es el combustible secreto de las relaciones internacionales. Se prefiere gestionar los conflictos a solucionarlos. Porque, en el duro mundo de la política internacional, las crisis se ven como oportunidades.

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Irán y Corea del Norte: dos crisis muy parecidas y muy diferentes