Farage amenaza al bipartidismo británico


Al final, parece que sí habrá un segundo referendo sobre el brexit. Y todo indica que podría ganarlo otra vez el brexit. Porque es en eso en lo que se van a convertir las elecciones al Parlamento Europeo en Gran Bretaña, si es que al final se producen: en una nueva consulta no declarada sobre el espinoso asunto de la salida del país de la Unión Europea. Según las encuestas, la primera fuerza es ya el Partido del Brexit de Nigel Farage, con más de la cuarta parte de los votos. Sumados los otros partidos que apoyan una salida de la UE, el pronóstico es un 71 %. Esto incluye tanto al Partido Conservador como al laborista, en cuyos programas, con más o menos matices, figura el compromiso con el brexit. Hay dos partidos de ámbito nacional netamente proeuropeos, el Liberal-Demócrata y el partido transversal Change UK, integrado por conservadores y laboristas disidentes, pero el primero tiene un 9 % y el segundo un 6 %.

Es cierto que esta distribución de la intención de voto no refleja la verdadera realidad política en Gran Bretaña, que es más complicada, o más simple, según se quiera ver. El país está dividido no ya entre partidarios y contrarios al brexit, sino entre aquellos que ganaron el referendo y quieren que se cumpla lo prometido al precio que sea, y aquellos que creen que es posible y aceptable impedirlo. Pero esta divisoria, a su vez, tampoco se corresponde con los dos grandes partidos tradicionales, conservadores y laboristas, y el asunto del brexit les obliga a tales contorsiones que amenazan con romperse. Por eso se dice que estas elecciones europeas podrían ser la puntilla para el sistema bipartidista británico. Eso, al menos, es lo que pretende Farage con su Partido del Brexit: no solo garantizar la salida de la UE, sino además vengarse de los dos partidos mayoritarios.

No es probable que Farage consiga tanto, pero sí puede desencadenar varios efectos nuevos. Más allá de su probable victoria en las europeas, que desinflará el entusiasmo de los remainers (los partidarios de permanecer en la UE), tan pronto como haya elecciones generales Farage puede mandar a la oposición a los conservadores o forzarles a pactar con él. También puede hacer daño a los laboristas, privándoles de muchos distritos del norte que, bastiones tradicionales desde hace décadas, son parte de su identidad. Esto está obligando a los dos partidos grandes a hacer aún más contorsiones con sus estrategias. En el Partido Laborista, el lobby proeuropeo intenta forzar a su líder, Jeremy Corbyn, a que retire el brexit del programa del partido y lo sustituya por el tan traído y llevado segundo referendo, mientras que los conservadores se cuestionan si soltar ya el lastre de Theresa May y confrontar a Farage con un líder claramente pro-brexit como Boris Johnson. Pero Corbyn, que es en el fondo un euroescéptico, se resiste a lo uno, y la cúpula conservadora, que detesta al popular Johnson, se resiste a lo otro. Así las cosas, Farage tiene en su mano hacer historia.

Sumados los apoyos al divorcio de la UE, el pronóstico supera el 71 % de los votos

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