Miren a la niña migrante. ¿Les parece peligrosa?


¿La han visto ya? Yo no he podido quitármela de la cabeza desde que este periódico publicó el domingo pasado la fotografía en que aparece. Ilustraba entonces la imagen un excelente reportaje de Carlos Pérez Cruz, enviado de La Voz en la capital norteamericana. Se informaba en él de que un Donald Trump cada vez más asilvestrado había amenazado al Partido Demócrata con llevar migrantes a las ciudades santuario, es decir, a aquellas que se niegan a colaborar con los agentes federales de inmigración en la detención y deportación de personas en situación irregular.

Pero volvamos a la foto. Nada sabemos de quienes aparecen en ella, pero es fácil imaginar la tragedia que se concentra en esa imagen: al fondo, un par de hombres; en segundo plano, una madre que hace lo que todas las madres: llevar en brazos a quien es demasiado pequeño para andar; en primer plano, una niña preciosa que mira a la cámara y arrastra lo que parece una mochila, o puede que una maleta, donde muy probablemente guarda la pequeña todo lo que posee en este mundo. Tampoco sabemos cual es su procedencia: quizá México, Honduras, Guatemala o El Salvador. Pero sí conocemos su destino: Estados Unidos, El Dorado para docenas de millones de desheredados de la tierra, construido sobre el mestizaje racial, religioso y cultural.

A esos inmigrantes, sin los cuales es no solo inconcebible Norteamérica, sino el mundo en su conjunto, los considera hoy el presidente Donald Trump, «asesinos», «delincuentes» y «animales». ¿Tiene nuestra niña cara de cualquiera de esas cosas? Solo un auténtico psicópata podría dar a esa pregunta una respuesta afirmativa, pero no hay que ser muy listo para saber que las palabras de Trump podrían acabar siendo lo que denominamos una profecía autocumplida, una de esas que pueden hacerse realidad dependiendo de la actuación de quien llega a formularlas.

Si a nuestra niña, y a quienes la acompañan, se les da la oportunidad de salir adelante y progresar es más que probable que ella y su familia acaben siendo una de las muchas que han encontrado en la emigración un futuro mejor o, sencillamente, un futuro que en su país de origen no tenían. Como, durante centurias, tantos españoles, italianos, irlandeses o alemanes. Como tantos latinoamericanos. Pero si a nuestra niña y a su familia se les persigue como alimañas, se les trata como delincuentes y se les da como única salida la de vivir huidos y fuera de la ley, como asesinos, no sería de extrañar que todo termine para ellos de la peor manera imaginable. Porque la delincuencia acaba siendo muchas veces el único destino posible para aquellos a quienes sólo se les deja la opción de vivir como si fueran delincuentes.

Entonces nuestra niña, que quizá sueña donde sea que ahora esté con ser camarera, o profesora, o médico o actriz (¿quién es capaz de adivinar los sueños de los niños?) podría terminar enredada en la pegajosa telaraña de los jóvenes delincuentes que no tienen que perder más que su vida, que, para ellos, al fin y al cabo, tampoco vale tanto. Trump dirá, si llegara a darse el caso (¡ojalá no!), que él tenía razón. Pero viéndola en la foto, con sus camiseta rosa y sus vaqueros rotos y su pelo ensortijado y su maleta, es muy difícil aceptar que ella, y tantas y tantos como ella, estén condenados, sin redención posible, porque así lo ha decidido uno de los políticos más irresponsables, necios y reaccionarios que hado dado Estados Unidos, que, hasta que llegó Trump, en mala hora, era la mayor patria de acogida de los huidos de los infiernos de este mundo puñetero.

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