El viejo Shanghái, en peligro de desaparecer

El patrimonio arquitectónico, construido entre los siglos XIX y XX, está amenazado por la especulación y la desaparición de restauradores


Shanghái

El importante patrimonio arquitectónico de Shanghái, construido entre mediados del siglo XIX y del XX, no solo está amenazado por la especulación, también por la desaparición de artesanos capaces de restaurar los viejos edificios.

La moderna Shanghái, con su impactante skyline de rascacielos del distrito financiero de Pudong, se ha convertido en el símbolo del milagro económico chino.

Las esbeltas torres de acero y vidrio, firmadas por arquitectos famosos, compiten en el ránking de las más altas del mundo y son la imagen de la ciudad que es conocida como la capital económica de China.

Pero Shanghái ya brillaba hace más de un siglo y también tenía un sobrenombre: «La Perla de Oriente». Entre 1850 y 1940 era una ciudad cosmopolita que atraía a todo tipo de comerciantes, empresarios y aventureros.

Shanghái fue uno de los puertos que China se vio obligada a ceder a las potencias extranjeras, tras perder las dos guerras del opio. La ciudad quedó dividida en concesiones administradas de forma autónoma por británicos, franceses y estadounidenses, años después llegarían los japoneses. Los occidentales impusieron su organización social, su cultura y su arquitectura.

El período colonial desarrolló la ciudad a imagen de las metrópolis. Había hoteles, bancos, grandes mansiones, teatros, salas de baile, cines e incluso un hipódromo.

Tras los años de esplendor llegó la ocupación japonesa, la Segunda Guerra Mundial y más tarde la Revolución Cultural, que arrasaron gran parte de la arquitectura colonial. A pesar de ello ha sobrevivido un importante patrimonio arquitectónico.

Desde hace varias décadas se intenta recuperar y catalogar los viejos edificios para evitar que desaparezcan bajo las excavadoras que construyen el nuevo Shanghái.

Pero la especulación urbanística no es la única amenaza. Para restaurar estas viejas joyas se necesitan artesanos que sepan trabajar la madera, la cerámica o las vidrieras y cada vez quedan menos.

Es el caso de Ma Jiale, un ebanista de 57 años, que trabaja para una empresa de gestión inmobiliaria estatal.

En un país donde la gente suele tener miedo a expresar críticas en público, sorprende las declaraciones de este hombre en un reportaje de la agencia AFP. Asegura que el ayuntamiento debería dedicar más presupuesto a la conservación de los edificios históricos. Está cerca de la jubilación y le preocupa no poder transmitir su oficio y experiencia. Los jóvenes no se sienten atraídos por un trabajo con un salario bajo (650 euros al mes) y en el futuro puede que nadie sepa cómo cuidar y reparar el legado arquitectónico.

Los modernos rascacielos de Pudong, como la Torre de Shanghái (632 metros) o el Shanghai World Financial Center (492 metros) tienen en la otra orilla del río Huangpu el reflejo de otra época floreciente. El Bund, el paseo que durante más de un siglo fue símbolo de la ciudad, es un museo vivo de arquitectura. Destaca el edificio de la Aduana, la sede del The Hongkong and Shanghai Banking Corporation (HSBC) o el Peace Hotel.

En los barrios de las antiguas concesiones podemos encontrar chalés de aspecto suizo, casas de estilo eduardiano o los primeros edificios de apartamentos Art Decó.

Y uno de los creadores de este mundo fue un arquitecto español, Abelardo Lafuente (1871-1931). Trabajó en Shanghái durante los años 20 y realizó más de cuarenta proyectos. De ellos quedan en pie solo seis, entre los que destaca la fachada de estilo morisco de los Garaje Star, el Club Judío o la mansión de la familia Rosenfeld. Fue famoso por diseñar la sala de baile más grande y lujosa de Asia, la del Hotel Astor, que desgraciadamente no se conserva.

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