Los ultras belgas desatan su odio contra los inmigrantes en el corazón de Bruselas

Supremacistas flamencos arremeten contra el pacto migratorio de Marrakech


bruselas / corresponsal

«Queremos a toda esa mierda negra fuera de nuestro país», declara ante las cámaras de los medios belgas y tapando su identidad uno de los 5.500 manifestantes ultraderechistas que ayer se dieron cita en el corazón de Bruselas para sacar a pasear su odio hacia los inmigrantes, con la excusa del Pacto Mundial sobre Migración de Marrakech.

Los supremacistas no perdonan que el primer ministro, Charles Michel, haya firmado el acuerdo, precipitando la salida del gobierno de los independentistas flamencos de la N-VA, partido en el que se ha apoyado el expresidente catalán, Carles Puigdemont, en su exilio voluntario. Miembros de esas formación y del filonazi Vlaams Belang confluyeron ayer en el barrio europeo de la capital comunitaria para atacar el Berlaymont, sede de la Comisión Europea y órgano ejecutivo de la UE, al que culpan, junto al «traidor» Michel, de estar detrás de la apertura de puertas a los inmigrantes. Entre los asistentes se coló el polémico fundador de la organización juvenil flamenca Schild en Vrienden, Dries Van Langenhove, expulsado del Consejo rector de la Universidad de Gante por formar parte de un grupo de chat en el que se compartían contenidos antisemitas, misóginos y supremacistas.

Con el paso de la horas, el alcohol y las soflamas racistas desembocaron en violencia, convirtiendo la plaza Schuman en un campo de batalla: bengalas, petardos, lanzamiento de piedras y adoquines obligaron a la policía a intervenir y dispersar a la multitud con centenares de agentes, gases lacrimógenos y caballería.

Al otro lado de la ciudad la calma era la protagonista de una contramanifestación de mil personas que transcurrió sin incidentes por el centro de la capital. «Ratas izquierdistas», fue el epíteto que les dedicaron los ultras.

Un centenar de arrestos

La jornada acabó con un centenar de personas arrestadas. Una cifra sensiblemente inferior a las cuatrocientas que se produjeron tras las protestas de los «chalecos amarillos» el pasado sábado 8 de diciembre. Ambos movimientos han redoblado la presión sobre el gobierno belga a cinco meses de las elecciones generales y los comicios europeos, alentados por el ambiente ultra que se respira en Francia, donde la ultraderechista de la Reagrupación Nacional (antiguo Frente Nacional) Marine Le Pen lidera los sondeos.

La N-VA ha aprovechado la tesitura para chantajear a Michel y dar el pistoletazo de salida a su campaña electoral. Sus miembros en el Gobierno han capeado crisis internas mucho más graves en estos años de legislatura en una coalición cuatripartita. Sin embargo, han decidido retirarse a costa de un acuerdo migratorio que ni siquiera es jurídicamente vinculante. Un gesto aplaudido por los ultras xenófobos del Vlaams Belang.

Al igual que ha ocurrido en Holanda, Francia o Austria, la ultraderecha belga saca músculo y trata de infiltrar sus discursos en el tejido de las instituciones democráticas. La N-VA quiere explotar ese caladero de votos para asegurarse que volverá a tener la llave para formar un nuevo Ejecutivo, ya sea en el mes de mayo o en unas elecciones anticipadas que Michel quiere evitar a toda costa.

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