La justicia de Brasil expulsa a Lula de la campaña para la presidencia

La decisión deja a la izquierda huérfana de líder y la obliga a rehacer su estrategia

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brasilia / corresponsal

El 31 de agosto del 2016, Dilma Rousseff veía culminado el proceso de impeachment que la alejó de la presidencia de Brasil. Dos años y una polémica presidencia interina después, el Tribunal Superior Electoral (TSE) decidió borrar a Lula da Silva de la carrera presidencial que culminará el próximo mes de octubre en unas elecciones cuyo resultado es cada día más incierto. El nuevo golpe al Partido de los Trabajadores expulsa al exmandatario de una campaña para la que era el indiscutible favorito a pesar de llevar casi cinco meses en la cárcel, y deja a la izquierda brasileña huérfana de su padrino y sin estrategia clara para afrontar la amenaza de la extrema derecha de Jair Bolsonaro.

La decisión del TSE no sorprendió a nadie. Los magistrados de la máxima autoridad electoral decidieron prohibir la presencia de Lula como candidato y eliminar su figura de la propaganda electoral por seis votos a favor y uno en contra, tras una maratoniana sesión que se extendió hasta la madrugada del sábado. La mayoría de la sala siguió el parecer del juez Luis Roberto Barroso, que expuso su caso a favor de apartar a Lula de la contienda electoral basándose en la conocida como Lei de Ficha Limpa, que impide concurrir a políticos condenados en segunda instancia. Esa ley «disfruta de un elevado grado de legitimidad democrática, de manifestación genuina del sentimiento del pueblo brasileño», dijo en su exposición Barroso.

La defensa de Lula considera injusta la condena del expresidente a 12 años de cárcel por el supuesto uso y beneficio de un tríplex en la costa de São Paulo procedente de pagos de empresas a cambio de contratos en Petrobras. Los abogados entienden que no se ha respetado todo el recorrido judicial para apurar los recursos. «No cabe a la justicia electoral decidir sobre si esa condena es correcta o no», se preocupó en recordar Barroso. «La ineligibilidad del candidato es patente, fuera de toda duda, cristalina», apoyó el magistrado Jorge Mussi, otro de los que votaron a favor.

Curiosamente, el único voto en contra de permitir a Lula ser candidato procedió del juez Edson Fachin, el mismo que dictó sentencia en el vodevil que se produjo hace dos meses con la orden de puesta en libertad del expresidente tirada abajo. Fachin vio cómo las calles de Brasilia se llenaban de pintadas en su contra por mantener a Lula en prisión. Pero en la madrugada del sábado consideró que el líder del PT tiene derecho a concurrir en base a una resolución preliminar del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, instando a Brasil a respetar los derechos electorales de Lula.

El Gobierno brasileño no reconoció la formación del comité que aprobó esa resolución y Barroso la ignoró porque considera que no tiene aplicación en el ordenamiento jurídico del país. Tras conocer la deliberación del TSE, el PT reaccionó con contundencia. «Ante la violencia cometida contra los derechos de Lula y del pueblo que quiere elegirlo como presidente, el PT afirma que continuará luchando por todos los medios para garantizar su candidatura a las elecciones del 7 de octubre», reza el comunicado del partido, ahora obligado a colocar al exalcalde de São Paulo, Fernando Haddad, como cabeza de lista. Contra la voluntad del partido, que a pesar de la prohibición del TSE emitió sus primeras cuñas radiofónicas con la voz de Lula y el mensaje de Haddad: «Creían que el PT y el pueblo iban a abandonar a Lula».

La justicia de Brasil expulsa a Lula de la campaña para la presidencia

miguel piñeiro
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La decisión deja a la izquierda huérfana de líder y la obliga a rehacer su estrategia

El 31 de agosto del 2016, Dilma Rousseff veía culminado el proceso de impeachment que la alejó de la presidencia de Brasil. Dos años y una polémica presidencia interina después, el Tribunal Superior Electoral (TSE) decidió borrar a Lula da Silva de la carrera presidencial que culminará el próximo mes de octubre en unas elecciones cuyo resultado es cada día más incierto. El nuevo golpe al Partido de los Trabajadores expulsa al exmandatario de una campaña para la que era el indiscutible favorito a pesar de llevar casi cinco meses en la cárcel, y deja a la izquierda brasileña huérfana de su padrino y sin estrategia clara para afrontar la amenaza de la extrema derecha de Jair Bolsonaro.

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