El día en que el ex revolucionario Ortega se coronó como dictador de Nicaragua

Daniel Ortega celebró el 39 aniversario del triunfo de la revolución sandinista cuando en el país ya había 300 muertos y más de 2.000 heridos

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A CORUÑA

Con un saldo provisional de más de 300 nicaragüenses asesinados, otros tantos detenidos y/o secuestrados manu militari y más de 2.000 heridos, todo ello en menos de tres meses, Daniel Ortega tuvo la desfachatez de celebrar, un año más, el pasado jueves, el 39 aniversario del triunfo de la revolución sandinista.

Ese día el comandante del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que aquel 19 de julio de 1979 entró triunfante en Managua poniendo fin a los 40 años de dictadura de la familia Somoza, se desprendió definitivamente de la vieja careta de revolucionario de la escuela castrista para lucir la de neo dictador, cortada a la medida de su gran benefactor y corifeo Nicolás Maduro.

En el discurso que leyó ese día, escrito casi con toda seguridad por Rosario Murillo la exhippy y actual esposa y gobernanta del país con el título democrático de vicepresidenta electa, solo leyó los nombres de los pocos muertos uniformados que perdieron la vida en su enfrentamiento callejero con la resistencia civil de los tres últimos meses. Al resto, a las más de 300 víctimas de la represión de sus fuerzas de choque, especialmente de los paramilitares de la escuela de los colectivos venezolanos, ni los mentó.

Se ensañó con los curas de la iglesia católica -la misma que primero se sumó a la lucha contra la dictadura somocista e incluso le sirvió de cantera para sus primeros gobiernos post revolucionarios (Ernesto Cardenal) y luego le acogió bajo palio, cuando recuperó el poder por las urnas en el año 2007.

Ahora que esa iglesia se ha puesto de nuevo el lado de la población civil y aboga por el diálogo, les llama «golpistas» y les acusa de guardar las armas de los rebeldes. A todos los que se oponen a él los llama «satánicos, terroristas y delincuentes». Reiteró que quiere la paz, esa paz que la veterana escritora Gioconda Belli, que en su día se sumó a la causa sandinista, ahora no duda en calificar de «mortífera».

Este decrépito comandante Ortega -ya tiene 72 años y al parecer no muy bien llevados por los efectos de la ingesta de alcohol- después de 22 no consecutivos en el poder sigue empeñado en morir con las botas puestas. No quiere oír hablar de esas elecciones anticipadas que pide la calle y la comunidad internacional, porque sabe que las perdería, porque tiene al 70 % de la ciudadanía en contra.

A la vista de lo ocurrido en los tres últimos meses también ha perdido una oportunidad única de pasar a la historia como aquel revolucionario que llegó el poder por las armas, luego se legitimó en las urnas, supo dejarlo en 1990 cuando perdió, reconociendo el triunfo de Violeta Chamorro, volvió a recuperarlo en el año 2007 y lo revalidó en el 2011. Y todo ello gracias a la generosidad bolivariana que le permitió acumular patrimonio para la familia, a él y al sector del empresariado con el que se alió para mantenerse en el poder.

Tal y como apuntó la periodista cubana Yoani Sánchez, «el presidente de Nicaragua entiende el poder político como una plaza conquistada. Vive aislado y encerrado en un mundo distante de la realidad y combate la protesta cívica con intimidación y terror. Aprendió de Castro que los timones del país solo se sueltan con la muerte o con un sucesor manejable».

La directora del diario digital 14ymedio, concluye su análisis sobre el fenómeno Ortega comparándolo con El sátiro sordo, el protagonista del cuento del poeta nicaragüense Rubén Darío que «es incapaz de apreciar los diversos sonidos de la floresta en la que vive ni de bailar al son de la música de Orfeo. Sus oídos no pueden captar las melodías, al igual que el dictador de Managua, ha perdido toda posibilidad de percibir la voz de los ciudadanos».

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