El mundo espera la cumbre del deshielo

Trump y Putin llegan a la cita de Helsinki con las relaciones rotas


moscú / colpisa

El encuentro que mantendrá en Helsinki con su homólogo estadounidense el presidente ruso, Vladimir Putin, lo venía ansiando desde que se produjo el relevo en Washington. Putin estaba convencido de que con Trump, cuya victoria en las elecciones fue muy aplaudida en Moscú, lograría establecer una buena relación y así superar los constantes desencuentros que tuvo con Obama y con su entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton.

Pero no fue así. Al contrario, con Trump en la Casa Blanca, pese a sus frecuentes elogios hacia el autoritario presidente ruso, las cosas fueron a peor. Las relaciones entre ambos países se han llegado a situar en el peor momento tras la desintegración de la URSS e, incluso en el plano militar, más beligerante y peligroso que en tiempos de la Guerra Fría.

Washington ha recrudecido las sanciones a Rusia en los últimos meses, ha intercambiado con Moscú expulsiones de diplomáticos y el Departamento de Estado no cesa de criticar la represión que sufren los opositores en Rusia y la falta de libertades de expresión, manifestación y prensa. Pesa también y mucho el dosier ruso, las investigaciones sobre las presuntas injerencias de Putin en las presidenciales norteamericanas. Moscú amenaza además con modernísimas armas nucleares.

Trump, sin embargo y pese a todo, no hace más que repetir que es necesario llevarse bien con el Kremlin. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, reconoce que «la mayoría de los canales de comunicación establecidos en los últimos siete o nueve años están congelados, incluidos los relacionados con asuntos como la lucha contra el terrorismo, la energía, el tráfico de drogas, la ciberseguridad, o conflictos regionales como el de Afganistán». Para Lavrov, el solo hecho de que esos vínculos se restablecieran «haría de la cumbre un éxito».

Los dos jefes de Estado ya se vieron el año pasado, en la reunión del G-20 en Hamburgo y en la de la APEC en Danang, pero Putin debió de considerar que no hubo tiempo de hablar en profundidad de los problemas acumulados. De ahí que pusiera a toda su diplomacia en acción para conseguir que Trump aceptara mantener con él una primera reunión bilateral en toda regla, no las conversaciones ocasionales y de pasillo que tuvieron en entonces o durante sus contactos telefónicos. Pero nadie espera ahora nada sensacional en Helsinki, ni dentro de Rusia y parece que tampoco en EE.UU.

Un reciente sondeo indica que el 56% de los rusos no esperam avances importantes en la cumbre y solo un 33 % se muestran optimistas. Y es que existen realmente limitaciones que hacen muy difícil salir del atolladero.

Ni siquiera parece probable que el norteamericano pueda ceder ante el jefe del Kremlin en algún asunto que pueda suponer una «pinza» para Europa, perjudicarla de alguna manera o contravenirla en algún ámbito de la política común, por ejemplo, en relación con Ucrania. Salvo algún nuevo gesto despreciativo o exabrupto hacia sus aliados por parte de Trump.

En declaraciones al diario Moskovski Komsomólets, el politólogo ruso Valeri Solovéi sostiene que en Helsinki «nadie hará concesiones. No habrá reconocimiento de la incorporación de Crimea a Rusia ni habrá levantamiento de sanciones» por parte de Trump. «Por lo que sé, nadie, ni en Moscú ni en Washington, espera grandes resultados», asegura. A su juicio, puede repetirse lo que pasó en Singapur con el déspota norcoreano Kim Jong-un. «Lo presentaron como una reunión trascendental, aunque por ahora no ha habido grandes cambios».

No obstante, en la últimas horas han surgido dos nuevos elementos que agriarán las conversaciones. Una es la imputación del fiscal especial de la trama rusa, Robert Mueller, contra 12 agentes rusos por piratear los correos de Clinton y la otra, el deseo del jefe de la Casa Blanca de que Alemania rompa vínculos energéticos con Rusia y renuncie al gaseoducto Nord Stream-2. El morbo está servido.

Las protestas no le dejan jugar al golf tranquilo en Escocia

Rita A. Tudela

Donald Trump terminó su procelosa visita oficial al Reino Unido con una parada en Escocia con la que esperaba relajarse jugando al golf en el complejo hotelero de lujo de Turnberry, de su propiedad desde 2014, pero las protestas continuaron por tercer día consecutivo a pesar del fuerte despliegue policial. El presidente estadounidense, cuya madre era escocesa, se encuentra en compañía de su esposa y su familia de visita privada en Escocia dos días, antes de viajar a Helsinki.

La gira está rodeada de una importante operación de seguridad, valorada en 5,6 millones de euros, que incluye francotiradores en gradas de andamios temporales con vistas al campo de golf y el despliegue de más de 5.000 agentes adicionales que patrullan los terrenos y el área circundante para evitar cualquier imprevisto y la entrada de ningún curioso. Eso no impidió que un miembro de Greenpeace se saltase el perímetro de seguridad, utilizando un parapente para acercarse al mandatario con un pancarta que decía «Trump, muy por debajo del par. Resistencia», haciendo un juego de palabras con las reglas del golf.

A la hora del almuerzo, cerca de 50 manifestantes se habían congregado junto al cordón policial en la playa de Turnberry. Minutos antes de las dos de la tarde, el presidente de EE.UU. apareció en el campo de golf y los saludó, recibiendo abucheos y cantos en su contra. A esa misma hora, cerca de 250.000 manifestantes según los organizadores y 9.000 según la policía, participaban en Edimburgo en una marcha. El ministro de Comercio Internacional, Liam Fox, en una intervención en la BBC, describió a los activistas «una vergüenza para ellos mismos».

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