Pacto inconcreto, victoria de Piongyang


Lo cierto es que Corea del Norte iba a salir ganadora en todo caso de la cumbre de Singapur, ya por el simple hecho de que se celebrase. Esta fue siempre, al fin y al cabo, la finalidad de su programa nuclear militar: forzar a Estados Unidos a sentarse a negociar de igual a igual, aceptar a Piongyang como un actor en la esfera internacional. Pero, a juzgar por el documento que ha salido de este encuentro, Trump ha negociado tan mal que ni siquiera ha conseguido un compromiso real de que ese programa nuclear militar vaya a ser desmantelado. En el texto final de la cumbre, Corea del Norte solo se compromete a «trabajar por la desnuclearización» de la región, pero no se establece ningún plazo, objetivo o mecanismo de verificación al respecto. Por no hablar de que «trabajar para» es un latiguillo que, en lenguaje diplomático, se utiliza precisamente cuando un país no quiere comprometerse a algo. Trump ha hablado de un primer paso, el desmantelamiento de una base de pruebas de misiles, pero esto no está en el documento firmado, sino que parece ser una promesa personal de Kim Jong-un. Considerando los frecuentes cambios de humor y opinión que se dan entre ambos líderes, habrá que ver si se cumple. Pero la falta de concreción va más allá: ¿qué se entiende por «desnuclearización»? Washington piensa, sin más, en la destrucción del programa nuclear norcoreano; Corea del Norte, en cambio, parece apuntar a la desnuclearización de toda la región, lo que implicaría que Washington retire el «paraguas nuclear» con el que protege a Corea del Sur. Este asunto crucial no ha quedado aclarado.

En cuanto a las concesiones norteamericanas, es cierto que también son en algunos casos muy vagas. Se ofrecen una genéricas «garantías a la seguridad» a Corea del Norte, no hay compromiso de retirada de sanciones, y no se ofrece un acuerdo de paz que ponga fin al estado de guerra que todavía existe entre los dos países desde 1953. Pero en otras cuestiones importantes Washington cede ante Piongyang de forma muy concreta: asombrosamente, se rompe el tabú a hablar de una retirada de las tropas norteamericanas estacionadas en Corea del Sur, y se renuncia en el futuro a realizar maniobras conjuntas con el Ejército de Seúl, algo que irritaba enormemente a Corea del Norte. En sí, no es malo para la seguridad del mundo, porque periódicamente estas maniobras elevaban de forma peligrosa la tensión, pero sorprende que Trump haya cedido en esto a cambio de nada y, aparentemente, sin consultarlo con sus aliados de Corea del Sur.

Aunque nada se ha dicho al respecto, todo esto solo tendría algún sentido si se entiende como una cumbre preliminar y que más adelante se producirá una negociación más completa en la que se fijarán los detalles de cómo y en qué tiempos se irá desmantelando el arsenal nuclear norcoreano. Pero no hay calendario, y en los próximos meses esos vaivenes en la relación entre Piongyang y Washington pueden hacer que todo se vaya al traste con cualquier pretexto.

Una cita medida entre dos egos

La cumbre estaba medida al milímetro por la importancia del acto en sí y por sus impredecibles protagonistas. Según los expertos del lenguaje corporal, la cita fue una mezcla de batalla de egos, cortesía y choque de culturas. Después de un primer contacto con nervioso y gestos serios, Trump se prodigó en halagos a Kim. Pero también en gestos de superioridad (palmaditas en el brazo de Kim) o de vanidad (mostrándole la limusina blindada La Bestia). En represalia el norcoreano dio varios toques en el hombre a Trump, aunque apenas le miró a los ojos y sonrió, ya que en la cultura coreana se percibe como ser descortés o sumisión.

¿Están tomando buenas fotos? ¿Salimos bien, guapos y delgados? Perfecto», dijo Trump a los fotógrafos frente un perplejo Kim. Le salió la vena de magnate cuando dijo que había comentado a Kim que en vez de misiles «podrías tener los mejores hoteles del mundo. Tienen playas estupendas». Y dio una razón algo siniestra para explicar cómo sabía eso: «Se ven cuando ensayan sus cañones en el océano».

Kim y Trump firman un acuerdo de mínimos sin una hoja de ruta concreta

Sara R. Estella

A cambio de la desnuclearización, Washington suspenderá las maniobras con Seúl

Si para alguien fue un éxito esta cumbre es sin duda para sus protagonistas. Donald Trump se anotó ayer una victoria en política exterior que sirve para maquillar su convulso paso por el G7 en Canadá. Para Kim Jong-un, la foto histórica que emerge de este encuentro le da una proyección internacional que no tuvieron ni su padre ni su abuelo. Quizás esas eran las expectativas de ambos mandatarios que se fueron satisfechos después de alcanzar un acuerdo de mínimos sin pasos ni fechas concretas para implementarlo.

Puntuales a la cita, Trump y Kim caminaron exactamente el mismo número de pasos antes de darse el primer apretón de manos del día. La imagen pasaba a la historia porque era la primera vez que un presidente de EE.UU. y un dictador de Corea del Norte estaban frente a frente. «Vamos a tener una gran negociación y será un gran éxito. Es un honor para mí y tendremos una excelente relación, no me cabe duda», afirmó Trump.

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