Colombia, el narcotráfico de la era post-FARC

El último Informe Europeo sobre Drogas, presentado esta semana en Bruselas, alerta del incremento de la oferta de cocaína en el mercado comunitario. No se trata de un fenómeno coyuntural, responde a la nueva realidad de la producción en los países de origen que alcanza cotas históricas


A CORUÑA

Así lo constata una reciente investigación del Observatorio Colombiano de Crimen Organizado, coordinado por la Fundación InSight Crime y la Facultad de Ciencia Política, Gobierno y Relaciones Internacionales (FCPGRI) de la Universidad del Rosario y realizado por un equipo multidisciplinario de 12 investigadores tras las visitas realizadas a más de 146 municipios donde se cultiva y elabora una de las drogas ilegales más cotizadas y demandadas en los mercados internacionales.

El exhaustivo informe  publicado recientemente por Insinght Crime analiza a fondo las mutaciones que ha registrado el tráfico internacional de cocaína en los últimos años, que han coincidido con el avance de las negociaciones de La Habana que hace casi dos años han concluido con la desmovilización progresiva de las FARC, la principal organización guerrillera colombiana, estrechamente ligada con el narcotráfico, al igual que los paramilitares, que habían seguido el mismo camino unos años antes.

Producción récord

Si hasta el año 2013 la producción de cocaína ha ido decreciendo progresivamente, a medida que se iban desmantelado las grandes organizaciones que movían este goloso negocio, a partir de este año la tendencia ha cambiado radicalmente, hasta alcanzar en  la actualidad unos niveles récord de producción con la que están explorando nuevos mercados.

Los grandes narcotraficantes colombianos actuales ya no tienen nada que ver con los que nos están presentado las series televisivas, han aprendido de ellos que el uso de la violencia es contraproducente para el negocio. «La nueva generación de traficantes -apunta el aludido informe de Insight Crime-  ha aprendido que el anonimato es la mejor protección, que la plata es muchísimo más efectiva que el plomo».

Los colombianos le han cedido a los mexicanos el mayor mercado mundial: Estados Unidos. Esto, según los analistas,  no es señal de debilidad, sino más bien una sabia medida mercantil. El tráfico de drogas hacia el mercado estadounidense no es un buen negocio.  En el Imperio los traficantes saben que corren un alto riesgo de ser interceptados y extraditados, y de que se les confisquen sus activos.

A mayor abundamiento, allí los precios al por mayor oscilan entre 20.000 y 25.000 dólares por kilo, mientras que en Europa superan  los 35.000. Por cada kilo que logran hacer llegar al inmenso mercado chino ingresan 50.000 dólares y en el de Australia llega a los 100.000, y todo ello con menos riesgos.

Narcos invisibles

Los capos de cuarta generación se cuidan muy mucho de llamar la atención con los signos externos de riqueza que perdieron a sus progenitores. Ya no tocan la mercancía ni fardan de pistolas chapadas en oro, se centran en poner a buen recaudo las fabulosas ganancias utilizando sofisticadas técnicas de blanqueo, aprovechando que cada vez es más difusa la línea de separación del dinero blanco y el dinero negro. Su principal arma y herramienta de trabajo son los móviles encriptados. Es la generación de los narcos invisibles.

A este nuevo escenario del mundo del narcotráfico en Colombia, según los expertos, han contribuido varios factores. En primer lugar el retiro de las FARC de la escena criminal y  el debilitamiento de la última red criminal con alcance nacional, Los Urabeños, también conocidos como el Clan del Golfo o las Autodefensas Gaitanistas de Colombia y los golpes a la estructura visible de la Oficina de Envigado. Todo ello ha generado  una Pax Mafiosa en Colombia, que hecho decaer la violencia y aumentar la producción de cocaína.

Por otra parte, la débil implementación del acuerdo de paz, que está llevando a que los guerrilleros de las FARC regresen a las economías ilegales también contribuye a los niveles récord de producción de cocaína.

A todo ello se suman otros factores de carácter nacional e internacional. Entre los primeros está el que este es un año electoral en Colombia, con lo que  no se va a tomar ninguna decisión política ni estratégica seria mientras no haya un nuevo presidente en la Casa de Nariño, a principios del año que viene.

A nivel internacional el factor más determinante es el colapso de Venezuela y la criminalización del régimen chavista bajo la administración de Nicolás Maduro, que tiene enormes implicaciones para la dinámica criminal en Colombia. Otros  países vecinos, como Panamá, Brasil, Ecuador y Perú han sido afectados por acusaciones de corrupción en altos niveles, lo cual disminuye la legitimidad de los gobiernos y les causa distracciones en la lucha contra el crimen organizado transnacional.

Algunos analistas entienden que tampoco es ajena al problema la falta de directrices desde Washington y  las fricciones que el presidente Donald Trump ha provocado con aliados antinarcóticos claves, como México y Colombia.

Sobre el el futuro del tráfico de cocaína en Colombia, el informe de Insight Crime advierte que «el desarrollo de una nueva red criminal conformada por exintegrantes de las FARC  puede llegar a dominar la producción de cocaína en Colombia».

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