Lula lanza su candidatura a presidente ante el caos de la huelga de transporte

El presidente Michel Temer no logra frenar el paro que atenaza al país


BRASILIA / CORRESPONSAL

Dos años después del impeachment que destronó a Dilma Rousseff, en algunas capitales de Brasil volvieron a sonar las caceroladas. Pero esta vez no fue para protestar contra la expresidenta ni las políticas del PT. El ruido sonó después de la última intervención pública del actual mandatario, Michel Temer, intentando poner fin por segunda vez a la huelga de camioneros que atenaza a todo el país, aunque por ahora ese intento se ha saldado sin éxito. En un país sin liderazgo en medio del caos que ha generado un paro que tampoco tiene líderes, vuelve a emerger la figura de Lula da Silva, por más que lleve dos meses en la cárcel.

El exmandatario y su formación, el Partido de los Trabajadores, lanzaron en la madrugada del lunes la precandidatura simbólica (porque el aspirante está en la cárcel y además se halla a un paso de la inhabilitación) de Lula de cara a las elecciones de octubre. En más de 70 ciudades de todo el país, con afluencia en algunos casos multitudinaria, los actos sirvieron no ya para reforzar la figura del histórico líder de la izquierda brasileña (que sigue a la cabeza en muchas encuestas), sino para dar una imagen de cohesión en el PT entre los rumores de que la presidenta del partido, Gleisi Hoffmann, ya no sabe cómo frenar las peticiones de abordar lo inevitable, un plan B al expresidente. 

Falta de liderago

Pero esa reivindicación de Lula llega en un momento de parálisis en Brasil y falta de liderazgo ante una huelga de transportistas que supera ya la semana de duración a pesar de que el Gobierno de Temer ha anunciado dos veces haber acordado con los sindicatos el fin de las protestas. Pero no hay una cabeza visible tampoco entre los camioneros, a los que ni la amenaza de intervención del ejército saca de las carreteras. Los efectos del colapso en los transportes se notan en supermercados, aeropuertos, algunos hospitales, suspensión de clases en colegios y universidades públicas y, sobre todo en las gasolineras, donde el pánico al desabastecimiento sigue causando colas gigantescas y escoltas policiales a los pocos camiones que logran llegar a los puestos.

El ministro de Hacienda, Eduardo Guardia, reconoce que las concesiones del Gobierno a los camioneros de cubrir la parte del precio del diésel que corresponde a impuestos costará unos 2.000 millones a las arcas públicas. Ni eso ha aplacado los ánimos de la protesta, que, además de exponer la agonía del gabinete de Michel Temer, deja muy tocado al presidente de Petrobras, Pedro Parente, al que el ejecutivo ha desautorizado al acabar con su política de ajustes de precios de la petrolera pública.

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