«¡Que no quede ni un vietnamita vivo!»

El Ejército de EE.UU. mató a cientos de niños y ancianos en la masacre de My Lai


Redacción / la voz

«¡Matad a cualquier cosa que se mueva!» o «¡Que no quede un solo vietnamita vivo!» Con estas órdenes el teniente William Calley inició una de las más sanguinarias masacres de la guerra de Vietnam. Y esto es decir mucho en una contienda que buscaba la muerte del mayor número posible de civiles. El 16 de marzo de hace hoy 50 años una partida del Ejército americano entraba en la aldea de My Lai y arrasaba con la vida de mujeres, niños y ancianos. No era el objetivo, adujeron posteriormente los militares, que aseguraron que iban en busca de esos vietcongs que habían puesto en entredicho su potencial en la ofensiva del Tet dos meses antes. Pese a no encontrar la postal de hombres armados que esperaban, la directriz del teniente había sido clara, así que no dudaron en llevar a cabo todo tipo de atrocidades. Incluso con bebés.

William Calley entonó el mea culpa hace nueve años - «No hay día que no sienta un profundo remordimiento por lo que sucedió ese día», lamentaba en el 2009-. Pero sus disculpas no repararon el daño que sufrieron las familias de las 504 víctimas mortales que perecieron a causa de unos disparos que se prolongaron cuatro duras horas. A los supervivientes de la tragedia tampoco los consuela un perdón. Pham Thanh Cong, el gerente jubilado del museo conmemorativo de Son My, recuerda con frecuencia que la única razón por la que está vivo es que «los cuerpos de mi familia muerta me protegieron de los disparos de los soldados mientras intentaba protegerme».

Desgarradores testimonios como el de Thanh Cong no llegaron a ojos de los estadounidenses y del resto del mundo hasta muchos meses más tarde. A Calley le acompañaban dos periodistas, que se hicieron eco del infierno verde que llevaban meses sufriendo los vietnamitas. Los pilotos de los helicópteros también intentaron dar cuenta de las atrocidades que estaban presenciando, y un fotógrafo captó durísimas imágenes de niños muertos cubiertos de sangre tirados por arrozales. Pero el Pentágono trató de tapar el exterminio como pudo, a sabiendas de que, en la que fue la primera guerra televisada de la historia, no se podían permitir nuevas imágenes que dejaran al descubierto lo que estaba ocurriendo en el sudeste asiático.

El periodista Seymour Hersh consiguió lo que parecía imposible, y tras una exhaustiva investigación logró sacar a relucir la masacre en noviembre de 1969. Gracias a unos artículos enviados a una pequeña agencia de noticias en Washington, se convirtió no solo en un héroe para los muchos estadounidenses que llevaban años luchando por el pacifismo, sino en un hito al revelar la magnitud de una tragedia por la que solo fue condenado Calley.

Un gallego repatriado, padre del clan de los vietnamitas

Muchas historias de amor ocurren en los lugares más insospechados. Fue el caso de Senén González Álvarez, que luchando con la legión francesa en Vietnam del Norte conoció a su mujer. Este oriundo de Ponteareas tuvo ocho hijos en ese ambiente hostil que desprendía olor a napalm. Consiguió regresar a casa en 1968, no sin serias dificultades, al conocer que su madre había fallecido. Llevaba 21 años sin verla y la triste noticia le hizo mover todos los hilos para poder darle a su progenitora la despedida que merecía. Pero cuando regresó descubrió que seguía viva, aunque nadie sabía de su paradero.

Había visto y sufrido todo tipo de calamidades, pero cuando regresó a España las cosas no fueron sencillas para Senén. Más allá del duro golpe con el que se topó al llegar, comenzó a trabajar como peón de la construcción cobrando 16.000 pesetas, con las que mantenía a sus hijos y a su mujer, que sin hablar español, no encontraba trabajo. Varios de sus hijos, presos de la desesperación, comenzaron a delinquir y a hacerse conocidos como el clan de los vietnamitas. Algunos tienen penas de cárcel.

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