Matteo Renzi, el desguazador desguazado

El ex primer ministro presenta su renuncia como líder del Partido Demócrata tras el batacazo de los socialdemócratas en las elecciones de este domingo

La Voz

Matteo Renzi, líder del gubernamental Partido Demócrata (PD) y primer ministro de Italia entre el 2014 y el 2016, estaba decidido a remar a contracorriente, a reconquistar a su electorado descontento. Sin embargo, la agitada noche electoral del 4 al 5 de marzo de este 2018 pasará a la historia como una de las más aciagas de su vida. Italia le dio la espalda, ya no lo necesita: solo el 18,8 % de los votos cayeron de su lado, lo que además de confirmar la debacle de la socialdemocracia europea, certifica la muerte de su fulgurante carrera política.  

El prometedor «desguazador» llegó muy joven al Ejecutivo italiano. Tenía 39 años y muchas ideas que poner en marcha. Lleno de energía, como un soplo de aire fresco, irrumpió en el poder dispuesto a revolucionar el país con un ambicioso programa de reformas bajo el brazo. Se presentó a sí mismo como un demolition man que haría revivir una maltrecha economía e introduciría un cambio generacional en las élites gobernantes. Con su carisma, sus excelentes dotes de comunicador y su discurso a favor de acabar con la vieja política, sedujo rápidamente a los votantes de izquierdas, también a los más jóvenes, y, llegada la hora -ambicioso, con mucha determinación y las ideas claras- no dudó en maniobrar en la oscuridad y forjar alianzas en el seno de su partido para desterrar a Enrico Letta y obligarle a dimitir como primer ministro en febrero del 2014.

Para sacar su programa adelante, pactó con el ex primer ministro y líder del partido conservador Forza Italia, Silvio Berlusconi, un acuerdo «secreto» conocido como «el pacto del Nazareno», por el nombre de la calle donde tiene su sede el PD, que le permitió gobernar e implementar algunas reformas. Pero el acuerdo llegó a su fin después de que Renzi propusiera a Sergio Mattarella como jefe de Estado, en sustitución de Giorgio Napolitano, y no secundara al candidato que quería Berlusconi.

En sus dos años en el Ejecutivo, Renzi impulsó varios cambios, como la reforma laboral o el reconocimiento de las uniones civiles entre personas del mismo sexo, pero su proyecto estrella fue la reforma del Senado, una medida con la que pretendía poner fin al «bicameralismo perfecto» en Italia, pero que terminó acabando con su cargo. Orgulloso de su mandato y convencido de que gozaba de la simpatía de los italianos, lanzó un órdago y aseguró que si perdía la consulta se iría del Gobierno, y así fue: alrededor de un 60 % de los italianos votó en contra, en lo que se convirtió en un plebiscito sobre su gestión y no tanto sobre la reforma constitucional.

Fiel a su palabra, Renzi dio en diciembre del 2016 un paso a un lado, pero siguió liderando el partido y apostó por su ministro de Exteriores, Paolo Gentiloni, un político muy formado pero de bajo perfil, para sustituirle como primer ministro. Gentiloni debía gestionar el país hasta acabar la legislatura y favorecer la aprobación en el Parlamento italiano de una ley electoral que permitiera celebrar elecciones. Elegido para no ensombrecer la figura de Renzi, Gentiloni se acabó convirtiendo en un rival bien valorado por los italianos. Encarna todo lo contrario a Renzi: gestiona correctamente el país, pero además es comedido, prudente, no presume en exceso y no es excesivamente activo en las redes sociales.

El carácter de Renzi supuso, además, durante largo tiempo, confrontaciones y enfados en el seno de su partido, hasta tal punto que históricos miembros del PD como Pierluigi Bersani, Massimo D'Alema, o los últimos presidentes de la Cámara de los Diputados, Laura Boldrini, y del Senado, Pietro Grasso, decidieron separarse de la formación y formar otro grupo de izquierdas para estos comicios.

Pero Renzi nunca dio síntomas de fatiga. Persevera, determinado a recuperar su gloria pasada. Para estos comicios, protagonizó una campaña más tranquila, ensalzando los logros conseguidos durante su mandato, evitando hablar de su futuro para no centrar el apoyo de los posibles votantes del PD en su persona, sino en el programa de su formación. Y aunque su objetivo era claro -no cometer los mismos errores-, los resultados de este domingo han dejado claro que su mensaje no ha acabado de calar. Probablemente muchos se estarán preguntando ahora cómo pudieron equivocarse tanto con él.

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