EE. UU. marca territorio en Siria en su ataque más letal a fuerzas de Al Asad

Washington calcula que mató a más de un centenar de combatientes del régimen


Redacción / L a Voz

En los estertores de la guerra en Siria y el fin del califato, los actores regionales e internacionales apuran las batallas para defender sus interés de cara a la era posconflicto. Estados Unidos marcó este jueves una línea roja al régimen de Bachar al Asad y su aliado ruso, para recordarles donde llegan sus dominios. Deir al Zur, capital de la provincia homónima fronteriza con Irak, fue escenario este jueves del enfrentamiento más serio y letal entre las tropas de Washington y las de Damasco.

El Centcom, el comando militar de EE.UU. que controla Oriente Medio, calcula que mató a un centenar de combatientes prorrégimen en su respuesta al ataque a una base de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), sus aliados kurdos y árabes, que aloja además a asesores del Pentágono. El Gobierno sirio calificó el ataque de «crimen de guerra» y exigió el desmantelamiento de la coalición internacional antiyihadista.

La sede de las FDS estaba situada a ocho kilómetros de la línea de demarcación pactada por Moscú y Washington a lo largo del río Éufrates, en la que las fuerzas rusas ocupan el oeste y las fuerzas estadounidenses el este. El contraataque, que implicó a bombarderos, cazas, helicópteros Apache y la artillería de los marines, comenzó sobre la medianoche y duró unas tres horas.

Aunque EE. UU. cifra en más de cien las bajas en el bando enemigo, el Observatorio Sirio de Derechos Humanos (OSDH) solo confirmó 45 muertos y que la fuerza estaba formada por tribus locales y de una milicia afgana chií. Según Reuters, eran unos 500.

El objetivo del ataque sobre el territorio dominado por los kurdos tras la expulsión del Estado Islámico el pasado septiembre era apoderarse de los campos de petroleo y gas de Khasham, que fueron una gran fuente de ingreso para la yihad del califato.

En otro frente de la guerra, el enclave rebelde del este de Damasco, Guta Oriental, era objetivo un día más de los bombardeos rusos y sirios. Con los 58 civiles, entre ellos quince menores, fallecidos este jueves ya son más de 200 los muertos en cuatro días.

La designación tanto de ese bastión rebelde como el de Idlib como zonas de «desescalada» bélica por Turquía, Rusia e Irán no ha impedido la ofensiva gubernamental con la ayuda de Moscú. La ONU calificó «burla» la actuación de Damasco y pidió una tregua de un mes. Washington también llamó al cese inmediato de los ataques contra los 400.000 civiles sitiados.

En Ankara, Recep Tayyip Erdogan aseguró ayer que Al Asad es un «asesino», rechazando toda posibilidad de cualquier relación. Pero su negativa es más de cara a política doméstica que a lo que se está cociendo en las mesas de negociaciones. Tras una conversación telefónica con Vladimir Putin, acordaron celebrar en Estambul una cumbre tripartita con el iraní Hasán Rohaní.

Turquía lleva diecisiete días combatiendo a los kurdos en el enclave de Afrin, con la ayuda de poco recomendables aliados islamistas y salafistas. A estos se achaca la brutal muerte y mutilación de la miliciana kurda Amina Omar, de 23 años. Toda Europa exige a Erdogan contención pero lo cierto es que nadie ha condenado la ofensiva. Al contrario que en Deir al Zur, los kurdos tienen motivos para creer que en Afrin Estados Unidos les ha abandonado. Detrás esta el complicado entramado de intereses en juego.

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