«En Chernóbil lavaban las calles con espuma blanca; nadie hablaba, todo era inquietante»

Mihail Bukov vivía a dos kilómetros de la central nuclear, en cuya construcción participó; su relato fue publicado por La Voz el 1 de noviembre del 2017


ferrol / la voz

«Yo vivía en Pripyat, a dos kilómetros de la central de Chernóbil, en una ciudad donde estábamos la mayoría de los trabajadores de la planta. Alrededor de las tres de la mañana me despertó mi camarada Sergei Pospelov. Dijo: ‘‘Qué raro, no había nadie pescando en el río cerca de la planta y hay mucha policía’’. El balcón de mi habitación, en un octavo piso, daba a la estación. Miré hacia fuera y vi una neblina gris, brillante, sin olor, sin sonido y, de alguna manera, se convirtió en ansiedad. Así vivió los primeros instantes del desastre Mihail Bukov (Tula, 1957), que trabajó en la construcción de la central, como muchos jóvenes de toda la Unión Soviética. En abril de 1986, cuando se desató la catástrofe, tenía dos niños pequeños. El más joven, Eugene, de pocos meses entonces, murió a los 19 años de un paro cardíaco repentino.

Bukov cuenta que al día siguiente tenía que ir a trabajar. «Un camarada me cambió el turno. Dios estuvo de mi parte», cuenta. «Al llegar vi, aterrorizado, lo ocurrido. El reactor humeante estaba justo al lado de mi oficina. Más tarde supe que por la noche la ambulancia había estado trasladando a bomberos heridos al hospital de Pripyat. Empezaron a lavar las calles con espuma blanca. Nadie hablaba. Era todo muy raro e inquietante. Volví a casa y desperté a mi mujer y a los niños. Quería caminar», relata. Era un día de primavera y pasearon por el centro durante horas. «Pagamos un alto precio por eso. Cada miembro de mi familia recibió dosis de radiación que superaban el máximo anual permitido para los trabajadores de plantas de energía nuclear. Los valores reales que se conocieron más tarde revelaron unas dosis veinte veces superiores».

Al día siguiente, la radio anunció el accidente y adelantó que la población iba a ser evacuada por poco tiempo: «Dejamos el apartamento esperando volver en tres días. No apagamos el frigorífico. Esperamos durante horas el autobús con mi hijo de 8 meses en una calle inundada de radiación. Recorrimos más de 53 kilómetros desde Pripyat al pueblo de Korolivka Polesiye, que más tarde también fue desalojado». Les pusieron inyecciones de yodo y fueron instalados en cabañas: «Queríamos que aquello fuera solo una pesadilla, un error, para volver a nuestra casa». Sus familiares los recogieron para llevarlos a Ovruch, a unos 50 kilómetros. En la casa había un medidor de radiación con la aguja al máximo.

Bukov trabajó en la central desde la noche del accidente hasta ahora. Se ocupaba de los sistemas robóticos para la descontaminación. Más tarde todo se reorganizó como parte del Ministerio de Situaciones de Emergencia en el Centro Técnico de Emergencias del Estado de Ucrania. Había constructores, ingenieros nucleares, científicos, ingenieros, pilotos, médicos... «Muchos perdieron la salud y hasta la vida. Las familias se rompían por la carga psicológica. Eran incapaces de soportar el horario de trabajo y estresantes separaciones durante semanas. Trabajando treinta años en la liquidación de Chernóbil he aprendido mucho. He visto verdaderos héroes».

Él recibe tratamiento para paliar los efectos de la radiación en su corazón. Prefiere no quejarse. «Soy optimista. Recibimos una indemnización en efectivo por la pérdida de la propiedad y nos dieron un apartamento en Kiev. Cobro una pensión y sigo trabajando». Confiesa que volvió a Pripyat tres meses después del accidente. «Un coche de riego que pasaba me llevó desde Chernóbil. Las carreteras se regaban constantemente con una mezcla de agua, vinaza y látex para bloquear la arena y el polvo radiactivo. La solución, al solidificarse, formaba una película que cruje como el azúcar al pisarla. Tras unos días de trabajo esas máquinas se llevaban a un cementerio de maquinaria radiactiva», apunta. «Las plantas florecían, ¿pero dónde estaban las personas? Fui hasta mi apartamento. Todo estaba en su lugar: el cochecito de bebé, juguetes de mis hijos... Me sentí frío, incómodo, vacío. Y ese terrible silencio... Fue muy duro. ‘‘Los hombres no lloran’’, pensé». Dice que «la gente se olvida de todo»; que nuestro planeta era azul y ahora tal vez sea gris. «Teníamos una familia estupenda, un hogar, trabajo... un futuro feliz. Era la ciudad de las flores, de las madres jóvenes, con calles anchas y hermosas. Niños en los parques, gente bañándose en el río... Era una ciudad feliz y bulliciosa. No sabíamos que aquel día de abril empezaba un desgraciado capítulo de nuestras vidas», concluye.

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