El juego de las sillas domina el gobierno de Trump

La destitución de Scaramucci es la última de una larga lista de cargos que han salido en los seis primeros meses de gobierno del presidente


«No hay caos en la Casa Blanca», son las palabras con las que Donald Trump intentaba apartar todos los dimes y diretes que están marcando estos últimos días su mandato. Lo hacía, como nos tiene acostumbrados, a golpe de tuit, transformando la red social del pajarito una vez más en la gran sala de prensa del presidente. Pero no servía de nada. Los últimos movimientos en sus filas demuestran que la Casa Blanca es la casa de los líos.

La última cabeza en rodar ha sido la del director de comunicaciones Anthony Scaramucci, que ha conseguido sobrevivir solo diez días al cargo. Y eso que el exitoso financiero de Wall Street encarnaba a la perfección eso que muchos ya han llamado el «tono del trumpismo». De nada sirvió su amistad con el presidente. Su discurso políticamente incorrecto y sus múltiples extravagancias acabaron propiciando su salida. Probablemente la chispa que acabó desatando el fuego fue su guerra abierta y mediáticamente declarada contra Reince Priebus, al que llegó a llamar «paranoico esquizofrénico» (entre otras muchas lindezas) en una entrevista telefónica con The New York Times.

No es la única torre que ha caído. Anthony Scaramucci se une a otros tantos colegas de Trump que murieron matando. Pero sí que es probablemente la que más ha revelado la profunda crisis en la que se encuentra inmerso el gobierno de Estados Unidos. Scaramucci había sido, según muchas fuentes cercanas al presidente, el culpable de que el pasado viernes Trump reemplazara a su jefe de gabinete Reince Priebus, un veterano del Comité Nacional Republicano. Los líos de Scaramucci, que nunca ocultó su enemistad con Priebus, demuestran cómo es el ambiente que predomina en el Gobierno de Estados Unidos. 

Scaramucci y Priebus han sido los últimos de una larga lista. En solo seis meses de mandato, Trump ha despedido a un asesor de seguridad nacional, a un director de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) y a un procurador general en funciones. A las cartas de cese se han sumado otras de renuncia de los propios miembros del equipo. Un secretario de prensa, un director de comunicaciones, un subdirector de personal, un subdirector de seguridad nacional y el portavoz del equipo legal han decidido marcharse por su propio pie.

El escándalo de Rusia está detrás de gran parte de estas salidas. Michael Flynn, asesor de Seguridad Nacional, salía por la puerta de atrás el pasado mes de febrero después de que su nombre se escribiera en gran parte de los medios de comunicación vinculado al Rusiagate. Flynn, que solo duró 24 días en el cargo, fue una de las grandes crisis con las que con las que tuvo que lidiar Trump a principios de este año.

En mayo, la cabeza que rodaba era la de James Comey, director del FBI y el hombre al que -aún a día de hoy- Hillary Clinton sigue culpando de su derrota en las elecciones del pasado 8 de noviembre. Tras la decisión de Trump se encontraban las recomendaciones del fiscal general Jeff Sessions, muy descontento con la forma en la que el FBI gestionó la investigación de los correos electrónicos de Clinton. Una decisión sorprendente, ya que precisamente fue este escándalo el que decidió el destino de las elecciones.

Entre las renuncias, una de las que más polvo levantó fue la de Sean Spicer, secretario de prensa del presidente, que decidía poner punto y final a su camino en la Casa Blanca en protesta por el nombramiento del polémico Anthony Scaramucci. Y se fue poniendo a Trump sobre aviso. La designación del director de comunicaciones sería uno de los grandes errores de la época Trump. Los diez días que Scaramucci ha durado en el cargo parecen haberle dado la razón.

La fuga de Spicer fue el colofón de una de las grandes tempestades que ha sacudido la Casa Blanca. En menos de 24 horas, a Spicer se sumaron otras dos sonadas salidas. Mark Kasowitz, abogado personal de Trump, y Mar Corallo, portavoz del equipo legal, que el pasado julio ponían punto y final (con polémica) a su relación con la familia presidencial.

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