La explanada de la sangre

Desgraciadamente, en la Explanada de las Mezquitas la sangre es una sustancia casi tan familiar como los rezos


Desgraciadamente, en la Explanada de las Mezquitas la sangre es una sustancia casi tan familiar como los rezos. En 1982, un activista judío mató allí a tiros a dos personas. En 1990, la policía israelí abrió fuego contra una manifestación y mató a una veintena de participantes. Y fue la muerte de cuatro jóvenes palestinos en la Explanada de las Mezquitas en septiembre del año 2000 lo que sirvió de detonante para la segunda intifada palestina que a lo largo de los años costaría más de 4.000 vidas de unos y otros.

La sangre volvió a derramarse el viernes en la Explanada. Tres palestinos fueron abatidos allí por las fuerzas de seguridad israelíes poco después de que ellos matasen a dos policías que patrullaban este recinto, sagrado para los musulmanes y reclamado por los judíos. Las protestas de estos días, que ayer se agravaron con la muerte de tres manifestantes palestinos, son en parte la consecuencia de aquel suceso de hace una semana, pero sobre todo hay que entenderlas en el contexto de lo que se conoce como el statu quo de este lugar tan especial.

Ese statu quo fue fruto de la victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días, de la que precisamente se cumplió el medio siglo hace pocas semanas. El entonces ministro de Defensa israelí, Moshe Dayan, consciente de lo explosivo del lugar, tomó una decisión intencionadamente salomónica (es el templo de Salomón lo que los judíos creen que se alzó allí un día). Dayan entregó a los judíos el control total del llamado Muro de las Lamentaciones, que muchos consideran un resto del antiguo templo, aunque los arqueólogos creen que es un viejo soporte de contención del monte. A cambio, se mantuvo la soberanía de los musulmanes sobre el recinto de la parte alta donde están las mezquitas de la Roca y de Al Aqsa.

Ni que decir tiene que el arreglo nunca ha contentado a nadie. Los judíos acusan a los musulmanes de hacer obras en el subsuelo de la Explanada, supuestamente para destruir los restos que pudiera haber del antiguo templo judío. Los musulmanes, por su parte, denuncian constantes agresiones a su soberanía en el enclave. La más reciente sería la decisión de las autoridades de colocar detectores de metales en los accesos a la Explanada. Los israelíes lo justifican por la necesidad de prevenir ataques como el del viernes pasado. Los palestinos lo ven como una maniobra oportunista para irse apoderando del lugar. Tanto la justificación de los israelíes como la sospecha de los palestinos son verosímiles.

¿Las consecuencias? Como siempre, impredecibles. La muerte es tan habitual en este conflicto que por si misma no tiene por qué desatar de nuevo la violencia generalizada. Pero esa violencia generalizada está siempre tan cerca de la superficie que cada disparo, cada piedra, incluso cada gesto, tienen, potencialmente, la capacidad de desencadenarlo.

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