El FBI y la CIA abren una investigación criminal sobre la filtración de Wikileaks

El descrédito de la inteligencia coincide con la investigación de la injerencia rusa

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Nueva York / corresponsal

La inquietud se asienta en EE.UU. «Estamos muy preocupados», reconoció Devin Nunes, presidente del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes. La suya fue una de las pocas voces que se escuchó en medio del nerviosismo que se respira en Capitol Hill tras la publicación por Wikileaks de casi 9.000 archivos de la CIA, que revelan cómo la agencia espió a infinidad de personas a través de teléfonos móviles, televisiones u ordenadores. Quién filtró los documentos a la web de Julian Assange y cómo lo hizo son los dos grandes interrogantes que planean sobre Washington. La CIA y el FBI ya han abierto una investigación criminal. «Langley está en modo de evaluación de daños completo», confesó a Voa News un funcionario de inteligencia. Una de las grandes preocupaciones del Gobierno es que Wikileaks publique códigos claves de operaciones y que hackers de potencias enemigas puedan utilizar en su contra.

«No hacemos comentarios sobre la autenticidad o el contenido de supuestos documentos de inteligencia», declararon al unísono la CIA y la Casa Blanca. La prudencia es la consigna, aunque fuentes oficiales aseguraron a la CNN que las operaciones filtradas son legales. A pesar de ello, las revelaciones sobre el procedimiento y las herramientas utilizadas ponen en jaque a la agencia. «Esto ha hecho menos seguro a mi país y a mis amigos», alertó el exdirector de la CIA Michael Hayden.

La intranquilidad ha llegado hasta Silicon Valley donde las grandes tecnológicas tratan de reponerse del golpe que deja en evidencia que ni Apple, Google, Samsung o Microsoft son seguros. «Muchos de los agujeros de seguridad filtrados ya han sido solucionados en las últimas versiones de iOS», justificó Apple.

La huella rusa

En esta nueva polémica conviene no perder de vista el timing elegido por Wikileaks. La divulgación coincide con un momento especialmente sensible entre la comunidad de inteligencia y la Administración Trump, a raíz de las investigaciones sobre la supuesta injerencia rusa en las elecciones, en la que algunos ven la huella Vladimir Putin. «Es del interés ruso ver a una CIA desacreditada», advirtió Jonathan Shaw, exresponsable británico de políticas sobre ciberseguridad.

En las últimas horas, pesos pesados republicanos que investigan la intromisión del Kremlin en las presidenciales han marcado distancias con el presidente de EE.UU., negándose a respaldar su tesis sobre Barack Obama y sus supuestos pinchazos de teléfonos en la Torre Trump.

«Muchas de las cosas que dice [Trump], ustedes se las toman demasiado en serio», minimizó ante los periodistas el congresista Nunes. También el presidente del Comité de Inteligencia del Senado, Richard Burr, negó haber visto evidencia alguna de las acusaciones hechas por Trump. Mientras, el exjefe de la CIA Leon Panetta se preguntaba espantado: «¿Qué demonios está pasando en Washington».

El presidente trata de frenar el motín republicano contra la contrarreforma sanitaria que sustituirá al Obamacare

Por si Donald Trump no tuviese ya suficientes frentes abiertos, el Congreso se ha convertido en su nuevo campo de batalla. Allí, el motín republicano contra la nueva ley de salud que sustituirá a la reforma de Obama, el Obamacare, pone en aprietos el cumplimiento de una de sus promesas electorales. Las órdenes han sido claras y los esfuerzos de la Casa Blanca están centrados en frenar la rebelión que enfrenta al núcleo duro del partido con las facciones más moderadas.

«Esto no es lo que esperábamos. Es una oportunidad perdida y un paso en la dirección equivocada», declaró decepcionado el senador Mike Lee. Como él, decenas de congresistas ultraconservadores se posicionaron en el Capitolio para denunciar el nuevo proyecto de ley. «¿Cuál es la mejor manera de superar este bache? Votar una derogación total», propuso Rand Paul. «No puede haber una reforma a costa de los más vulnerables y enfermos», reclaman los moderados.

En medio del pulso, el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, llamó a la unidad mientras uno de los suyos lanzó un aviso a navegantes. «El presidente presta enorme atención a lo que se diga y se haga», advirtió el congresista Patrick T. McHenry, tras reunirse con Trump.

A la presión republicana se sumó la demócrata con el arranque del debate legislativo de los dos textos que componen la propuesta respaldada por la Casa Blanca. Así, en dos comités distintos de la Cámara de Representantes y a pesar de su minoría, la oposición dará la batalla entorpeciendo y retrasando el proceso todo lo posible, a través de cientos de enmiendas que ya han sido presentadas. Si quieren que la propuesta sea aprobada, los republicanos solo se pueden dar el lujo de perder 21 votos en la Cámara baja y dos en el Senado, esto por supuesto bajo la presunción de que ningún demócrata apoye la derogación del Obamacare.

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