Trump acusa a Obama sin pruebas de espiarlo durante la campaña electoral

El expresidente responde que nunca ordenó investigar a un ciudadano de EE.UU.


nueva york / corresponsal

Si algo caracteriza al equipo de Donald Trump, es que suele usar teorías de la conspiración para crear un caos que le beneficie y que aparte el foco de atención de la polémica que en realidad le preocupa. La maniobra de ayer pareció querer repetir esta vieja estratagema cuando, sin prueba alguna y en un ataque sin precedentes en la historia reciente del país, el presidente de EE.UU. acusó a su antecesor, Barack Obama, de intervenir sus teléfonos en la Torre Trump, antes de las elecciones presidenciales.

Fue este el contenido de la nueva carga de artillería lanzada en una cadena de tuits, a las 6 de la mañana y desde su flamante mansión de Mar-a-Lago, en Florida. «Qué bajo cayó el presidente Obama al grabar mis conversaciones. Esto es como el Watergate de Nixon», denunció Trump antes de llamar «enfermo» a su antecesor y comparar su manera de actuar con la de Joseph McCarty, quien violó derechos de muchos estadounidenses hace 50 años y cuyas técnicas debe conocer bien porque uno de los estrategas del senador, Roy Cohn, fue abogado suyo muchos años.

«Ni el presidente Obama, ni nadie en la Casa Blanca han ordenado nunca la vigilancia de ningún ciudadano estadounidense», respondió Kevin Lewis, portavoz del expresidente en un contundente comunicado. «Ningún presidente puede ordenar escuchas telefónicas. Esas restricciones se pusieron para proteger a los ciudadanos de gente como tú», añadió el exasesor de seguridad Nacional de Obama, Ben Rhodes. En paralelo, el demócrata de más alto rango en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Ben Cardin, advirtió que, si el gobierno de Obama hubiera supervisado las actividades de Trump, habría necesitado la autorización del tribunal de FISA. Es decir, habría sido precisa la intervención de un juez para dar el visto bueno tras encontrar pruebas de un posible delito.

La embestida contra Obama se produjo en un momento en el que la Administración Trump se encuentra cada vez más acorralada por las investigaciones sobre sus vínculos con el Kremlin, unos lazos que en la última semana han colocado al borde del precipicio a su fiscal general, Jeff Sessions, por haber mentido al Senado sobre sus reuniones con el embajador de Rusia en Washington, Sergey Kislyak. Un perjurio, por cierto, que ocultó el FBI: «Sabemos menos de una fracción de lo que saben», denunció el senador Adam Schiff tras el silencio del director de la agencia, James Comey, en The Wall Street Journal.

A la desesperada y en un intento de normalizar las acusaciones que le golpean, Trump reveló que Kislyak había visitado 22 veces la Casa Blanca durante la Administración de Obama. Sin embargo, nada tiene que ver una situación con la otra, teniendo en cuenta que el neoyorquino y su entorno negaron durante meses un contacto ya demostrado con funcionarios rusos.

Inmediatamente después de lanzar las acusaciones contra su antecesor, y como si estuviese dentro de un reality show, Trump aprovechó la expectación que había creado para cargar contra Arnold Schwarzenegger y sus «patéticos ratings» en el programa que previamente había presentado el neoyorquino. Ajenos a la permanentemente belicosidad en la retórica del presidente, o quizá de acuerdo con ella, miles de partidarios del presidente marcharon ayer por varias ciudades de todo el país para contrarrestar la polémica que desde hace seis semanas se asienta en la Casa Blanca.

División entre los republicanos sobre con qué sustituir la reforma sanitaria ahora en vigor

«Estamos dando los toques finales a nuestro plan», anunció el vicepresidente de EE.UU., Mike Pence, en un intento de tranquilizar a sus votantes. Sin embargo, la llamada a la calma contrasta con la realidad de un Partido Republicano profundamente dividido a cuenta de cómo reemplazar el Obamacare sin perjudicar a los 20 millones de estadounidenses que ahora tienen cobertura médica gracias a la reforma sanitaria del expresidente Obama. La falta de consenso no radica solo en el contenido, sino también en los costes y el calendario de puesta en marcha del plan sustitutorio. Además, algunos pesos pesados como el senador de Kentucky, Rand Paul, jefe del ala libertaria del partido, se han quejado del secretismo con el que los líderes de su bancada están negociando los pormenores de la alternativa. Él es uno de los más reacios a la propuesta del Gobierno de usar créditos fiscales para ayudar a los estadounidenses a comprar un seguro médico, una vez que esta parte del legado de Obama sea desmantelada. «No podemos vestirnos con ideas demócratas y ponerles sello republicano», protestó. 

Clima y diplomacia

La herencia del anterior Gobierno también se verá golpeada en el ámbito de políticas medioambientales. Y es que según The Washington Post, la Casa Blanca recortará un 17 % del presupuesto asignado a la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica. La tijera también afectaría a 38 programas de la Agencia de Protección Ambiental que, a consecuencia de la caída de financiación, se verán abocados a desaparecer. «La gente enfermará o morirá si se hacen estos recortes», advirtió Bill Becker, director ejecutivo de la Asociación Nacional de Agencias de Aire Limpio, en ABC News.

Más preocupante para algunos es cómo la nueva Administración cerrará el grifo a la diplomacia estadounidense, con una reducción del 37 % en los fondos para el Departamento de Estado. El recorte en la ayuda exterior está enmarcado en el plan nacionalista del presidente Trump que tiene como objetivo aumentar un 10 % el presupuesto militar, equivalente a 54.000 millones de dólares. Los planes que el neoyorquino tiene para la diplomacia se han encontrado con una fuerte contestación en sus propias filas. También recibieron críticas de más de un centenar de generales y militares retirados, entre ellos David Petraeus.

Una ola antisemita deja cientos de ataques a cementerios judíos

Más de 100 amenazas de bomba y cientos de ataques a tumbas en varios cementerios judíos de 33 estados de Estados Unidos. La comunidad judía no ha podido empezar peor el año, caracterizado hasta ahora por una ola antisemita que el pasado lunes registró hasta 20 amenazas a colegios, sinagogas y otros centros. «¿Qué les decimos a esos padres para que sepan que sus hijos están a salvo?», se preguntó Jonathan Greenblatt, director nacional de la Liga Antidifamación. Las alarmas han sonado a lo largo de todo el país y los hechos han dejado terribles imágenes como las que dejó el ataque vandálico que sufrió el jueves el cementerio judío de Rochester, en Nueva York. En respuesta a las agresiones, el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, anunció un programa de 25 millones de dólares para aumentar la seguridad en las escuelas y guarderías que están en riesgo.

Son muchas las voces que denuncian cómo el discurso del miedo de Donald Trump ha dado alas a grupos racistas de extrema derecha que ahora, con el republicano en la Casa Blanca, se sienten reforzados y envalentonados. «Los ataques no tienen sus orígenes en el Gobierno, pero es cierto que los discursos antisemitas, contra otras minorías e inmigrantes, son peligrosos», afirman los expertos.

El presidente ha condenado las agresiones que desde hace semanas investiga el FBI. De momento, el único detenido por 8 de las 100 amenazas es Juan Thompson, un hombre negro de 31 años que ha mostrado su rechazo al presidente Trump a través de las redes sociales. enfrenta un creciente antisemitismo con más de 100 amenazas de bomba en 2017.

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