Temor a que los disidentes de las FARC se unan a los clanes del narcotráfico

Los guerrilleros desmovilizados escenifican la entrega de las armas en La Guajira


BOGOTÁ / E. LA VOZ

Si alguien creyó que el proceso de desmovilización de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia iba a ser rápida, o sencilla, se equivocaba. El principal problema es que no todos los guerrilleros están dispuestos a dejar los fusiles. Al menos cinco de los jefes de las FARC se han convertido en disidentes en las últimas semanas. Algunos de ellos, como Gentil Duarte y John 40, son señalados en Colombia por sus vínculos con el tráfico de estupefacientes. El Gobierno ha identificado a unos 300 elementos díscolos de las FARC que ya estarían delinquiendo.

El temor es máximo: podrían estar uniéndose a grupos narcos colombianos, a guerrillas como el ELN e incluso a clanes criminales extranjeros, como el poderoso cartel de la droga brasileño Primer Comando de la Capital (PCC), responsabilizado de la brutal violencia vivida en las cárceles cariocas. The Wall Street Journal apunta a esa posible unión de los disidentes al grupo criminal de São Paulo.

Los expertos en Colombia, sin embargo, piden cautela: «No creo que esté dándose un trasvase de miembros entre esos grupos. Lo que sí puede estar sucediendo es que el PCC tema que haya una lucha entre varios grupos por el control de la droga en el territorio cocalero que hasta ahora ha ocupado las FARC. Por eso podría haberle pedido a los guerrilleros y disidentes que no abandonen esos lugares», comenta Ariel Ávila, director de la Fundación Paz y Reconciliación.

Otro grupo en el punto de mira de las autoridades es el cartel de la droga conocido en Colombia como el clan del Golfo. Estarían reclutando a jóvenes guerrilleros y disidentes a cambio de un salario de unos 570 euros y la posibilidad de seguir controlando la zona, según el fiscal general.

Problemas de agenda

La disidencia no es el único escollo al proceso de paz. También lo es la agenda: la implementación  de los acuerdos lleva semanas de retraso. Lo demuestra el resultado de lo que se ha conocido en Colombia como «La última marcha de las FARC». Los alrededor de 6.300 guerrilleros han emprendido esta semana el largo camino a las 26 zonas de desmovilización donde se concentrarán para dejar las armas en los próximos meses. La indignación ha sido palpable cuando han llegado a esos lugares: en algunas zonas no se habían construido ni siquiera los saneamientos básicos. Otros no tenían ni siquiera acceso a agua potable. Paz y Reconciliación estima en entre un 30 % y un 35 % el estado de construcción de dichos espacios. «Esto no es un problema político. Es un problema de burocracia y de rapidez del funcionamiento del Estado», comenta Ávila, admitiendo también la dificultad del transporte a las zonas selváticas.

Eduardo Álvarez, de la fundación Ideas Para la Paz, admite los retrasos, pero es optimista: «Lo que hemos visto esta semana, las FARC viajando hacia los lugares donde dejarán los fusiles, es algo histórico». Los comandantes guerrilleros han elevado sus quejas, pero han vuelto a defender que la paz es irreversible. En la Guajira, Gobierno y guerrilla escenificaron ayer la entrega de armas de los primeros desmovilizados.

Otro punto de fricción entre Bogotá y las FARC ha llegado por cuenta de los menores en manos de los insurgentes. Bogotá reclamaba su entrega pero los combatientes decidieron no dejar a los menores en manos del Estado hasta llegar a las zonas de desmovilización. «Veían falta de garantías jurídicas», interpreta Ávila.

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