Caos y alarma en EE.UU. y el mundo por el veto de Trump a los refugiados

Las Naciones Unidas exhortan al mandatario a que retire su prohibición


nueva york / corresponsal

«Me han dicho que es decisión del presidente. Quieren devolverme allí», confió Alshawi Sami, un iraquí detenido ayer en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York a pesar de contar con una petición de asilo ya aprobada. Sami fue uno de los primeros en sufrir las consecuencias de la nueva orden firmada por Donald Trump, que prohíbe la entrada en el país de ciudadanos procedentes de siete países de mayoría musulmana. Uno de ellos es el suyo: Irak.

El otro afectado fue Hameed Khalid Darweesh, quien, con más suerte, fue liberado tras diecisiete horas de incertidumbre y al demostrar que trabajaba para el Gobierno de EE. UU. «Doy gracias a todas las personas que me han apoyado», dijo aliviado. Previamente, varias organizaciones civiles habían puesto su caso en conocimiento de la Justicia definiendo el decreto como «irresponsable y peligroso».

El impresionante caos por la falta de instrucciones claras de cómo aplicar la orden en la frontera no solo se hizo notar en Nueva York. Aeropuertos de todo el mundo fueron testigos de cómo varias aerolíneas se vieron obligadas a enviar de nuevo a sus países de origen a decenas de pasajeros. Fue lo que ocurrió por ejemplo en El Cairo, donde cinco iraquíes y un yemení fueron expulsados a pesar de tener los visados en regla. Ni siquiera tener la «Green Card» [residencia permanente] fue garantía de entrada. Compañías como KLM, Qatar Airways, Fly Emirates o Etihad también vetaron a sus primeros pasajeros. Otras como Turkish Airlines cancelaron directamente los billetes ya comprados.

«Somos refugiados ¿Qué hemos hecho?», protesta Ibtissam Youssef al-Faraj, una madre siria. Su país se lleva la peor parte del decreto con una suspensión de entrada de refugiados indefinida, a pesar de que desde el 2011, EE.UU. recibió a 18.000 personas procedentes del país. No se descarta que a la lista de países original, compuesta por Siria, Somalia, Yemen, Sudán, Irak, Irán y Libia, se puedan añadir más territorios, teniendo en cuenta que el decreto se sustenta en la idea de «no repetir los errores del 11S», pero no incluye a los países de origen de los terroristas de aquella masacre [ Arabia Saudí, el Líbano, Egipto y Emiratos Árabes].

La ola de rechazo se extendió a todos los niveles y por todo el mundo. «Es una orden anti-americana», dijeron desde el Partido Demócrata. El Consejo de Relaciones Americano-Islámicas anunció que el lunes presentará una demanda por discriminación contra el presidente Trump y las Naciones Unidas le exhortaron a reconsiderar su prohibición. Además, organizaciones como Amnistía Internacional acusaron al republicano de «reactivar el odio». El primer ministro canadiense, Justin Trudeau, se desmarcó de su vecino del sur y ofreció su país a los refugiados rechazados por Estados Unidos, con independencia de la fe que tengan. La dirigente nacionalista escocesa, Nicole Sturgeon, aseguró en un tuit que también las puertas de su país están abiertas para los damnificados.

«Tengo el corazón roto», reaccionó la famosa activista Malala Yousafzai. Horas más tarde, cientos de estudiantes de prestigiosas universidades como Harvard apoyaron el texto de protesta firmado por 12 premios nobel y miles de académicos: «Es escalofriante», dijeron del decreto. Medios como The Washington Post han definido la política del nuevo presidente como «una de las más alarmantes de la historia». NY Daily News ilustró su portada con una imagen de la estatua de la Libertad con lágrimas en los ojos, recordando cómo un 27 de enero del 2009 Barack Obama tendió la mano al mundo musulmán: «EE.UU no es su enemigo», dijo entonces. El destino ha querido que el mismo día, ocho años más tarde, Trump firme el cierre de fronteras para todos ellos, alegando «la protección nacional».

Una semana frenética que prueba que el magnate no se deja domar

«¡Deshonestos!», espetó Donald Trump a The New York Times y The Washington Post, los dos diarios más respetados de EE.UU. Así empezó ayer el día el presidente de la nación: con un tuit lleno de erratas que dio buena cuenta de su enfado. «¡Noticias falsas!», continuó su enésimo enfrentamiento con la prensa, a la que ha declarado la guerra abiertamente: «Son el partido de la oposición», dijo en CBN aplaudiendo la comparación que previamente había formulado Steve Bannon, su leal asesor y estratega. En la contienda participan también el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, y la superasesora Kellyanne Conway que acuñó la expresión «hechos alternativos» para falsedades a cuenta de una supuesta asistencia masiva al juramento del republicano y de un supuesto fraude electoral de más de tres millones de votos ilegales.

Pese a ser insólitas, son solo algunas de las muchas polémicas que han caracterizado una primera semana de infarto, en la que si algo ha hecho Donald Trump es confirmar, que en ningún caso, iba de farol. La metodología que aplicó en estos siete días ha sido la misma que lo llevó en la campaña hasta la Casa Blanca. La diferencia ahora, es que ya es presidente y que sus bravatas tienen consecuencias.

Desde el redecorado Despacho Oval, Trump está cambiando el rumbo del país a golpe de orden ejecutiva y de incendiarios mensajes en las redes sociales que han hecho saltar por los aires cualquier senda diplomática tradicional. La frenética agenda comenzó con una orden para desmantelar la reforma sanitaria de Barack Obama. Era solo el principio porque, días más tarde, Trump sacaba a EE.UU. del Acuerdo Transpacífico, enfadaba a los defensores del medio ambiente recuperando los polémicos oleoductos Keystone XL y Dakota Access y desataba su primera crisis diplomática con un país aliado al dar luz verde a la construcción del polémico muro fronterizo con México y amenazar con un supuesto arancel del 20 % a las importaciones del país vecino para pagarlo.

En paralelo, emprendió una guerra doméstica contra las ciudades santuario, agitaba al mundo entero con el cierre de fronteras a los refugiados y alarmaba a los defensores de los derechos civiles mostrándose partidario de la tortura. Así es cómo, de forma caótica e impredecible, Trump ha empezado a mover las riendas del país más poderoso de la tierra.

Acuerdo con Putin para combatir al yihadismo en Siria

Donald Trump y Vladimir Putin mantuvieron ayer su primera conversación telefónica desde que el presidente de EE.UU. juró el cargo. «Ha habido un ambiente de restablecimiento y mejora de cooperación entre ambas partes», informó el Kremlin horas más tarde. Mientras en la Casa Blanca reinaba el silencio, Moscú insistía en que ambas potencias coincidieron en «la importancia de restablecer los vínculos económicos y sociales» por lo que sus equipos ya trabajan en las agendas para cuadrar la fecha de un futuro encuentro. Las dos partes habrían acordado también contactos personales regulares.

Los mandatarios hablaron de coordinar «de forma real la lucha contra el Estado Islámico y otras organizaciones terroristas». En relación con esto, varios medios revelaron ayer que Trump firmará una orden ejecutiva en la que dará un plazo de 30 días al Estado Mayor Conjunto para presentar un plan para derrotar al EI.

La llamada a Putin se produjo a las doce del mediodía en el Despacho Oval y duró 45 minutos. Estuvieron presente el vicepresidente Mike Pence, el jefe del gabinete Reince Priebus, el asesor presidencial Steve Bannon, y el consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn. Pero el contacto se produjo bajo la atenta mirada de muchos republicanos que analizan con desconfianza el coqueteo con el presidente ruso.

«Es un asesino y un matón», cargó de nuevo el senador John McCain, tras expresar su profunda oposición a un posible levantamiento de sanciones a Moscú.

Fue una jornada de conversaciones telefónicas ya que minutos antes de conversar con el dirigente ruso comenzaba un maratón de llamadas a líderes internacionales como la canciller Angela Merkel. Según la Casa Blanca, ambos mandatarios hablaron de mejorar las capacidades de la Alianza Atlántica y Trump aceptó la invitación de Merkel a la próxima reunión del G20, en julio. El presidente de Francia, François Hollande, puso la nota crítica de la jornada al advertir a su homólogo de que el proteccionismo es «una respuesta sin salida».

Poco después llegó el turno del primer ministro de Japón, Shinzo Abe, con quien «el presidente Trump afirmó el compromiso invulnerable de EE.UU. para garantizar la seguridad de Japón». La llamada entre Trump y Abe se produjo seis días después de que el republicano firmase una orden ejecutiva de salida de EE.UU. del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, del que Japón forma parte. Acordaron celebrar una segunda reunión el próximo 10 de febrero en Washington.

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