«Teoría Madman»: ¿Es Trump el nuevo Nixon?

Hace cuarenta años, Washington hizo creer al mundo que el entonces presidente de EE.UU. era un «hombre loco», imprevisible y volátil: «No podemos reprimirlo cuando está furioso y tiene la mano en el botón nuclear». La historia parece repetirse

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Al margen de que uno comulgue o no con sus ideales políticos, hay algo escalofriante en la puesta en escena de Donald Trump: el argumento llevado al extremo, nunca templado, menos aún racional. Su escalada imprevisible y meteórica al despacho oval y sus opiniones, excesivas y siempre drásticas -ya sean sobre Meryl Streep o sobre el terrorismo yihadista-, han instalado el recelo en la actitud de todo el que se enfrenta a sus palabras. El mundo escucha cauteloso al presidente electo de EE.UU. como asistiendo a algo que no puede ser real, con el cuerpo inquieto, sin terminar de creerse aún que ese multimillonario esté a los mandos de la primera potencia mundial. Calibra cuál será el próximo dardo, la siguiente barbaridad (o no). A qué delegado internacional ninguneará esta noche, a qué país le hará la rosca, qué botón apretará. ¿Estará del todo cuerdo el magnate? Cuánto hay de locura y cuánto de estrategia en su desmesura, en su impulsividad. Cuánto de perro ladrador en sus amenazas. Hasta dónde está dispuesto a llegar ahora que el poder comienza a acumulársele en la palma de sus manos.

Hay quien teme, sí, pero hay también quien ya, con el alivio que supone identificar el patrón conocido, ha establecido líneas paralelas. Quien repasando la Historia ha cantado bingo: si realmente las maniobras de Donald Trump siguen una hoja de ruta, la estrategia del miedo a provocar en la fiera una reacción desproporcionada no es nueva; antes que él, Richard Nixon hizo creer a su país y al resto del planeta que había llegado al punto del todo vale, que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para acabar de una vez con la Guerra de Vietman. Lo que fuera. Lo que hiciese falta. Las instrucciones a su jefe de Gabinete Bob Haldeman fueron claras: «Correremos el rumor de que, 'por el amor de Dios, conoces a Nixon, está obsesionado con el comunismo, no podemos reprimirlo cuando está furioso y tiene la mano en el botón nuclear'. Y el mismo Ho Chi Minh estará en París en dos días suplicando por la paz». 

La Administración Nixon llamó a su plan la «Teoría del Loco» («Madman Theory»). Disfrazó al trigésimo séptimo presidente de los Estados Unidos de mandatario irracional y volátil, hizo creer a sus interlocutores internacionales que, frente a él, lo más sensato era la cautela y el aplomo -otra versión de la tiranía del miedo- y, llegada la hora de la verdad, en lugar de amedrentarse, procedió como había prometido: recrudeció el conflicto en Vietnam, pero nada salió según lo esperado. Murieron más de 20.000 soldados norteamericanos, cientos de miles vietnamitas. 

Ahora, cuarenta años más tarde, hay quien identifica en aquel plan el molde de los movimientos y los órdagos de Trump. Los halagos a Pakistán, los ataques a la ONU y también a la OTAN, el sospechoso acercamiento a Putin, la excesiva cordialidad con determinados agentes internacionales y especialmente las continuas y cada vez más numerosas provocaciones a China han desentumecido los cinco sentidos de los analistas políticos que desde hace meses estudian con detalle los pasos del magnate. Ahí está la teoría del loco. Ahí está Trump, imprevisible e impetuoso, desestabilizando al gigante asiático. Juzgando su política comercial, charlando amigablemente con Taiwán, con el que EE.UU. había roto relaciones diplomáticas en 1979. Agitando las aguas. Provocando. 

Los chinos, que hasta ahora se habían mostrado contenidos, empieza a revolverse. La semana pasada, los editoriales de sus periódicos más influyentes advertían de que las amenazas de Trump podrían acabar en guerra, de que el presidente estadounidense está subestimando la posibilidad de una reacción por parte de China, de que, de seguir por este camino, su relación desembocaría en un conflicto drástico. Algunos expertos ya recomendaban este proceder hace tres años: Elbridge Colby y Ely Ratner ponían de manifiesto en un artículo publicado en la revista Foreign Policy la necesidad de «disuadir a China de creer que puede recurrir a la coerción económica, militar y diplomática para resolver desacuerdos internacionales sin esperar una respuesta seria». Sugerían una inyección de riesgo, una dosis de imprevisibilidad. Para que ellos dieran más. Pero entonces el inquilino de la Casa Blanca era otro. Con menos pinta de loco.

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