¿Le debe Trump la presidencia a Putin?


En el asunto de la supuesta interferencia de Rusia en las pasadas elecciones presidenciales norteamericanas hay que separar claramente la acusación en sí del debate político que ha generado. Es muy probable que la acusación contra el Kremlin tenga una parte de verdad, sea tanta como dice Obama o algo menos. Pero tampoco le falta razón a Donald Trump cuando se queja de que la Casa Blanca está exagerando intencionadamente el caso con el único fin de desprestigiarle.

Vayamos primero con las acusaciones. Son creíbles, pero no precisamente porque los servicios de inteligencia norteamericanos las hayan demostrado. El informe desclasificado que difundieron el viernes, y que prometía apuntar claramente con el dedo al Kremlin, ha resultado ser más bien una especulación. La mayor parte de sus 25 páginas se dedican a describir de forma genérica los aparatos de propaganda con los que cuenta Vladimir Putin, desde su ejército de cibernautas que intervienen en foros de Internet a la cadena de televisión en lengua inglesa RT que difunde la línea oficial del Gobierno ruso. Nada de esto era un secreto ni es de lo que trata este escándalo.

En cuanto a la cuestión concreta de si fue el espionaje del Kremlin el que sustrajo documentos comprometedores de los servidores del Partido Demócrata, no se presenta ninguna prueba concreta. Y que los autores digan que las pistas no pueden ser reveladas por razones de seguridad sirve de poco en un debate que está en el dominio público.

¿Quiere esto decir que la interferencia rusa en las elecciones es una invención? No. Significativamente, el mismo día en que se difundió el informe, Trump se reunió con jefes de la inteligencia y salió un tanto preocupado y dispuesto a matizar su escepticismo. Es de sentido común que todas las potencias intentan influir en las elecciones de otros países que consideran vitales para sus intereses. En este caso concreto, más que ver triunfador a Trump, es muy plausible que el Kremlin quisiera perjudicar a Hillary Clinton, un notorio «halcón» en política exterior. De hecho, según el propio informe, las operaciones rusas contra Clinton comenzaron a mediados de 2015, cuando nadie esperaba que Trump fuese el candidato republicano.

Pero para el debate político lo único que importa es si Trump va a ser presidente gracias a Putin. La respuesta de la propia Casa Blanca y los servicios secretos es que no. No se acusa a Rusia de haber manipulado las máquinas de voto, aunque algunos partidarios de Clinton hayan utilizado la ambigüedad para sembrar dudas. Ni siquiera se niega la autenticidad de los documentos filtrados, en los que se revelaban las tácticas ilegítimas del Partido Demócrata para favorecer a Hillary sobre su rival en las primarias Bernie Sanders.

Todo esto hace que el alboroto de los demócratas en torno a este caso esté condenado a la frustración. Trump va a ser presidente, e intentar deslegitimarlo con el argumento de que, si Hillary hubiese podido mantener engañados a los votantes quizás hubiese ganado, no parece muy buena idea.

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