La derecha cabalga sobre el voto rural

Los republicanos tropezaron en las ciudades más pobladas y solo ganaron en Phoenix

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A CORUÑa / LA VOZ

El primer análisis de los resultados de las elecciones presidenciales desvela que la principal fortaleza del nuevo presidente, Donald Trump, radica en su capacidad para llegar a todos los rincones del país. Un primer vistazo al mapa de resultados confirma la hegemonía absoluta de los republicanos en el Medio Oeste, la zona menos poblada, y el sur de Estados Unidos.

El recuento de votos indica que Trump fue barrido por la demócrata Hillary Clinton en las principales ciudades. De hecho, de entre las diez urbes más pobladas de EE.UU. -Nueva York, Los Ángeles, Chicago, Houston, Filadelfia, Phoenix, San Antonio, San Diego y San José- Trump solo fue el más votado en uno de los dos condados que conforman el área de Phoenix, la sexta con mayor número de habitantes (alrededor de 1,6 millones).

Pero esa debilidad de la campaña republicana no sirvió a los demócratas para poco más que su pírrica victoria en el número total de votos -200.000 más- en el conjunto de la Unión.

Un mapa teñido de rojo

El rojo de los republicanos fue el color dominante en treinta de los cincuenta estados. La mejor estadística de Trump en porcentaje de votos le llegó de Virginia Occidental, en la costa este, una zona donde hay una amplia concentración de militares y empresas vinculadas a la defensa nacional. Allí firmó un 69 % de votos, la cifra más alta de todo el país, prácticamente igualada con los registros de Wyoming, en el norte.

Entre los estados con más papeletas conseguidas por los republicanos destacan Oklahoma (65 % de los votos), Dakota del Norte (64 %), Kentucky y Alabama (63 %) y Dakota del Sur (62 %), todas ellas en el corazón del país, donde la población vive más diseminada y donde la crisis y los efectos de los ocho años de gobierno de Barack Obama han dejado las huellas más profundas.

Según la encuesta elaborada por The Washington Post en las horas posteriores a la votación, la hegemonía de los republicanos en las zonas rurales estadounidenses fue abrumadora. En los 1.299 condados contabilizados por el diario, Donald Trump consiguió imponerse en el 84,6 %. Y el magnate neoyorquino extendió ese dominio a las pequeñas ciudades, donde se impuso en siete de cada diez, repartidas a lo largo de otros 993 condados de todo el país.

Igualdad en las medianas

El reparto de votos entre los dos aspirantes a la presidencia se mantuvo más igualado en las urbes de tamaño medio y en la periferia de las principales aglomeraciones de población del país, donde republicanos y demócratas se repartieron de forma más o menos equitativa otros 735 condados, con una ligera ventaja para Hillary Clinton.

Pero no todo fueron buenas noticias para los intereses de Donald Trump. En las grandes ciudades el millonario se quedó a larguísima distancia de su contendiente. Así, el Partido Demócrata consiguió la victoria en el 72,5 % de los 68 condados más poblados del país, aunque esa concentración de apoyos no frenó el empuje de los republicanos. Solo en el caso de Nevada, donde Clinton ganó en las dos principales urbes, Las Vegas y Reno, pero perdió en el resto de los 17 condados, pudieron los demócratas anotarse el estado y sus seis representantes.

Esa fortaleza entre el votante urbano solo le sirvió a Hillary Clinton para apuntarse 21 de los 50 estados de la Unión, pero no impidió la holgada victoria de los republicanos en el resto.

La frontera con Canadá se volcó con Clinton, que apenas obtuvo apoyo en el sur

Uno de los contrastes más acusados en el mapa de apoyos de republicanos y demócratas es el que se registra entre los condados limítrofes con Canadá y los que lindan con México. Mientras la mayoría de las áreas del norte registraron un elevado apoyo a la candidatura de Hillary Clinton, en el sur fue Donald Trump el que arrasó, claramente impulsado por su promesa de acabar con la inmigración ilegal, deportar a los extranjeros y construir un muro que impermeabilice la frontera de Río Grande.

Entre las grandes cifras del martes, conviene hacer especial hincapié en el escrutinio de papeletas en Washington, donde el dominio de Hillary Clinton fue incontestable y alcanzó el 92,8 % de los sufragios emitidos, mientras que su adversario apenas llegó al 4,1 %. La capital federal acumula entre sus residentes un buen número de funcionarios de todos los niveles de la Administración, lo que también provocará que se mire con especial atención su lealtad hacia el nuevo equipo de Gobierno.

Un mormón con apoyos

Lejos de las grandes áreas de población, otro de los nombres de las elecciones americanas es el del mormón Evan McMullin, que cosechó el 21 por ciento de los votos emitidos en Utah, lo que le permitió ser el candidato más votado, al margen de los dos grandes partidos, en todas las circunscripciones electorales.

Conviene recordar que la tercera fuerza en número total de sufragios en estas elecciones en Estados Unidos, el Partido Libertario, sumó algo más del cinco por ciento y el Partido Verde apenas rebasó la barrera del uno por ciento.

El fiasco demócrata aboca al despido a más de 5.000 cargos políticos en el país

La debacle electoral de Hillary Clinton tendrá graves consecuencias en la estructura de poder del Partido Demócrata. Tras la era Obama, estaban preparados para copar buena parte del poder institucional y orgánico en Estados Unidos. Pero el veredicto de las urnas ha sido inapelable y el tirón de Donald Trump ha concedido unas cotas de poder nunca vistas desde los primeros años de George Bush hijo.

Así, según el primer recuento de bajas tras los distintos procesos electoral del pasado martes, los demócratas calculan que han perdido ya más de novecientos puestos de elección directa por parte de los ciudadanos entre senadores, congresistas, gobernadores, fiscales, alcaldes y demás cargos orgánicos estadounidenses. A esas bajas habrá que sumar los más de cinco mil cargos institucionales cuya designación corresponde directamente al presidente y que supondrá otro importante relevo dentro de todo el escalafón para los afines a los demócratas en beneficio de los nuevos vencedores.

Horizonte complicado

El horizonte político de los demócratas no pinta tampoco demasiado bien a medio plazo. La siguiente gran cita será la de las próximas elecciones, para la Cámara de Representantes y para el Senado, aunque para ello habrá que esperar hasta el 2018. Para esa oportunidad habrá más asientos de ambos partidos a repartir, por lo que hay mucho que perder. Si los demócratas especulan con sacar ventaja de un posible voto de castigo por la decepción de los primeros años de Donald Trump, deben actuar rápido y reconstruir un liderazgo que en estos momentos se encuentra vacío. Los resultados cosechados por Hillary Clinton han colocado en el disparadero a la exsecretaria de Estado, pero también a su principal núcleo de colaboradores, claramente señalados por los errores estratégicos acumulados en el diseño de la campaña electoral. Ese fiasco compartido obliga a una inmediata renovación de los principales cargos directivos del Partido Demócrata si quieren estar en condiciones de pelear por la victoria. De momento, Bernie Sanders, que perdió las primarias con Clinton, se mostró muy distante con la cúpula de su partido, mientras muchos de sus seguidores culpaban del fracaso a los actuales dirigentes. Sanders se mostró dispuesto «a dar un margen de confianza» a Trump, aunque por la tarde le anunció que iba a convertirse «en su peor pesadilla».

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