Ante todo, calma, no es el fin del mundo

Esta inquietud generalizada de los medios y los mercados recuerda a la conmoción que produjo la victoria de Ronald Reagan en noviembre de 1980


No, no ha habido un cambio sísmico en la sociedad americana. Ni el triunfo de Trump obedece a un inesperado voto de protesta de la América profunda -con eso no le hubiese bastado para ganar- ni Estados Unidos se ha vuelto racista o sexista de golpe. Si uno deja a un lado las hipérboles y se fija en los datos, verá que los norteamericanos han votado más o menos como suelen hacerlo. El porcentaje de voto republicano es prácticamente idéntico al de hace cuatro años (dos décimas menos, para ser exactos). Lo que ha variado es el voto demócrata, y tampoco mucho, menos de tres puntos. Este movimiento minúsculo del electorado ha sido suficiente para darle una mayoría de compromisarios a Donald Trump y, por tanto, la victoria. Eso es todo.

Esto quiere decir que no es en Trump en quien hay que buscar la explicación del resultado, sino en Clinton. Despachemos primero una tentación: no, su condición de mujer no la ha perjudicado. Los estudios de opinión hace tiempo que nos dicen que más de un noventa por ciento de los norteamericanos no tienen ninguna objeción a la hora de elegir a una mujer para un puesto de responsabilidad política y, de hecho, han elegido gobernadoras a cuarenta, tanto en estados demócratas como en estados republicanos -es más, las mujeres, siempre que se presentan, tienden a ganar más elecciones en proporción-. Así que tampoco es eso.

Solo queda la explicación obvia: Hillary era una pésima candidata. Durante las primarias, todos los sondeos apuntaban a que perdería contra Trump y así ha sido. Su insistencia en presentarse a pesar de todo, y el apoyo ciego que recibió del aparato de su partido, no solo son una de las causas de la derrota demócrata, sino también un ejemplo del problema Hillary: transmitía la impresión de que la presidencia era algo que se le debía y no algo que tuviese que ganarse.

Pero hasta puede que no haga falta analizarlo tanto. La política es un fenómeno pendular, sobre todo en los países con sistemas bipartidistas. En la historia norteamericana ha sido siempre una rareza que un partido ganase más de dos mandatos seguidos. Así que era el turno de los republicanos, fuera Donald Trump u otro. A veces, las cosas son más simples de lo que parecen y asuntos que los medios convertimos en cruciales, como los escándalos o las frases desafortunadas, pesan poco en el ánimo de un electorado que filtra todo eso con sus prejuicios de partida. Baste este dato: a pesar de todo lo que se ha dicho sobre la movilización afroamericana y la indignación latina, a Trump los hispanos y los afroamericanos le han votado en la misma proporción en que suelen hacerlo por el partido republicano. Casi uno de cada tres hispanos y más de la mitad de las mujeres blancas han votado por Trump.

Y ahora, ¿qué? Pues que tendremos que esperar algo más para saberlo. La dificultad con Donald Trump es que no podemos aventurar qué clase de político va a ser porque no ha sido nunca un político. Pero hay algunas certezas en medio de la incertidumbre. Uno: Estados Unidos es una democracia muy parlamentaria y el presidente no tiene en la realidad el poder omnímodo que se le atribuye en las series de televisión. Dos: es cierto que los republicanos tienen el control de las dos Cámaras, pero eso no es un cheque en blanco para Trump, que tendrá que negociarlo todo con un partido convencional con el que no tiene buenas relaciones. Y tres: el hecho de que haya ganado un candidato antisistema no significa que el sistema se haya evaporado; y el sistema, tan malo para unas cosas, tiene de bueno que tiende a la estabilidad por instinto. Por supuesto, el futuro es algo que solo se descubre con el paso del tiempo. Está justificado cruzar los dedos.

Lo que sí cabe esperar es que haya un giro brusco en algunas cosas. El famoso muro en la frontera de México es casi anecdótico -ya existe uno- y demasiado caro y lento para cumplirlo en un mandato. Pero sí es posible incrementar exponencialmente la expulsión de inmigrantes ilegales, que ya se había incrementado mucho en el mandato de Obama, simplemente aplicando las leyes que ya existen. Si quiere, también le será fácil a Trump desmantelar la obra de Obama, porque estaba prendida por alfileres, es decir, por decretos presidenciales que Trump puede anular firmando otros.

Otros ejes del discurso electoral de Trump son más vagos o más complicados de materializar. Su promesa de no intervenir en conflictos de otros países no es, quizás, una mala cosa, pero solo se puede cumplir hasta cierto punto. Estados Unidos es la superpotencia indiscutible, pero Trump descubrirá pronto que ese poder descansa en parte en su diplomacia. En cuanto al compromiso de enfrentarse a la globalización económica será interesante ver hasta dónde llega Trump con este proyecto inédito y que, en principio, parece titánico.

Y una nota optimista para terminar: a los que tengan la edad suficiente, esta inquietud generalizada de los medios y los mercados les recordará la elección de Ronald Reagan en noviembre de 1980. También entonces se hicieron pronósticos apocalípticos para un mundo todavía con un pie en la guerra fría. Al actor de Hollywood se le consideraba un fanático militarista dispuesto a iniciar una guerra mundial en su primera semana en la Casa Blanca. Aunque había sido gobernador, su ignorancia en asuntos básicos de gestión y política era abismal. Sin embargo, vista en perspectiva, su presidencia fue relativamente tranquila y civilizada. Donald Trump es todo un desafío al optimismo, pero nunca se deben descartar las sorpresas.

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