Aquí está el lobo: las tres lecciones del triunfo de Trump

El populismo antisistema alcanza el corazón del sistema. Analizamos a qué se ha debido la victoria de Trump y qué nos espera a partir de ahora


Es moneda común afirmar que el siglo XXI empezó, remolón, el 11 de septiembre del 2001. Y que buena parte de lo que vino en los quince años posteriores se originó en la masacre de las Torres Gemelas. En esa lógica, la primera década fue muy corta. Finalizó también abruptamente el 15 de septiembre del 2008. Tras los ataques de Nueva York, el Gobierno estadounidense priorizó la recuperación de la economía frente al control de la deuda y el gasto público, tiró los tipos de interés por los suelos y acabó provocando una burbuja de crédito de la que en algunas latitudes aún no nos hemos recuperado. Desde el pinchazo de esa burbuja, que podríamos fijar en ese 15 de septiembre de hace ocho años con la caída de Lehman Brothers, hemos visto cosas que jamás habríamos creído. Y hoy por fin vemos naves atacadas en llamas más allá de Orión: un presidente en la Casa Blanca que presume abiertamente de machismo, racismo y rechazo al avance social y económico que ha experimentado el mundo en la era digital.

Este siglo, que empezó remolón, ha consumido ya dos décadas y hoy empieza la tercera. No hay excesivas razones para el optimismo, pero intentemos sacar alguna lección de lo ocurrido:

1) No es la crisis económica.

Lo que ha pasado en estas elecciones estadounidenses es exactamente lo mismo que pasó hace cuatro meses con el Brexit. Y está provocado por el mismo sentimiento latente en buena parte de la Europa continental (Francia, Alemania, la mayoría de países nórdicos y, por qué no, Cataluña): una decepción, ya deberíamos hablar de odio, con el establishment, las grandes corporaciones y, en general, el sistema político y económico que para bien y para mal nos ha llevado hasta donde estamos. Un sentimiento que supera a cualquier otro (más del 30% de los latinos han votado a un señor que afirma públicamente que les odia). Y que prende igual en economías maltrechas, como Grecia, que en países con altas tasas de crecimiento y casi pleno empleo, como se ha demostrado en Reino Unido y ahora en América. Un discurso político que, ya se puede proclamar, ha triunfado a base de denunciar que el sistema nos está estafando y hay que acabar con la globalización económica.

 2) Esto no se arregla dejando pasar el tiempo

Se trata además de un sentimiento trasversal, ajeno a clichés ideológicos convencionales. Nate Cohn, analista de datos de The New York Times, lo explica de la siguiente manera: los votantes blancos menos educados han decidido votar en bloque como una minoría. Puesto que representan el 40% del electorado, ha sido suficiente.

Es cierto que nunca en décadas hubo tanta desigualdad como ahora. Que la diferencia entre el salario de un obrero y el de un ejecutivo de Wall Street se ha multiplicado por diez en los últimos cuarenta años. Pero hay un factor multiplicador: nunca en la historia hubo tan poca tolerancia a esa desigualdad. La globalización, esa que con ahínco (y éxito electoral) combate Trump, es sobre todo la globalización de la información, de la comunicación y del debate. En tiempo real y en la palma de la mano.

De modo que esto no se arregla dejando pasar el tiempo. El método mariano, asumido ahora por el aparato del PSOE, es un milagro en España. Juega con la ventaja de que aquí el populismo antisistema tiene ideas propias, y no se ha dado cuenta que ponerse del lado de «la gente» e ir de enrollado con la inmigración es salir a jugar el partido con una mano atada a la espalda. Pero en todo caso, esto no se arreglará dejando pasar el tiempo sin acudir a la raíz del problema: las desigualdades sociales y sobre todo el descenso del umbral de dolor de las clases populares con respecto a esas desigualdades.

 3) A partir de ahora hay que ponerse en lo peor

Las encuestas ya son pieza de museo. Ya que hemos entrado de golpe en la tercera década, repensemos si es posible los modelos matemáticos y, en caso contrario, pinchemos de una vez la burbuja de que todo lo vamos a resolver con el big data. Nunca más nadie va a confesar un voto como el de ayer a Trump. Un voto que estigmatiza a quien lo defiende como un retrógrado racista analfabeto.

El análisis de cara a lo que viene ha de ser crudo y no se deben poner paños calientes. En este caso, como ocurrió con el Brexit, no cabe la disculpa de que los jóvenes urbanitas londinenses se fueron de puente. Y por si quedaban dudas, la consolidación de esa corriente ideológica antisistema se produce justo en el corazón del sistema. En la América de las grandes corporaciones, de Google, Facebook, Apple y Nike.

4) Y ahora qué.

Aquí está el lobo. No ha sido por falta de aviso, aunque ni los más agoreros han acertado. Donald Trump tendrá de cara la Cámara de Representantes, el Senado y además va a poder nombrar a varios jueces del Tribunal Supremo. En un escenario tradicional, sería uno de los presidentes más poderosos de la historia, aunque siendo quien es encontrará dura oposición en su propio partido. Pero tiene una ventaja: en contra de lo que suele ser habitual, no le debe nada a nadie. No llega a la docena la lista de personas que le apoyaron desde el inicio y se mantuvieron fieles a él hasta el final.

El establishment intentará sobrevivir, y sin duda lo hará. Ya lo estamos viendo en el caso del Brexit, primero depurando a los pirómanos, y ahora poniendo todas las trabas jurídicas a la ejecución del mandato de las urnas. La obra de Trump y los brexiters sin duda tendrá graves consecuencias a corto plazo. Y serán justo las clases trabajadoras, los obreros y jubilados blancos que les han votado, quienes más sufrirán las consecuencias de este volantazo frente a la historia y el progreso.

Con todo, este siglo XXI no puede ir a peor. Hay un mundo que no acaba de morir, y otro que no acaba de nacer. Pero los cambios tecnológicos, culturales y sociales, las nuevas formas de vivir, de trabajar, de comunicarnos, de mezclarnos, se acabarán imponiendo. Aunque va a costar más de lo que parecía.

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