Histórico triunfo de Donald Trump, el magnate antisistema que apeló a los instintos básicos

El nuevo presidente, que no paga impuestos desde hace tres lustros, insultó a mujeres, negros, rivales y compañeros de partido en la campaña, pero contra pronóstico ha ganado las elecciones. Y ha provocado un terremoto internacional


Durante mucho tiempo estas fueron las preguntas: ¿Puede tener opciones de ganar elecciones en una de las sociedades más modernas del mundo un aspirante capaz de insultar y menospreciar a las mujeres, a las minorías étnicas, fundamentalmente a los negros y a los latinos, a los socios comerciales tradicionales del país y a todos sus vecinos, además de tener enfrente a casi toda la opinión publicada? ¿Es posible que llegara a la Casa Blanca un candidato desahuciado por su propio partido, con el que se enfrentó abiertamente en campaña? ¿Debía ser tomado como un contendiente serio alguien que niega los efectos del cambio climático o la utilidad de las vacunas? La respuesta es sí cuando el sujeto en cuestión es Donald John Trump (Nueva York, 1946).

El millonario se ha reinventado varias veces a lo largo de su vida en un ejercicio de pragmatismo que muchos no dudan en tildar de oportunismo. Hijo de una familia con posibles, creció en el barrio neoyorquino de Queens, donde su padre se dedicaba a construir pisos de alquiler para las clases medias. Era el cuarto de cinco hermanos, nieto de una emigrante escocesa por vía materna y de dos abuelos alemanes por la paterna. A los 13 años ya mostraba un carácter peculiar. Tanto que fue expulsado de la escuela. Su padre decidió enviarlo a una academia militar para canalizar su exceso de energía y la apuesta le salió bien. El joven Donald se hizo un atleta de prestigio y se graduó antes de completar su formación universitaria en Pensilvania.

Pronto empezó en la empresa de su padre. Se hizo con las riendas de la misma en apenas tres años y su primera decisión fue renombrarla. De Elizabeth Trump & Sons pasó a ser Trump Organization. Y llegó la expansión por todo el país. Pronto cayó atrapado en el sector del juego y la promoción. Pretendió remedar en Nueva Jersey el modelo de Las Vegas con una Trump City que lo llevó a la ruina y a la bancarrota a mediados de los 90. Desde entonces, acogiéndose a las pérdidas económicas de su fracaso, no paga impuestos, algo que en la sociedad americana está especialmente mal visto, pero que tampoco frenó sus aspiraciones.

En ese tiempo, Donald se casó tres veces, tuvo cinco hijos y se reinventó como empresario. Volvió al sector inmobiliario, apostó por la hotelería y dio el salto a la televisión con el programa The Aprentice, en el que el premio era dirigir una de sus empresas.

De sus aspiraciones políticas apenas se sabía. Hay constancia de que apoyó por igual con sus donaciones económicas a demócratas y republicanos. Que amagó en plena crisis de su imperio empresarial con presentarse a candidato en 1996 o a senador por el estado de Nueva York en varias ocasiones diferentes. Y en el 2000 llegó a ganar las primarias de California del Partido Republicano, que finalmente eligió a Ross Perot como aspirante.

En el 2012, algunas encuestas consideraban que Donald Trump era mejor candidato que Mitt Romney. Esta vez, logró sorprender a las élites dirigentes de su partido y consiguió  hacerse con la designación. ¿Su secreto? Apelar a los instintos más básicos de la clase media estadounidense y atacar los cimientos de su sistema con un simple «hacer América grande de nuevo» y un puñado de promesas de difícil cumplimiento. Antes de la cita con las urnas se dudaba sobre si eso bastaba para ganar. Todas quedaron despejadas. Será el próximo inquilino de la Casa Blanca. Su histórico triunfo, contra pronóstico, ha provocado un terremoto en los mercados. Y abre un escenario de incertidumbre en la política internacional. 

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