Los refugiados ya no ven a Alemania como la tierra prometida

Las agresiones xenófobas, la burocracia y la falta de perspectivas hace que cada vez más opten por marcharse


Berlín / E. La Voz

«Aquí no hay disparos ni misiles, pero prefiero vivir en una guerra que ser recibido de esta manera», dice un refugiado iraquí. Una opinión que comparten muchos de los que llegaron a Alemania buscando un futuro mejor. Por ejemplo, la familia de liberianos que tuvo que ser trasladada al hospital, después de que dos hombres borrachos les dieran una paliza en su propia casa. O los tres niños sirios, de cinco, ocho y once años, que lograron escapar de milagro a un grupo de ultraderechistas, que les amenazaron con un cuchillo cuando se bajaban del autobús en una parada próxima al albergue donde residen.

Episodios que se repiten a diario en un país que hoy se debate entre la solidaridad y el rechazo, tras recibir en el 2015 a unos 890.000 demandantes de asilo. En lo que va de año la locomotora europea ha registrado 4.286 ataques con trasfondo xenófobo. Entre ellos, 735 incendios provocados contra centros de acogida. «El racismo y la extrema derecha latentes» en la sociedad alemana «se han hecho más visibles», explica Enrico Schwarz, director de una oenegé. Especialmente en el este del país, más pobre, rural y despoblado que el oeste, donde pequeñas localidades como Heidenau o Freital se han convertido en símbolo mundial de la xenofobia.

La violencia obliga cada vez a más refugiados a abandonar la tierra prometida. «Estoy tan nervioso que ahora tengo problemas de estómago», asegura Mohammed Alkhodari, un técnico dental sirio que se niega a salir de casa a partir de las seis de la tarde, desde que delante suyo se detuvo un coche del que salió una muchedumbre dispuesta a atacarle. A ello se suma la soledad y la frustración por la falta de perspectivas y la farragosa burocracia. «Son personas desesperadas, que no han podido cumplir su sueño», afirma Alaa Hadrous, un joven libanés con pasaporte alemán que tiene un establecimiento en el barrio berlinés de Moabit, cerca de la Oficina de Salud y Asuntos Sociales (LaGeSo). A él recurren cada día cientos de inmigrantes desilusionados, a los que los traficantes les prometieron una casa, un seguro médico y 1.000 euros. 

Facilidades para irse

Por eso, la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y el Gobierno alemán crearon un programa destinado a todos aquellos que quieren marcharse. El Estado les subvenciona el billete de vuelta, además de proporcionarles una ayuda financiera para empezar. Según la Oficina para el Refugiado (BAMF), más de 37.000 personas se beneficiaron de esta iniciativa el año pasado, casi tres veces más que en el 2014. Si bien muchos son migrantes económicos procedentes de Europa del Este a los que les ha sido denegado el asilo, en los últimos meses han aumentado las solicitudes de sirios, iraquíes y afganos.

Sin embargo, las autoridades no costean ningún viaje a Siria debido a la guerra. Solo a los países vecinos, y siempre que el refugiado disponga de un permiso de residencia para quedarse allí al menos un año. Es el caso de Maarouf, Bashar y Bassel Msheilem, tres hermanos sirios que viven en Berlín, mientras esperan desde hace nueve meses a que les concedan el asilo. Desesperados, decidieron gastarse hasta el último céntimo que tenían en billetes de avión con destino a Sudán. Pero la BAMF no les ha devuelto sus pasaportes y entretanto los pasajes han caducado.

Ahora su única esperanza para reunirse con sus familias es que el LaGeSo y la OIM acepten su solicitud en el programa y asuman los costes de su viaje. Porque, tal como advirtió el ministro alemán de Cooperación Económica, Gerd Müller, «Europa no es el paraíso, sino quizás la muerte».

Y si no que se lo digan a los tres sirios que el pasado domingo se jugaron el pellejo para entregar a las autoridades a Jaber Albakr, un compatriota que preparaba un atentado en un aeropuerto de la capital alemana y que terminó suicidándose en prisión.

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