Alemania descubre con horror que ya tiene al Estado Islámico en casa

El EI difunde un vídeo en el que el agresor del tren se declara soldado del califato


berlín / e. la voz

«Y ahora reza por mí, para que pueda vengarme de estos infieles y vaya al cielo». Es el mensaje de despedida que presuntamente dejó a su padre el refugiado afgano de 17 años que el lunes por la noche atacó con un hacha y un cuchillo a unos 30 pasajeros de un tren regional en la ciudad bávara de Wurzburgo, en el sur de Alemania. Lo explicaron ayer los portavoces de la policía y la Fiscalía, que confirmaron el trasfondo político de la agresión, que dejó a cinco personas gravemente heridas antes de caer abatido por la policía. Después de sufrir algunos episodios violentos que amenazaban con convertirse en atentados terroristas y que finalmente no fueron más que meros sucesos iniciados por perturbados, la profecía se cumplió en un país atemorizado tras masacres como las de París, Bruselas y Niza. Ahora Alemania ya sabe que tiene al Estado Islámico en casa.

El joven subió al tren, que cubría el trayecto entre Trechtlingen y Wurzburgo, «con la decisión de matar a pasajeros totalmente desconocidos» para vengarse por lo que los infieles «hicieron a sus hermanos, hermanas e hijos musulmanes», posiblemente en relación con la muerte de un amigo suyo en Afganistán el pasado sábado, declaró el fiscal superior de Bamberg, Erik Ohlenschlager. Según el testimonio de varios testigos, el agresor se abalanzó sobre ellos al grito de «Allahu akbar» («Alá es grande»), una frase que quedó grabada en el teléfono celular de una de las pasajeras, que avisó a la policía. Sin embargo, lo que aún está por esclarecer es si se trataba de un lobo solitario o si pertenecía a las filas del Estado Islámico.

La milicia terrorista no tardó en atribuirse el atentado a través de la agencia de noticias afín Amaq, que además difundió un vídeo (auténtico, según las autoridades) en el que el agresor, identificado como Mohamed Riad, se autodefine como «uno de los soldados del califato», al tiempo que sostiene un cuchillo y amenaza con degollar a infieles.

«La investigación no ha arrojado hasta ahora ninguna evidencia que pueda indicar que el joven era parte de una red islamista», explicó no obstante el titular de Interior de Baviera, Joachim Herrmann, quien insistió en que lo más probable es que se radicalizara recientemente, a la luz de un mensaje «algo críptico» que colgó el sábado en las redes sociales. El refugiado llegó a Alemania hace dos años, aunque no se registró como menor no acompañado hasta junio del 2015. Tras pasar una temporada en un albergue de Ochsenfurt, en Baviera, fue trasladado hace dos semanas a una familia de acogida. En su habitación las autoridades hallaron una bandera del Estado Islámico, así como un dibujo con el símbolo de la milicia pintado a mano y la carta de despedida.

Desde el entorno del menor no se explican lo ocurrido, pues los que le conocían le describen «como alguien tranquilo y equilibrado que iba a la mezquita para las fiestas importantes, pero que no necesariamente estaba allí cada semana», dijo Hermann. «No era el tipo de chico que uno se imagina que va a hacer algo así», parecía lejos de cualquier clase de fanatismo, contó una de las voluntarias del centro de asilo donde se alojó el agresor. Sin duda, este episodio abre el debate sobre la necesidad de mejorar la atención a los refugiados menores de edad que llegan a Alemania solos, cerca de 15.000 en el 2015, y que generalmente sufren un trastorno de estrés postraumático, por lo que son más susceptibles de radicalizarse.

Pero, sobre todo, el caso ha generado polémica, después de que la diputada de Los Verdes Renate Künast cuestionara la actuación judicial, al preguntar en su cuenta de Twitter por qué los agentes no redujeron al agresor sin matarlo. Con ello desencadenó una avalancha de críticas, que van desde el presidente del sindicato alemán de la policía, que la tachó de «sabelotodo», hasta políticos de todas las vertientes e incluso de sus propias filas. El peor dardo llegaba de los ultraderechistas de Alternativa para Alemania (AfD), que acusaron a la exministra ecologista de preocuparse por el atacante en lugar de por las víctimas.

Impulso para la extrema derecha y varapalo a Merkel

Paradójicamente, la fuerza que más va a beneficiarse de este atentado es la formación xenófoba, que se consolida ya como la tercera formación con cerca del 10 % de intención de voto y amenaza con colarse en el Parlamento federal en las elecciones generales del 2017. AfD ha capitalizado mejor que nadie el miedo entre la población alemana a la islamización del país y a un aumento de la criminalidad, pese a que según datos oficiales la cifra de delitos no es ni mucho menos la más alta de la historia de Alemania ni ha repuntado a medida que llegaban los demandantes de asilo. Con todo, las agresiones sexuales a mujeres cometidas supuestamente por refugiados la pasada Nochevieja en Colonia dio alas al partido antiinmigración en un país que solo en el 2015 acogió a 1,1 millones de refugiados.

En solo unos meses, los alemanes pasaron de recibirlos con los brazos abiertos a ser cada vez más escépticos con la política de asilo de Angela Merkel. La Oficina de Investigación Criminal registró hasta 924 ataques contra centros de acogida en el 2015, frente a los 199 del año anterior. Pese a no alcanzar la dimensión de Niza, no cabe duda de que el atentado del tren pondrá en apuros a la canciller, que no deja de cosechar críticas desde que abrió la frontera el pasado septiembre. Merkel teme especialmente la reacción de su socio Horst Seehofer, líder de la Unión Cristianosocial (CSU) de Baviera, la región que más inmigrantes ha acogido y el escenario de esta agresión.

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