Alemania toma el mando tras el «brexit»

Merkel rechaza cambiar los tratados y avisa a Londres que no tendrá mercado único a la carta


Bruselas / corresponsal

Cinco días. Es lo que ha tardado la canciller alemana, Angela Merkel, en asir el timón de la Unión Europea tras el terremoto del brexit. Con el primer ministro británico, David Cameron, fuera de juego y con la sacudida del referendo todavía en el cuerpo, los 27 líderes europeos se reunieron ayer en Bruselas para dar el pistoletazo de salida a una larga y profunda reflexión sobre el futuro de una Unión visiblemente renqueante y permeable al populismo. 

La cita informal arrancó en el Consejo Europeo con la silla británica vacía por primera vez desde el 1973. El Reino Unido ya no es bienvenido. «No habrá acceso al mercado interior sin respetar las cuatro libertades fundamentales [de la UE]», le recordó Merkel al Gobierno de David Cameron. El presidente francés, François Hollande, quiso mostrarse todavía más duro y le mandó otro recado al vecino del otro lado del canal de la Mancha: No habrá acceso al mercado interior de la UE sin pasar por caja. «Si quieren acceder al mercado único hace falta que acepte todas las reglas y obligaciones, especialmente la de contribuir financieramente a su funcionamiento», aseguró el galo.

Las pistas de Hollande apuntan en la misma dirección: Noruega, un país que se ha sometido a la legislación europea y contribuye a sus presupuestos a cambio de acceder al mercado interior. Eso sí, sin posibilidad de participar en cumbres ni negociaciones.

Los Veintisiete también instaron a Londres a activar el botón de salida «tan rápido como sea posible». Hasta entonces, «no habrá negociación de ningún tipo». Una vez que el artículo 50 de los Tratados se invoque, podrán arrancar las conversaciones. ¿Quién será el interlocutor de los Veintisiete? Aquí se impuso ayer la visión germana y la de los países del Este. Será el Consejo quien lleve la batuta, y no la Comisión Europea. Fin de la contienda. El método comunitario queda enterrado.

Una vez despachado el Reino Unido, Berlín no dudó en dar un paso al frente y marcar a sus socios la hoja de ruta para la futura Unión Europea a 27. Merkel no quiere mayores avances en la integración. El proyecto europeo tendrá que amoldarse al actual marco legal. «No necesitamos cambios en los Tratados. Los que tenemos son una muy buena base para una UE más simple y con menos burocracia», aseguró cerrando las puertas a las esperanzas de los países del sur de conseguir una mayor convergencia. Aquí es donde el «sueño europeo» empieza a resquebrajarse. Hollande manifestó su visión contrapuesta de los que debe ser la Unión y la zona euro. «Debemos tener una gobernanza bajo control de un parlamento para la eurozona. Pero para eso hace falta más armonización social y digamos la verdad, es difícil», admitió con resignación.

Rebelión del sur

Los países del sur se amotinaron y advirtieron a Merkel de que la UE volverá a fracasar si sigue apretando la soga y no permite que se avance en una mayor cohesión interna que logre disipar la desafección ciudadana, caldo de cultivo para el euroescepticismo. «El problema es la falta de democracia y el déficit social en Europa. Necesitamos comprender esto. Con una desigualdad tan alta es imposible continuar», se quejó el primer ministro griego, Alexis Tsipras. «Hay que superar la sensación de inmovilismo que tienen los ciudadanos», apremió el líder belga, Charles Michel. «Necesitamos una UE más unida frente a un Reino Unido cada vez menos unido», recordó su homólogo luxemburgués, Xavier Bettel.

No parece que a Alemania le preocupe. Está dispuesta a imponer sus soluciones a cualquier precio. El diario alemán Handelsblatt reveló ayer el plan del Gobierno germano para terminar con la estrecha flexibilidad que Bruselas está ofreciendo a los socios meridionales y exigir el cumplimiento a rajatabla los acuerdos en materia económica. 

El debate no ha hecho más que empezar y las chispas saltan por doquier, pero la verdadera batalla se librará el 16 de septiembre en Bratislava, donde los 27 se volverán a ver las caras. Cada país llevará su propia receta. Aunque ya se sabe cuál se suele prescribir. 

 

La Comisión y su presidente Juncker se quedan sin poder

El Gobierno británico aún no ha solicitado el divorcio, pero la UE ya piensa con ansia en el día después. En cuanto Londres active el proceso de separación podrá empezar a negociar los términos de su futura relación con el club europeo. ¿Quién representará los intereses de los 27? La Comisión Europea asumió ayer su derrota. Cederá el testigo al Consejo Europeo.

¿Qué es el Consejo?

Es el cónclave de jefes de Estado y de Gobierno de los 28 socios. O 27 si damos por sentada la salida definitiva del Reino Unido. Su labor se ciñe a marcar las prioridades políticas de la UE. Puede dar órdenes a la Comisión Europea para que legisle o presente propuestas sobre cualquier tema de interés. El Consejo, ahora presidido por el polaco conservador Donald Tusk, no puede negociar ni legislar en nombre de la UE.

¿Qué es la Comisión? 

Es el órgano ejecutivo y legislativo. Funciona como un Gobierno europeo. Su líder es el conservador luxemburgués, Jean Claude Juncker. Sus ministros son «comisarios» y hay uno por cada país miembro de la UE. Cada comisario se encarga de una cartera. En sus manos está la tarea de elaborar propuestas normativas, velar por el cumplimiento de los Tratados, proponer sanciones por su incumplimiento y negociar en nombre de la UE acuerdos comerciales como el que quiere sellar Londres una vez que ponga los dos pies fuera.

¿Por qué se han intercambiado los roles tras el «brexit»?

Existe  un enorme rechazo en algunas capitales hacia el papel de la Comisión, a la que acusan de interferir demasiado en sus asuntos. Países como Polonia o Hungría quieren recuperar soberanía y enterrar el método comunitario. Necesitan arrebatar poder a Bruselas para que no interfiera en sus asuntos domésticos. Otros quieren aprovechar la pérdida de poder del Ejecutivo para aplacar las presiones populistas y euroescépticas en sus países. Con una UE fragmentada y la tensión por las elecciones en Alemania y Francia en el 2017, los líderes europeos han desplazado al equipo de Juncker para encargarse de las negociaciones directamente. El viernes el Consejo nombró de inmediato a su jefe negociador, el belga Didier Seeuws. 

¿Cómo queda Juncker?

Desautorizado. Y no es la primera vez. El Consejo ignora su sistema de cuotas de refugiados y también le apartó del acuerdo sobre el tercer rescate griego. Tampoco salió bien su negociación previa al brexit. Su propuesta no atrajo el interés de los británicos. Juncker digiere como puede la derrota y asegura que no dimitirá. «La Comisión y el Parlamento Europeo tendrán un papel central en las negociaciones», trató ayer de autoconvencerse. Tusk le echó ayer un capote frente a quienes piden su cabeza: «Juncker es el último al que debiéramos declarar culpable por el fallido referendo». 

Bruselas, cabeza de turco

Existe una razón que explica desgaste que está sufriendo Juncker. Cuando una crisis se resuelve raramente bien, el tanto se lo anotan los líderes europeos. Cuando las cosas van mal y los Gobiernos nacionales tienen que tomar decisiones polémicas, el dedo apunta invariablemente a Bruselas, a pesar de que las decisiones de calado se acuerdan entre los 28 líderes de la UE. «Ya dijo Juncker que los líderes sabemos muy bien qué es lo que tenemos que hacer, pero no sabemos cómo ser reelegidos después de hacerlo. Tenemos que decidir y explicar a la gente cuáles son las dificultades y los retos», admitía ayer el primer ministro estonio, Taavi Roivas. Con el fracaso del brexit también ha existido la tentación de colgarle el muerto a la Comisión. «Juncker ofreció lo máximo, incluso más allá de lo que podrían ofrecer los Estados miembro», reconoció Tusk. 

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