EE. UU., Cuba y la crisis venezolana

Ni la visita de Zapatero ni la de Albert Rivera han servido para cambiar el rumbo de la crisis de Venezuela. Si alguna mediación exterior puede tener visos de resultar efectiva es la de La Habana


La Voz

Ni la visita de Zapatero ni la de Albert Rivera han servido para cambiar el rumbo de la crisis de Venezuela. Si alguna mediación exterior puede tener visos de resultar efectiva es la de La Habana y, a través de ella, la de Estados Unidos. A ambos países les une el interés en que Venezuela no se consolide como el estado fallido en que está a punto de convertirse, si no lo es ya.

La de Zapatero, aún dando por supuesto que la hizo con las mejores intenciones de contribuir a la resolución del problema, de momento, no ha ido más allá que de servir de balón de oxígeno para un Maduro desahuciado como gobernante y como político.

La de Rivera pudo haber servido de respaldo moral a la oposición pero ha tenido más incidencia en la campaña electoral española que en la cruda realidad cotidiana de los venezolanos.

Maduro y su séquito siguen sin dar el más leve síntoma de estar dispuestos a hacer posible que se ponga en práctica la propia constitución bolivariana y se formalice su salida anticipada de la presidencia, celebrando el referendo revocatorio antes de que concluya el año. Para la oposición ese es un paso previo a cualquier tipo de diálogo. La única alternativa que le dejan es la presión en la calle, con todos los riesgos que entraña.

De las filas chavistas tampoco sale mensaje alguno mínimamente solvente que no sea respaldar la actitud cerril de Maduro. Hasta ahora los que han abierto la boca en favor del revocatorio son tipos que pareciera que más bien tratan de posicionarse de cara a los nuevos tiempos, pero que poco o nada pueden influir en las decisiones de quién tiene la última palabra.

Los militares se enfrentan al dilema de defender la Constitución (con mayúsculas) o la versión adulterada e interesada de la misma, que es la única que parece que conocen algunos de sus mandos que se dejaron seducir por las prebendas del Madurismo.

La Organización de Estados Americanos (OEA) que ya habló sin tapujos por boca de su secretario general, es posible que como institución lo haga a instancias de este en cuestión de días y e incluso que acuerde aplicarle la famosa Carta Democrática. Aunque lo haga, lloverá sobre mojado.

La pitonisa de Maduro

¿A quién podría escuchar Nicolás Maduro? A su pitonisa habanera. ¿De qué bando juegan los hermanos Castro? Obviamente del que en cada momento sea más favorable para sus intereses.

Es evidente que a Cuba le ha ido muy bien, primero con Chávez y luego con su ungido. Cuando llegó Maduro a la presidencia en el año 2013, Venezuela concentraba el 35 % del comercio exterior cubano. Le compraba a Cuba servicios profesionales ?médicos, enfermeras, maestros, entrenadores deportivos- por valor de 4.700 millones de euros anuales. Caracas pagaba estos servicios con 107.000 barriles de petróleo diarios a precios preferenciales (de amigo). Además refina crudo venezolano en Cienfuegos que Cuba exporta al mercado mundial. Por otra parte, la inversión directa venezolana en Cuba rondaba los 1.500 millones de euros anuales, al menos en vida de Chávez.

Estos flujos económicos son insostenibles en la actual situación de Venezuela, gobierne quien gobierne.. De hecho el número de barriles de petróleo enviados a Cuba ya bajó a 80.000 del año 2012 al 2013.

Por otra parte, la praxis económica de los gobiernos de la Habana y Caracas avanza en rumbos diametralmente opuestos. Mientras Maduro tira de decretos de emergencia económica que le permiten expropiar empresas que no pueden funcionar por falta de materias primas, que no pueden importar por falta de dólares, el Partido Comunista Cubano debate proyectos aprobados el congreso celebrado el mes pasado en los que se plantea dotar de personalidad jurídica a las empresas privadas, tanto cubanas como extranjeras.

A mayor abundamiento, la normalización de relaciones entre Cuba y los Estados Unidos se consolida día a día. En las negociaciones bilaterales para hacerlas realidad, uno de los temas tratados, según reconoció el propio secretario de Estado Jhon Kerry, fue la situación de Venezuela.

Interés mutuo

Los intereses de ambos países van más allá de los ciudadanos venezolanos. Ni a Obama ni a los Castro les interesa que la República Bolivariana se convierta en un estado fallido, que es el término que usan los diplomáticos para describir los países que caen en un caos económico y político total.

Si eso ocurriese, para los cubanos se acabaría el petróleo casi regalado de que disfrutan actualmente y que les permitió superar el periodo especial vivido tras la caida de la URSS y para los norteamericanos Venezuela se consolidaría como paraíso de narcos y refugio de terroristas, especialmente de colombianos descolgados del proceso de paz, lo que supondría una amenaza para la estabilidad democrática, no solo de Colombia, también de Brasil y otros países de América del Sur.

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