Trump, el villano

Como les pasaba a los malos de James Bond, el magnate estadounidense es un millonario que quiere controlar el mundo, aunque no se sepa muy bien para qué


Los creadores de Batman y Superman, los superhéroes de la edad dorada del cómic norteamericano, no acertaron en la parte del Bien: no hay empresarios que se vistan de murciélagos para salvar el mundo a deshoras. Tampoco hay periodistas que se metan en una cabina de teléfonos y salgan en ropa interior de colores convertidos en superhombres. De hecho, aún no hemos llegado al futuro y las cabinas de teléfonos casi han desaparecido y la profesión periodística me temo que esté siguiendo el mismo camino -la verdadera proeza de Superman en nuestros días sería conservar su trabajo-.

Pero si bien los dibujantes del cómic no acertaron con el Bien, su idea del Mal ha resultado ser una buena aproximación, porque los malvados de las historietas -lo que incurriendo en un anglicismo se llama ahora villanos- se parecen bastante a los de hoy. Putin, un antiguo espía que -presuntamente- hace envenenar a sus enemigos con polonio, es un personaje de cómic; como lo era Bin Laden, un millonario que vivía en una cueva desde donde daba órdenes a un ejército de asesinos.

Donald Trump, el hombre que prácticamente se ha hecho con la nominación republicana en la carrera electoral a la Casa Blanca, está en esta categoría del villano de cómic o del cine, con su rasgo físico deformante -en su caso, el peinado-, su flota de aviones y helicópteros rotulados con su nombre, su poder mediático, sus mansiones extravagantes -el apartamento que tiene en Nueva York está decorado en el estilo del palacio de Versalles-. Como les pasaba a los malos de James Bond, Trump es un millonario que quiere controlar el mundo, aunque nunca se sepa muy bien para qué -siempre lo pensaba, cuando veía de niño las películas de 007: si uno puede pagarse una isla y un ejército privado propios, ¿qué necesidad tiene de ponerse a conquistar el mundo? Es meterse en gastos para nada-.

Trump no solo tiene esa imagen de malo de película de sesión doble, sino que aparentemente la cultiva. Precisamente, durante un tiempo navegó en el yate de uno de los villanos de James Bond, el Flying Saucer, que en No digas nunca jamás (1983) servía de cuartel general al siniestro Maximillian Largo. El yate, con baños de oro macizo, discoteca y helipuerto, era en realidad el Nabila del traficante de armas Adnan Khashoggi, otro malvado de cómic. Él se lo vendió a Trump cuando se arruinó, el cual se lo vendió a su vez al príncipe saudí al-Waleed bin Talal, otro por el estilo. Lo dicho.

Sí, Trump es decididamente un personaje de cómic, y de hecho hay un personaje de Marvel que se llama Trump, un criminal que engaña a sus víctimas valiéndose de trucos de magia e ilusiones ópticas. Pero Donald Trump más bien recuerda a Lex Luthor, el antagonista de Superman y más tarde de Batman, un millonario como Trump, solo que con mucho peor pelo. Y hay que decir que Lex Luthor llega a ser presidente de Estados Unidos en el 2018, donde su gestión puede resumirse en una serie continua de onomatopeyas: «Wham! Booom! Crash! Zam! Ouch!», que es seguramente cómo sonaría una presidencia de Donald Trump.

¿Ocurrirá? Los expertos no lo creen probable. El consenso es que acabará ganando Hillary Clinton. Halcón militarista, poco fiable y demasiado vinculada a Wall Street, ella también dispone de un superpoder, que justamente es el de ser un poco más aceptable que Trump. Y es que en la realidad, a diferencia de lo que sucede en el mundo de los cómics, el mal que hay que temer más no es el mal absoluto, sino el mal menor, porque es el que se acaba imponiendo más fácilmente.

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