Dilma Rousseff paga los platos rotos de Brasil

Temer anuncia un Gobierno para sacar al país de la recesión


BUENOS AIRES / COLPISA

A pesar de su honorabilidad, reconocida hasta por sus detractores, Dilma Rousseff deberá pagar con su suspensión el precio de los escándalos de corrupción que estallaron en su segundo mandato y que le restaron el apoyo necesario para lidiar con una recesión que la obligó a adoptar medidas cada vez más impopulares. Con más votos de lo previsto, el Senado la suspendió ayer durante 180 días y la someterá a un juicio político por maquillar el presupuesto del 2015, según ella, un pretexto para alejarla del Gobierno y allanar el camino al vicepresidente, Michel Temer, un exsocio político que plantea un cambio de rumbo económico, empezando por un ajuste fiscal.

El delito que se le achaca a Dilma es el de insistir en un programa de desarrollo con inclusión social en un momento en el que las cuentas no cuadran. El senador Romero Jucá, escogido por Temer para su Gabinete, comparó al Gobierno con el Titanic. «Si supiéramos que el capitán acelera en dirección al iceberg, lo sacaríamos del puente», justificó. Tras una sesión de 20 horas, 55 senadores votaron por abrir el juicio contra Dilma, 22 lo rechazaron y hubo solo una abstención entre los 78, de 80, senadores presentes. El resultado podría ser un anticipo de la destitución definitiva, que exigirá dos tercios de respaldos, es decir, 54. Los senadores partidarios del impeachment defendieron la constitucionalidad del proceso, aunque advirtieron que «no representa el fin de los problemas, sino el comienzo de la resolución».

Despedida de Planalto

Rodeada por sus ministros y colaboradores, Dilma denunció ante los periodistas ayer «un verdadero golpe de Estado» y prometió «resistir por todos los medios legales de que disponga». «Lo que está en juego no es solo mi mandato, es el respeto por las urnas», subrayó en su discurso, y advirtió que al apartarla de su cargo se busca «impedir el programa elegido por la mayoría».

Rousseff habló desde el palacio del Planalto, antes de recibir la notificación de su suspensión, y salió por un lateral de la sede presidencial para dirigirse a una multitud que la esperaba. Allí repitió su discurso, acompañada ahora por Luiz Inácio Lula da Silva, que no pudo evitar las lágrimas. «El mayor riesgo es que el país sea gobernado sin los votos», dijo aludiendo a Temer.

Rousseff recordó que desde su reelección su Gobierno «fue blanco de un incesante sabotaje». Subrayó que no cometió ningún delito, no recibió sobornos ni tiene cuentas en el exterior: «Pude haber cometido errores, pero no delitos». Y afirmó que está siendo juzgada «por actos de gobierno idénticos a los que hicieron presidentes que me precedieron». Sostuvo que el proceso en su contra «es frágil, inconsistente e injusto». Entera en todo momento, Dilma evocó los grandes desafíos que le tocó afrontar: «El dolor indescriptible de la tortura, el de la enfermedad y ahora, el de la injusticia. Algunos me parecieron insoportables pero logré vencerlos».

Temer asume

El vicepresidente de Brasil, Michel Temer, asumió ayer como presidente interino y designó a 21 de los 23 ministros que compondrán su Gabinete, más reducido que el de Dilma, que contaba con 32 carteras. Algunas se fusionan, otras desaparecen. No hay mujeres en el elenco. Tampoco negros. Entre los principales nombramientos, el ortodoxo Henrique Meirelles asumirá como ministro de Hacienda en una de las peores recesiones en décadas del país. Con ocho años al frente del Banco Central de Brasil durante la presidencia de Lula (2003-2010) y amplia experiencia financiera, goza del respetado de los mercados y tiene cintura política. Los empresarios esperan que el Gobierno interino privatice empresas públicas, que haga una profunda reforma en el sistema y que cambie las reglas hacia una mayor apertura para la exploración del Pre-Sal, el vasto yacimiento de hidrocarburos del Atlántico.

Otro de los notables del Gabinete de Temer será el canciller, José Serra, del opositor PSDB, dos veces candidato a la presidencia de Brasil.

Las demás carteras fueron repartidas entre partidos opositores a Rousseff y exaliados que rompieron con el PT cuando el avance del impeachment se adivinaba imparable.

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