La unidad política belga salta por los aires siete días después de los ataques

Gobierno y oposición se culpan de la cadena de errores y negligencias


Bruselas / corresponsal

Una semana es el tiempo que ha tardado en saltar por los aires el consenso y la unión política en Bélgica tras los atentados Bruselas. Ni velas, ni flores ni el recuerdo todavía fresco de las víctimas han podido evitar que los partidos del Gobierno y de la oposición hayan sacado las zarpas para acusarse mutuamente de las innumerables negligencias que permitieron a los yihadistas atacar con impunidad el aeropuerto de Zaventem y la parada de metro de Maelbeek el pasado martes, causando la muerte a 32 personas. Los últimos días de actualidad política belga se han convertido en una sucesión grotesca de puyas y acusaciones. Una actitud que ha avergonzado a la opinión pública belga: «Hay algo mal en nuestro reino», resumía el diario Le Soir

El partido del ministro del Interior, Jan Jambon, está en el ojo del huracán. Los separatistas flamencos de la N-VA son conscientes de que su alférez está en la cuerda floja. Intentan blindar a Jambon a pesar de su evidente incompetencia. Se niegan a reconocer los errores a la hora de intercambiar información con otros países, al evaluar de forma correcta el riesgo de combatientes retornados o al dejar olvidadas en el cajón reformas legales con las que se podía haber detenido a los yihadistas. Tres de ellas fueron adoptadas ayer tras meses de retraso por la comisión de lucha antiterrorista de la Cámara de Diputados. La policía podrá irrumpir las 24 horas del día en cualquier domicilio si concierne a temas terroristas. Se amplia las posibilidades de escuchas para controlar el tráfico de armas y se da luz verde a la creación de una base de datos común sobre dosieres terroristas.

Separatistas flamencos

El velo que quiere correr el N-VA ha llevado al partido a acusar al exalcalde de Molenbeek Philippe Moureaux de haber abonado el terreno desde hace 20 años para la propagación del salafismo radical en la comuna gracias a una política «laxa». El socialista reconoció errores pero apunta con el dedo a Jambon: «Es el Gobierno federal el que no logró atrapar a los sospechosos».

El ultranacionalista también se sacudió responsabilidades al apuntar a los servicios de transporte público por no evacuar el metro a tiempo tras las explosiones en el aeropuerto: «La culpa es de la Stib por no responder a las instrucciones». «Es falso», replica la Stib. La policía confirma que no les llegó ningún aviso. 

La N-VA también se ha negado a condenar el sabotaje de los 300 hooligans que irrumpieron en la marcha contra el miedo de Bruselas el domingo. «El fallo es de Bruselas», trató de justificarse Jambon. El alcalde de la capital, el socialista Yvan Mayeur, lo niega a pesar de que su policía escoltó a los ultras: «La culpa es del alcalde de Vilvoorde, del ministro del Interior, de los flamencos». ¿Qué dice el alcalde de esa localidad? Que no querían problemas, tenían pocos efectivos para frenarles el paso y decidieron dejarles pasar «de acuerdo con los compañeros de Bruselas».

El clima está emponzoñado y nadie se hace cargo de sus responsabilidades. Los belgas se preguntan si no hubiese sido mejor que el primer ministro, Charles Michel, hubiese aceptado las dimisiones de Jambon y Koen Geens, el titular de Justicia. «¿Debería dimitir todo el Gobierno?», preguntaba el canal público RTBF.

Llevará meses volver a la normalidad en el aeropuerto

La normalidad está lejos de volver a Bruselas. El transporte público todavía no se ha restaurado por completo, los hospitales siguen atendiendo a los heridos, muchos de ellos graves, y el aeropuerto de Zaventem permanecerá hoy cerrado. «Llevará meses volver a la normalidad», reconocía ayer su director, Arnaud Feist. La zona de facturación está «totalmente destruida» y habrá que reconstruir todo el ala.   

Mientras, la larga cadena de despropósitos que han seguido a los atentados se sucede. El abogado de Fayçal Cheffou, el supuesto «hombre del sombrero» liberado el lunes, aportó ayer su coartada: pruebas telefónicas que lo situaban en su casa. La policía no pudo encontrar su ADN en aeropuerto. Un revés para los investigadores y una decepción para algunos políticos como el alcalde de Bruselas, Yvan Mayeur, quien acusó a Fayçal de haber «agitado» a los refugiados de un campamento improvisado en Bruselas incitándoles a la guerra santa. «Se peleó con los representantes de oenegés, el Samur y la plataforma ciudadana. Varias veces pedí a las autoridades que intervinieran», aseguró.

También se pudo saber ayer que el FBI advirtió seis días antes de los atentados del peligro que representaban los hermanos kamikazes, Khalid e Ibrahim el Bakraoui. El aviso, otro más, fue hacia Holanda, a donde Turquía había deportado a Ibrahim. La Haya habría avisado a Bruselas de inmediato, algo que niegan las autoridades belgas. Mientras, el yihadismo extiende sus tentáculos. Varios jóvenes del barrio de Molenbeek recibieron estos días SMS pidiéndoles que se unan a la «lucha contra los occidentales».

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