Idomeni se prepara para otra noche más de cierre fronterizo

Algunos refugiados tratan de usar a su favor la falta de luz para burlar la vigilancia y cruzar la frontera con Macedonia


Idomeni

Conforme el sol cae en el campo de refugiados de Idomeni, la mayoría de los 10.500 migrantes que viven allí desde hace semanas se preparan para otra noche de frío, resguardados en sus precarias tiendas de campaña. Muchas familias encienden fogatas con las que calentarse en previsión de las bajas temperaturas usando ramas caídas de los árboles de los alrededores y tocones recogidos en las lindes de las carreteras, lo que deja en el ambiente un característico olor a humo que domina el campo en las horas vespertinas.

Mientras aún hay luz los más experimentados de entre los migrantes enseñan a grupos de compañeros del campo menos duchos, la mayor parte familias con niños, cómo montar sus nuevas tiendas aprovechando que la tarde no es tan ventosa como lo fue esta mañana y es posible instalarlas sin obstáculos, mientras sus pequeños juegan a su alrededor ajenos al rostro de concentración de sus padres.

Los más afortunados de entre los refugiados pueden pernoctar en una de las enormes carpas blancas de Médicos Sin Fronteras (MSF) que destacan en el horizonte por encima de cualquier otra construcción. Estas carpas, con suelo de PVC y camastros plegables, tienen una capacidad para unas 200 personas y sus ocupantes son elegidos de entre los más vulnerables a juicio de los miembros de la ONG, una decisión siempre delicada.

Los miembros de MSF, que habían erigido cinco de estas carpas hasta el viernes, han añadido este sábado tres nuevas tras un largo día de trabajo y se espera que mañana haya más listas, aunque reconocen que es muy difícil completar estas tareas en unas condiciones meteorológicas tan cambiantes.

Algunos refugiados -sobre todo jóvenes- no piensan en la noche como oportunidad para dormir, sino que tratan de usar a su favor la falta de luz para burlar la vigilancia y cruzar la frontera con la Antigua República Yugoslavia de Macedonia (ARYM). Muchos de los que consiguen su objetivo son golpeados y devueltos a Grecia por la policía macedonia.

La clínica de Médicos Sin Fronteras en Idomeni, según confirma un portavoz de la organización a Efe, admitió a trece jóvenes migrantes en la madrugada del viernes al sábado con heridas de diversa gravedad tras conseguir, según su relato, traspasar la valla fronteriza y ser maltratados y devueltos por las autoridades vecinas. Tres de estos jóvenes fueron trasladados a un hospital y se encuentran estables, según el portavoz de MSF.

Una joven siria de 20 años, Lilove, relata a Efe que en su intento de llegar a Macedonia hace cinco días, en su caso por el río que separa Grecia de aquel país, recibió un golpe que le dejó como secuela un hueso de la pierna roto y la consiguiente cojera, una lesión por la que tendrá que ser operada. Aunque ni ella ni sus compañeros descartan otra intentona: «Esperaré aquí y si hace falta me romperé la otra pierna», relata con una media sonrisa.

La familia de Lilove vive en Dinamarca y ella mantiene la esperanza de que abran las fronteras para poder llegar al norte de Europa y reunirse con sus seres queridos, aunque esa deseada apertura no tiene visos de suceder en un futuro próximo.

Decenas de refugiados se concentraron de nuevo por la tarde en la vía del tren que conecta Grecia con ARYM, la cicatriz que parte el campo de Idomeni por la mitad, bajo la atenta mirada de la policía helena, para pedir la apertura de fronteras. Con visible tensión, algunos han colgado pancartas en las que se podía leer «Cruzar o morir», en claro signo de que la desesperación se ha instalado en muchos de ellos.

Y entre tanta desesperanza e improvisación hay espacio para negocios que hacen de la espera beneficio: desde un peluquero que corta el pelo con vistas a unos prados que se extienden hasta donde se pierde la mirada hasta un puesto de carga de móviles portátil alimentado con un ruidoso generador de gasolina.

También se diseminan por Idomeni pequeños puestos de venta de comestibles, de artículos de primera necesidad y de tabaco, que se anuncia a gritos de vendedor ambulante.

Cuando las ONG han dejado de hacer repartos de comida oficiales aparecen en diversos puntos del campo los repartos informales de víveres, algunos con filas organizadas y respetadas y otros a los que los migrantes van en tromba a recoger un plato de sopa o de arroz.

La rutina nocturna en el campo de Idomeni apenas varía un día tras otro y las esperanzas de cruzar la frontera se extinguen, aunque nadie parece querer renunciar a su plaza en un lugar que se ha convertido en el símbolo de sus deseos de llegar al norte de Europa.

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