Los ricos que se vuelven ministros para no pisar la cárcel


El 1 de enero del 2003, un extornero y exsindicalista juraba como presidente de Brasil con la promesa de cambiar de arriba a bajo un país de 170 millones de habitantes y erradicar la pobreza. Durante sus ocho años de mandato, Lula da Silva sacó a 28 millones de personas de la miseria con su proyecto Fame Zero y se convirtió en el icono de la izquierda pragmática en un Brasil que superó todas las expectativas, convirtiéndose en un país estrella de las economías emergentes.

Trece años después todo ha cambiado y no para bien. El país está en recesión, la corrupción carcome al Partido de la Trabajadores y aquel encantador de masas y político honesto se escuda en un cargo en el Gobierno para blindarse ante el poder judicial. Una Justicia que quiere procesarle por enriquecerse a cuenta de las corruptelas que salían del pozo sin fondo de Petrobras e incluso meterle en prisión preventiva. «En Brasil es así. Los pobres cuando roban van a la cárcel, los ricos se vuelven ministros». No podía ser más apropiada esta frase que los medios brasileños aseguran pronunció Lula hace 27 años.

En el 2005, ya salió ileso del caso del Mensalao, que puso en jaque a su primer Gobierno, pese a que varios de sus colaboradores dieron con sus huesos en la cárcel. Lula pretende plantar batalla ahora a Sergio Moro, el fiscal anticorrupción estrella y referente de la marea opositora. «Si querían matar a la serpiente, debieron golpearla en la cabeza, no en la cola, porque la serpiente está viva como siempre estuvo», proclamó combativo. Pero una gran parte de los brasileños ya no se ven seducidos por la serpiente y le reprochan su maniobra de esconderse bajo el aforamiento para salvar el pellejo.

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