Europa, a remolque de Barack Obama


En 1996, poco después de la llegada al Gobierno, José María Aznar anunció el fin de la cooperación institucional con la Habana. Meses después propuso a la Unión Europea implantar la llamada Posición Común hacia Cuba, en la que se condicionaba cualquier diálogo político y económico al respeto a los derechos humanos y a su apertura democrática. El razonamiento, siguiendo la máxima defendida durante décadas por los presidentes de EE.UU., es que esa presión lograría llevar la democracia en Cuba.

Barack Obama proclamó el fin de «un enfoque obsoleto que por décadas fracasó» al anunciar el 17 de diciembre del 2014 su acuerdo con Raúl Castro para poner fin a medio siglo de enemistad entres los dos países. El histórico deshilo pilló con el paso cambiado a Bruselas. La lenta maquinaria comunitaria estaba en plenas negociaciones para abolir el veto impuesto por Aznar mientras la bandera de las barras y estrellas ondeaba ya en el malecón habanero.

Una vez más, los países comunitarios prefirieron optar por la diplomacia bilateral en una carrera por hacerse con el favor de La Habana y preparar el terreno a sus intereses económicos, antes de la llegada de la maquinaria yanqui. El primero en romper décadas de aislamiento fue François Hollande, que fue recibido por los dos hermanos Castro, toda un deferencia que no tuvieron con García Margallo en el 2014, aunque sí con Núñez Feijoo en el 2013. Atrás quedaban el recibimiento de Manuel Fraga en Cuba con honores de jefe de Estado en 1991. Luego le siguió el alemán Sigmar Gabriel, el italiano Matteo Renzi y una larga lisa de mandatarios

Toda una carrera en la que España se quedó rezagada. El pasado octubre por fin desembarcaron en La Habana los ministros De Guindos y Soria, liderando una ofensiva empresarial para conseguir inversiones.

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