Los refugiados en Idomeni: «¿Cómo voy a seguir así? No puedo más»

Los sirios atrapados en Idomeni se quejan, desesperados, de que en Europa no queda humanidad


Idomeni / E. La Voz

Madres recogiendo hierbas para cocinar. No es Madaya, la ciudad siria sitiada donde sus habitantes mueren por inanición, sino Europa, en la frontera que separa Grecia y Macedonia. Niños sin zapatos en el barro, bebés recién nacidos congelados de frío. Padres de rostro desencajado porque no pueden parar el llanto de los pequeños. Familias que perdieron a hijos en la guerra o que escaparon del Estado Islámico. Todos prefieren volver a Siria porque en Idomeni la humanidad ha dejado de existir.

«Prefiero volver a mi ciudad. Allí no tengo nada pero soy persona. ¿Cómo voy a seguir así? No puedo. ¿No lo entiendes? No puedo más». Hamed llegó hace una semana con su pareja y su perro. Enseña fotos de su mujer con niqab. Ella se deshizo del velo negro ante los ojos de los terroristas en el último puesto de control del califato. Había salido ya de su zona de control. Pero después de su peligrosa travesía quieren volver al «agujero negro» del que salieron porque Europa no los trata como humanos. «¿Ves mi manicura? Los terroristas querían cortarme los dedos y me acuchillaron la pierna», muestra las cicatrices.

«¿De verdad qué no abrirán nunca más?. ¿Qué hago con mis hijos?. ¿Por qué nos pasa esto, por qué?, llora una profesora de universidad kurda. Nadín, su hija pequeña, la abraza pero no hay consuelo para explicar que las fronteras están cerradas. No lo quieren escuchar. Nadie lo quiere creer. «¿Y Albania? Hay gente en el hotel Hara que ofrece pasar la frontera. Mafias», explica el marido, un ingeniero de telecomunicaciones. La desesperación es tal que están dispuestos a arriesgar su vida otra vez. Empiezan los rumores de las rutas alternativas.

En la carretera de Polikastro un grupo de refugiados ha ocupado un hotel abandonado con techos de pladur derretidos. Queman plásticos. Apenas se puede respirar. No hay agua corriente ni luz. «No hay humanidad, no existe, nunca más». Bassim fue trabajador de la Cruz Roja en Alepo y pide un ordenador. Las fotos que muestra están fuera de toda razón, pero ha pedido volver a Siria otra vez. Al infierno que reflejan sus vídeos.

Enfermedades infantiles

«Somos unos miserables», repite Nadel mientras cava una zanja para que el agua no entre en las tiendas. Pisa el barro con unas chanclas rotas. «Estaré aquí con toda mi familia hasta que abran esa frontera». Su hermano de tres años juega empapado por la lluvia. Más del 40% de los refugiados que malviven en Idomeni son niños y bebés. Médicos Sin Fronteras no da abasto y alerta de secuelas irreversibles. Hay cientos de niños enfermos.

Una niña con discapacidad y sus cinco hermanos pelan una naranja en una estación de servicio donde se asentó un pequeño grupo. Sillas de ruedas, muletas, pelotas de fútbol ocupan la tienda de la gasolinera. Sueños rotos de miles de personas. «Si hubiera llegado un mes antes ahora estaría en Alemania». Fátima no entiende su mala suerte. Camina con la mirada perdida. Dice que su alma está rota, pisoteada, humillada.

El Gobierno griego ha prohibido a las agencias de viaje vender más billetes a Salónica e Idomeni. Los miles de refugiados que llegan al puerto del Pireo van directos a campos. Los encargados de reubicar a los más de 40.000 refugiados atrapados en Grecia recorren hostales y tiendas de campaña intentando convencerlos de que lo mejor es esperar a que les asignen un país, pero no quieren. La mayoría tienen solo un destino en la cabeza, Alemania.

Las noches en Idomeni son una pesadilla. Solo se escucha el llanto de los niños. Las hogueras se apagan con la lluvia. El frío cala. Y a pesar de perder todos sus derechos, contestan a las preguntas, sonríen, invitan a cenar a quienes se acercan a sus tiendas llenas de barro. Siguen esperando. No se rinden. Quieren vivir.

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