Bélgica despierta la pesadilla de otro Chernóbil en Europa

Países vecinos presionan a Bruselas para que cierre sus viejas plantas nucleares


Chernóbil 1986 y Fukushima 2011. Las dos grandes catástrofes nucleares del último medio siglo dejaron grabadas en las retinas del mundo entero imágenes fantasmagóricas de su devastación. Nada sacude más el miedo que la posibilidad de revivir un desastre de ese calibre. Y mucho más si el peligro germina en el corazón mismo de Europa. 

Bélgica está en el punto de mira. El estado de conservación de sus dos viejas centrales nucleares ha hecho saltar las alarmas de sus vecinos. Alemania, Holanda y Luxemburgo presionan a Bruselas para que eche el cierre. Quieren forzar su apagón nuclear antes de que sea demasiado tarde.

Razones no faltan. Desde el año 2012, las plantas de Döel (cercana a Amberes) y Tihange (próxima a Lieja) acumulan una larga lista de incidentes. Grietas, fugas de agua, incendios y hasta sabotajes sin resolver son algunos de los «contratiempos» que han tenido lugar dentro de las instalaciones. La autoridad belga de seguridad nuclear llegó a detectar más de 16.000 grietas en ellas. El operador, Electrabel, asegura que la integridad de las estructuras «está garantizada». 

No lo tienen tan claro los ciudadanos de los municipios fronterizos cercanos a las plantas nucleares. Las autoridades de Maastricht (Holanda) y Aquisgrán (Alemania) anunciaron que recurrirán a la Justicia para forzar a Bélgica a cambiar su política energética. La presión pública se ha convertido en tensión política. La ministra alemana de Medio Ambiente, Barbara Hendricks, se reunió el pasado lunes en Bruselas con el titular belga del Interior, Jan Jambon, para exigir explicaciones y demandar una evaluación nueva de impacto ambiental. En la calle, decenas de activistas rodearon el edificio al grito de «parad el próximo Chernóbil» para protestar contra la decisión del Gobierno de prolongar la vida de las centrales hasta el 2025. Jambon se comprometió a realizar inspecciones transfronterizas, responder a las preguntas de los expertos alemanes y reunirlos en marzo para evaluar la situación.

Bélgica se resiste a apagar los motores. Las plantas nucleares suministran el 60 % de sus necesidades energéticas. El cierre supone la pérdida de centenares de empleos y el encarecimiento de los precios para familias e industria. En el camino tiene a casi todos sus socios europeos en contra. Fukushima supuso un antes y un después. La canciller alemana, Angela Merkel, hasta entonces dispuesta a prorrogar el funcionamiento de las 17 centrales alemanas, ordenó su apagón en el 2022 a más tardar. Pero, ¿puede la UE torcer la voluntad del Gobierno belga? No. Aunque el peligro concierne a toda Europa, cada país decide cómo enfocar su estrategia nuclear. 

Sabotajes «sofisticados»

La batalla política está servida. Algunos expertos, como el profesor de la Universidad de Lieja Damien Ernst, creen que el riesgo de otro Chernóbil es bajo. Se muestra más preocupado por los sabotajes «sofisticados» que han sufrido los reactores. El modus operandi no encaja con un ataque terrorista. El daño fue muy medido. Lo justo para paralizar la actividad de una central durante 24 meses. Los días posteriores se detectaron drones no identificados sobrevolando las centrales, igual que en Francia. Ernst lanza la pregunta: «¿Quién puede estar interesado en hacer a la UE más dependiente de otro tipo de energía?», y apunta al sospechoso habitual: Rusia.

La Fiscalía belga sigue investigando los sabotajes y los vuelos. La Agencia Federal de Control Nuclear recomienda mientras tanto repartir pastillas de yodo entre la población. No pueden excluir un nuevo accidente nuclear.

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