Hollande pisa la realidad


El ataque de ayer contra la base de la ONU en Kidal es un recordatorio, por si hacía falta alguno tras la matanza de Bamako hace nueve días, de que la operación internacional en Mali no es de mantenimiento de la paz, sino una misión de combate. Quienes están al tanto de la situación en el país africano se habrán sorprendido bastante al oír hablar estos días a algunos dirigentes políticos acerca de sustituir a Francia en Mali. Lo decían como si se tratase de una alternativa más cómoda a participar en los bombardeos contra el Estado Islámico en Siria e Irak.

Por el contrario, la misión de Mali está considerada como la más peligrosa de todas las que tiene en marcha la ONU en estos momentos, con más de medio centenar de bajas desde que se estableció en abril de 2013 para dar apoyo a Francia. De hecho, si los franceses han tenido que permanecer allí es porque sus tropas resultan muy difíciles de reemplazar en esta región en la que ellos tienen mucha experiencia y una sólida red de inteligencia dirigida desde su centro de operaciones en Niamey, en la vecina Níger.

Después del arranque de ira de François Hollande tras la matanza de París, comprensible pero poco meditado, se tendrá que ir imponiendo el realismo. El presidente francés ya se ha dado cuenta de que el tipo de coalición que pretendía formar para atacar al Estado Islámico no es factible, entre otras cosas porque ya existe. Desde hace un año Estados Unidos y sus aliados bombardean el territorio del Califato, y tras un total de casi 5.500 misiones el problema es que ya no hay objetivos que destruir. La campaña aérea ha servido, sin duda, para dificultar los movimientos de los guerrilleros del Estado Islámico pero no ha podido impedir, por ejemplo, la caída de Ramadi en Irak o la de Palmira en Siria. ¿Por qué? Porque la coalición internacional se negó a dar cobertura aérea a las milicias chiitas pro-iraníes en Ramadi y a las tropas de Al Asad en Palmira. Esta es la clave de la cuestión: el obstáculo para vencer al Estado Islámico es más político que militar.

Hollande lo ha comprendido ya, de ahí su acuerdo con Putin, decepcionante para muchos pero lógico si se asume el discurso de que la prioridad es la lucha contra el yihadismo. El siguiente paso lo ha dado el ministro de Exteriores Laurent Fabius al dejar la puerta abierta a la colaboración con el ejército sirio. Es otra constatación realista: la de que esa es la única fuerza terrestre lo suficientemente motivada como para ocupar y mantener el control sobre el territorio del Califato. Falta ahora ver la reacción de Washington, y sobre todo la de los aliados de Occidente en la zona, en particular Turquía y Arabia Saudí, cuyos intereses en este asunto son muy distintos.

Cambiar de prioridades es la primera batalla que hay que dar en la lucha contra el Estado Islámico, y no está resultando fácil.

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