«Mi hermano pensaba que estábamos en estado de sitio, que no podíamos salir»

Cristina Porteiro Bruselas BRUSELAS | LA VOZ

INTERNACIONAL

Tres jóvenes gallegos cuentan cómo viven la máxima alerta por terrorismo: «Hay que demostrarles que no tenemos miedo»

23 nov 2015 . Actualizado a las 13:22 h.

Bruselas se despertó este fin de semana con las bocas de metro cerradas. El Centro de Crisis belga aumentó la alerta al máximo ante el riesgo «serio e inminente» de un ataque terrorista similar al que sufrió París el viernes 13 de noviembre. Los eventos deportivos y culturales de la ciudad se cancelaron, los centros comerciales y museos echaron el cierre. La presencia de tanques y militares armados por las principales arterias y edificios de la ciudad ha cambiado el paisaje y el pulso de la capital belga.

«Los controles están siendo mucho más estrictos en instituciones como el Parlamento Europeo, me piden la acreditación todo el rato y me preguntan que a quién vengo a ver», asegura Jose Santoro. Este enfermero de Vigo acude periódicamente a Bruselas junto al resto de la Ejecutiva del Rainbow Rose, el brazo LGTB de los socialistas europeos: «Tengo compañeros que no querían venir. Tienen mucho miedo», indica. Ese mismo día le anuncian que deberán suspender la reunión en la sede del partido porque la alerta por riesgo de atentado se ha incrementado. Los equipos de seguridad trabajan solo hasta las 18.00. No pueden permanecer en el edificio sin protección, así que deciden trasladarse a otra oficina.

Iria Rodríguez
Iria Rodríguez

La sensación de riesgo que se proyecta a diario a través de las imágenes y las noticias mantiene en vilo a los familiares y amigos de los gallegos desplazados en Bruselas: «Mi hermano pensaba que estábamos en estado de sitio y que no podíamos salir de casa», asegura Iria Rodríguez-Lestegás, una joven traductora de Lugo. A Ángela Lamuño, una coruñesa de la oficina regional de Galicia en Bruselas, le ha pasado lo mismo: «Tengo amigos que van a dejar de ir al cine o a terrazas y otros que iban a venir y querían cancelar el viaje. ¿Qué se creen que pasa aquí?», se pregunta incrédula. Para ella, nada ha cambiado, a pesar de que esta misma semana desalojaron una calle adyacente a su oficina, muy cercana a la Comisión Europea, tras detectar un coche sospechoso: «Ya lo vivimos tras el ataque al Charlie Hebdo. La psicosis se ha generalizado, pero yo me siento segura, es mi manera de ser. No puedes dejar de hacer tu vida normal». No le sorprenden las macrorredadas ni las críticas a las fuerzas de seguridad belgas: «Ya me habían hablado antes de venir aquí de la incompetencia de la policía».

Mantener la rutina

Ángela Lamuño
Ángela Lamuño

Iria no lo ve así. Ella vive cerca de Gare du Midi, un lugar bien conocido por los agentes. Asegura que los problemas en los barrios más conflictivos de la ciudad vienen de lejos: «Nunca me he sentido segura por la noche por el ambiente musulmán en la calle». Tampoco le inspira confianza el ejército: «Yo me siento más insegura al ver militares con metralletas a mi lado y en las ventanas de los edificios. Nunca sé si son policías que velan por nuestra seguridad o terroristas y francotiradores». Jose cree que la radicalización en barrios como Molebeek no es una cuestión religiosa, sino de integración: «Bruselas debería esforzarse en ver en qué situación se hallan sus barrios y no relacionar el terrorismo con la religión o la inmigración». 

Los periódicos anuncian nuevas detenciones. Todavía hay yihadistas dispuestos a atentar, pero los tres jóvenes se niegan a cambiar sus rutinas: «No podemos pararnos, hay que seguir», dice Jose. Iria lo respalda: «Quieren aterrorizarnos, por eso es importante que continuemos con nuestra vida, para demostrarles que no tenemos miedo».