Berlín quiere facilitar el acceso al sistema sanitario a los inmigrantes

La decisión agrava el cisma entre el Gobierno y sus socios bávaros de la CSU. En Alemania viven 1,5 millones de jubilados de otras nacionalidades. A menudo se ven perjudicados por la barrera idiomática y la religiosa


Berlín / E. La Voz

El mensaje es claro: médicos, hospitales y profesionales de la asistencia sanitaria deben mejorar sus servicios para inmigrantes. Es la conclusión a la que llegó ayer el Gobierno alemán, tras celebrar la octava cumbre nacional sobre integración, que en esta ocasión se centró en el tema de la salud. «Nuestro sistema sanitario presenta una estructura compleja», admitió Angela Merkel al finalizar el encuentro, en el que participaron asociaciones de inmigrantes, iglesias, profesionales de la salud y miembros del Gobierno federal, así como de las autoridades estatales y municipales. La canciller alemana insistió en que hay que eliminar la barrera idiomática y conceder más importancia a las distintas costumbres y religiones.

En Alemania viven un millón y medio de jubilados oriundos de otros países. Una cifra que, según los expertos, alcanzará los tres millones y medio en el 2030. Y la mayoría de ellos no recurren a la atención sanitaria. Una de las principales razones es la barrera idiomática. El porcentaje de extranjeros que se dedican a prestar servicios médicos o de atención sanitaria es mínimo.

A estos obstáculos hay que sumarles la barrera religiosa. Según un estudio publicado recientemente, el 27 % de los musulmanes desean que, ya sea en la vejez o durante una fase de enfermedad, les cuide una persona de su misma religión, mientras que en el caso de los católicos la cifra se sitúa en el 9 %. La responsable de Integración del Gobierno, la socialdemócrata Aydan Özoguz, aseguró que lo que necesita la sanidad alemana es un «ápice de normalidad», para poder así garantizar una mayor apertura a las personas de otras culturas. Merkel hizo hincapié en que, si bien la integración pasa por que los inmigrantes se comprometan a cumplir las leyes alemanas, también se requiere «que la sociedad esté dispuesta a ser tolerante y quizás sienta una cierta necesidad de ser más plural».

Este nuevo objetivo del Gobierno alemán choca con el sentir de parte de la población. La última manifestación convocada por el movimiento xenófobo Pegida para pedir, a raíz de los atentados de París, el fin de la política de puertas abiertas para los refugiados reunió en Dresde a unos 10.000 islamófobos. Si bien son más que en las últimas manifestaciones, lejos quedan los 20.000 que Pegida consiguió convocar en enero tras los atentados contra Charlie Hebdo.

El cisma también persiste en el plano político. El pasado fin de semana, el titular de Finanzas de Baviera, Markus Söder (CSU), fue el primero en trazar vínculos donde no los hay. «Los días de la inmigración descontrolada tienen que acabar por fin», defendió Söder. A la avalancha de rechazos de la CDU y el SPD, se suma incluso el distanciamiento de su propio jefe de partido, el líder de los cristianos bávaros, Horst Seehofer, defensor acérrimo de exigir a Merkel que limite las llegadas de refugiados.

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