Munkedal es un pueblo tranquilo de unos 10.000 habitantes en el suroeste de Suecia al que tocó en suerte uno de los albergues que el Gobierno diseminó a lo largo del país para acoger a las decenas de miles de refugiados que piden asilo huyendo de las guerras de Siria, Irak o Afganistán. El centro quedó reducido a cenizas la madrugada de ayer tras sufrir un incendio en el que la policía ve un móvil criminal y que ha hecho saltar las alarmas. «Estoy aterrado», declaró el primer ministro, Stefan Löfven. «Esta no es la Suecia que conocemos, no es la Suecia de la que estoy orgulloso».

El siniestro de Munkedal no causó muertos, pero es el cuarto de estas características que registra Suecia esta semana y el decimoquinto del que son blanco los alojamientos dispuestos para asilados desde enero. Todo un síntoma de que el movimiento de resistencia xenófoba desatado en Europa por la avalancha de refugiados no conoce fronteras y prende también en lugares de tradición hospitalaria. Suecia, el país de la UE que más peticionarios de asilo per cápita recibió el año pasado, está a punto de superar en este la cifra récord de 84.000 que se registró en 1992, en medio de la guerra de los Balcanes.

Los ataques que sufre ahora el país nórdico, como los de hace unas semanas en Alemania, apuntan a un ascenso creciente de los sentimientos de intolerancia en Europa, y a una mayor radicalización, como quedó patente anteayer en Dresde donde más de 20.000 islamófobos se plantaron ante la sensibilidad acogedora mostrada por el Gobierno de Berlín y le exigieron dureza con las deportaciones. Su programa no puede ser otro que sabotear los intentos de encauzar el problema.

Por el momento, la crisis trabaja a su su favor porque no tiene aspecto de remitir: el flujo de personas que entran en Europa desde Turquía cruzando el Egeo no deja de crecer. Desde el viernes han llegado a las islas griegas unos 29.000 refugiados, según datos de la Guardia Costera helena que atribuye el aumento de las últimas fechas a que Turquía los deja pasar para seguir presionando a la UE y así conseguir más dinero en concepto de ayudas o la supresión del visado.

Descuentos

La portavoz de Acnur, el organismo de la ONU para los refugiados, añadió ayer a este otro motivo tras recabar los testimonios de los recién desembarcados. Según contaron, los traficantes están ofreciendo descuentos para viajar por cruzar con mal tiempo y por meter a más personas en las embarcaciones.

La presión se hace insoportable para algunos gobiernos de la UE, como el holandés, que remitió ayer una carta a los refugiados acogidos para informarles de que «no tiene sitio suficiente en los centros de recepción regulares». La misiva, firmada por el secretario de Estado de Inmigración, Klaas Dijkhoff, no es tranquilizadora. Asegura que la solicitud de asilo «tardará medio año en ser procesada» y no garantiza el acceso a vivienda en el supuesto de que sea tramitada positivamente, ya que no hay casas para todos. «Es posible que tenga que quedarse usted en el centro de refugiados, en una casa prefabricada o en un edificio de oficinas reconvertido junto a más personas», afirma.

Otro Gobierno que parece tirar la toalla es el noruego, que anunció ayer que devolverá a Rusia a todos los solicitantes de asilo que hayan tenido estancia legal en ese país ante el aumento de refugiados, en su mayor parte sirios, que han llegado en los últimos meses.

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El Gobierno sueco, «aterrado» por los ataques a albergues de refugiados