El acuerdo del rescate entre Grecia y la UE desgarra a Syriza por dentro

Tsipras maniobra a la desesperada para evitar la fractura de su partido


bruselas / corresponsal

Las espadas siguen por todo lo alto en Syriza. El principal partido del Gobierno griego es incapaz de reconciliar posturas. Lejos de limar asperezas, las divisiones se hacen cada vez más grandes. El acuerdo firmado por su líder, Alexis Tsipras, el pasado 13 de julio en Bruselas, se interpreta en el ala más radical de la formación como una traición en toda regla de las promesas electorales con las que accedieron al poder hace tan solo cinco meses.

Como consecuencia de ello, un grupo de 40 diputados han declarado la guerra a su primer ministro. En la madrugada de ayer 36 de ellos asestaron el segundo golpe a la estabilidad interna del partido tras votar en contra y abstenerse en la votación de un nuevo paquete de reformas que salió finalmente adelante con el apoyo de la oposición en el Parlamento de Atenas. Ya es la segunda vez en apenas una semana. La falta de apoyo interno ha puesto a Tsipras en manos de los conservadores, liberales y socialistas, quienes tienen la llave para sacar adelante los programas exigidos por los acreedores y socios europeos a Grecia. Sin ellos, Atenas podría quedarse sin su tercer rescate el próximo mes de agosto.

Syriza emite señales serias de desintegración. «La división es claramente visible», reconocía ayer la portavoz del Gobierno, Olga Gerovasili, tras la votación en el Parlamento. La presidenta de esa misma institución, Zoé Konstandopoulo, se negó a dirigir la sesión en señal de protesta y votó en contra de las reformas del código civil y de la directiva europea para la reestructuración bancaria. A pesar de ello, ayer se reunió con Tsipras en el palacio presidencial y le transmitió su voluntad de salvaguardar la unión de la izquierda. No se sabe a qué precio.

Las fricciones en el seno de Syriza no dejan dormir a Tsipras, quien necesita templar los ánimos para abordar las diferencias dentro de su partido una vez que haya dejado bien atado el tercer rescate. Cada vez cobra más fuerza la posibilidad de que se convoque un congreso extraordinario en septiembre para dirimir el futuro de la formación.

Hasta entonces, el primer ministro no quiere hablar en público de sublevados. La  calma y la prudencia son fundamentales para mantener la situación bajo control y evitar que se desate una batalla abierta entre sus fieles y los amotinados. Al frente de estos últimos se erige el exministro de Energía, Panagiotis Lafazanis, una de las figuras más emblemáticas y con más poder dentro de los comités del partido. Su popularidad en las calles no alcanza a la de Tsipras. Sin embargo, aspira a alzarse como el único garante del espíritu genuino de Syriza, que en su opinión, ha quedado desvirtuado tras capitular frente a los socios europeos y acreedores.

El grupo de rebeldes podría seguir alimentándose de algunos de los objetores que votaron a favor del último paquete de reformas. Algunos lo hicieron a regañadientes y vertiendo duras críticas. El ministro de Infraestructuras, Christos Spirtzis, por ejemplo, reprochó el plan de privatizaciones de 50.000 millones de euros que obligará al Estado a vender a un fondo alemán 14 aeropuertos regionales helenos que a día de hoy generan beneficios. «Es más propio de una colonia que de un Estado de la UE».

Tsipras se aferra al Gobierno y lucha para evitar que Syriza se desgarre por todos los costados. Algunos viejos aliados han regresado para prestarle su apoyo. Es el caso del exministro de Finanzas, Yanis Varufakis. En esta ocasión dijo sí a las reformas a pesar de «no creer en ellas».

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