Grecia supera el último escollo para negociar su rescate

Los rebeldes de Syriza arremeten contra Tsipras y alientan las protestas contra la austeridad en las calles de Atenas


bruselas / corresponsal

Quién le iba a decir en enero al flamante primer ministro griego, Alexis Tsipras, que cinco meses después de tomar el mando al frente del Gobierno griego, tras prometer poner fin a la austeridad, acabaría apoyando en el Parlamento heleno el acuerdo más duro que ha tenido que sellar Grecia con sus socios hasta la fecha.

Y no solo lo ha hecho en una ocasión. El líder de Syriza tuvo que mostrar ayer de nuevo su compromiso con lo acordado el pasado 13 de julio en Bruselas al solicitar a los diputados de su partido el apoyo para sacar adelante el segundo paquete de reformas que tendrá que poner en marcha para negociar oficialmente el tercer rescate.

Superado ese obstáculo, el Gobierno de Tsipras tiene el camino abierto para pactar los términos con la troika. El comisario europeo de Economía, Pierre Moscovici, reconoció ayer que «se está avanzando rápidamente» y que hay tiempo para «concluir las negociaciones a mediados de agosto».

Mientras Tsipras endereza el rumbo tras cinco meses de negociaciones erráticas, los rebeldes de su partido arremeten contra su líder, al que acusan de haber negociado sin alternativas y haber firmado un acuerdo mucho más costoso que el que se les ofreció en el mes de febrero. También critican de forma feroz que se haya priorizado el pago a los acreedores a costa de los fondos públicos en lugar de haber nacionalizado la banca y declarar impagos. La presión sobre Tsipras se multiplica en las bases del partido. Los jóvenes de Syriza reclaman la celebración de un congreso extraordinario que podría llegar una vez que el primer ministro griego firme el tercer rescate.

Mientras tanto, necesitará el apoyo de los partidos de la oposición para cubrir las bajas de los amotinados de su formación que se niegan a apoyar el nuevo programa. Entre los disidentes se encuentra la presidenta del Parlamento griego, Zoé Konstantopoulos, quien ayer calificó de «golpe de Estado» el acuerdo y alertó sobre los riesgos que entraña el nuevo código civil dictado desde Bruselas. «Elimina el funcionamiento del Estado de Derecho, en el cual existe la distinción entre los poderes, según estipula la Constitución, y el respeto del principio de un juicio justo». El ministro de Justicia, Nikos Paraskevopoulos, justificó la decisión de no incluir enmiendas a la reforma alegando que no se podía desviar de lo pactado.

Las deserciones internas en Syriza no son el único problema que quita el sueño a Tsipras. Algunos de sus diputados alentaron a la sociedad civil a tomar las calles de Atenas para mostrar su rechazo a las condiciones férreas impuestas por los acreedores y socios de Grecia. Ayer mismo el sindicato PAME, vinculado a los comunistas, y el sindicato ADEDY de funcionarios llamaron a los ciudadanos a movilizarse contra las nuevas medidas provocando disturbios en el centro de la capital.

Juncker acusa a España y Portugal de entorpecer el alivio de la deuda griega

Ha pasado más de una semana desde que Grecia cerró el acuerdo con sus acreedores para abrir las puertas a la negociación de un tercer rescate. El camino estuvo plagado durante estos cinco meses de obstáculos que pusieron las dos partes. Lo reconoció ayer en una entrevista al diario belga Le Soir el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, quien dio detalles precisos de lo que se cocinó a puerta cerrada y atribuyó el resultado final al miedo al fracaso que se apoderó de los socios.

El que fue el principal mediador en las negociaciones aseguró que la cuestión del alivio de la deuda helena fue entorpecida por el Gobierno español. «Le dije a Tsipras que el tema se podría resolver hacia octubre. Algunos países, como Irlanda, Portugal y España, no querían que fuese antes de las elecciones y se enfadaron mucho conmigo», indicó el luxemburgués, quien lamentó la ruptura de los lazos de solidaridad en Europa. «Estoy muy preocupado por el futuro. Si la unión monetaria se deshace, todo se puede desintegrar». También puso énfasis en el temor al resurgimiento de las viejas rencillas nacionalistas. «Ahora todo es posible. Los viejos demonios, los resentimientos, aún están vivos».

A pesar de criticar con dureza a algunos Gobiernos nacionales como el alemán, el eslovaco o el lituano por la «agresividad antigriega» de la que hicieron gala «por razones puramente nacionales», Juncker también culpa a Tsipras de abusar de la solidaridad europea y niega que se haya humillado a los griegos. «Los que dicen que el programa es un catálogo de crueldades no saben que los niveles de protección social en varios países de la eurozona son más bajos que en Grecia».

Tampoco desaprovechó la ocasión para hacer valer su legado después de que el presidente del Consejo, Donald Tusk, se colgase la medalla del éxito del acuerdo. «Hice de todo en las últimas horas para tranquilizar a los demás socios mientras Tusk negociaba con Alemania, Francia y Grecia sobre el fondo de privatizaciones de 50.000 millones de euros». Un fondo, por otro lado, ideado por el luxemburgués en el 2011: «Siempre estoy feliz cuando mis propuestas se convierten en ideas de otros», apunta con ironía.

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