Guerra abierta entre la UE y Atenas para inclinar la consulta a su favor

El Gobierno griego recibe el apoyo de Thomas Piketty y de Romano Prodi


Bruselas / Corresponsal

El pulso que mantiene el Gobierno de Syriza con la eurozona y sus acreedores se ha convertido en una guerra abierta entre defensores de las políticas de recorte presupuestario y los que abogan por salir de la crisis sacrificando los preceptos de la austeridad. Nadie se contiene a la hora de mostrar su preferencia en la votación del domingo y, aunque todos dicen que no quieren interferir, todos lo hacen. Empezando por la propia Comisión Europea.

 Bruselas asegura que no promueve ninguna opción a pesar de que el propio presidente del Ejecutivo, Jean Claude Juncker, llamó el lunes a los griegos a votar sí «como prueba de que quieren quedarse en la Unión Europea». «No estamos en campaña y no usaremos la sala de prensa para establecer un diálogo con las autoridades griegas», aseguró ayer el portavoz comunitario, Margaritis Schinas, antes de partir hacia Atenas para votar.

A nadie se le escapa, sin embargo, que Bruselas ha convertido la consulta en un sí o un no a la UE, un planteamiento del que Tsipras siempre ha querido escapar asegurando que tras el no el Gobierno saldrá más fortalecido para negociar un tercer rescate más beneficioso.

 El Eurogrupo ha echado tierra de por medio para poner las cosas más difíciles al Gobierno de Syriza. «Un no no mejorará la posición negociadora de Grecia, sino que pondrá a Europa en una posición más difícil», aseguró ayer su presidente, Jeroen Dijsselbloem. Incluso Francia, partidaria de ceder con Grecia para llegar a un acuerdo antes de la consulta, cuestionó los beneficios que podría reportar un no a los griegos. «No puedes negociar con alguien que te dice no», apuntó ayer el ministro de Finanzas galo, Michel Sapin poco antes de que dijera también lo mismo su primer ministro, Manuel Valls.

 En medio del fuego cruzado, se han alzado las voces de algunos premios Nobel de Economía que apoyan las tesis de Tsipras y abogan por el no en el referendo. Paul Krugman fue el más vehemente al asegurar en el New York Times que «la austeridad es un camino sin salida. Después de cinco años, Grecia está en peor siruación». Tanto él como su colega Joseph Stieglitz sostienen que la situación es tan crítica que no se puede hacer mucho más daño a la economía y sugieren a los ciudadanos que no capitulen para preservar su independencia. Al coro se unió ayer el francés Thomas Pikkety, autor del best-seller El capital en el siglo XXI, quien respaldó la reestructuración inmediata de la deuda que solicita Tsipras. «No es para mañana es para ahora», advirtió el galo, muy crítico con los Gobiernos europeos por su estrechez de miras a la hora de aceptar que la deuda de Grecia no será sostenible sin una quita.

El expresidente de la Comisión Europea y ex primer ministro italiano, Romano Prodi, también se asomó al debate con una advertencia de tintes dramáticos. «La Historia da muchas vueltas», dijo en apoyo de Tsipras. «La Primera Guerra Mundial estalló por un incidente menor. Pero espero que Atenas no sea nuestra Sarajevo».

Schulz reclama un Gobierno técnico

El presidente del Parlamento Europeo, el socialdemócrata alemán Martin Schulz, no se anduvo ayer con rodeos y dijo esperar una victoria del sí el domingo, para que llegue al poder «un gobierno de tecnócratas» y termine «la era Syriza». Igual de duro se mostró el también socialista Joaquín Almunia. El exvicepresidente de la Comisión Europea afirmó ayer que el primer ministro griego es un «desastre» como gobernante, porque «no ha conseguido arreglar nada y ha destrozado casi todo». Almunia cree que Tsipras ha negociado «rematadamente mal» al «destrozar» la confianza de sus interlocutores. A su juicio, aunque sus antecesores no lo hacían bien, «Grecia estaba empezando a superar un bache tremendo».

¿Son graves las diferencias entre París y Berlín?

La decisión de Alemania de cerrar las puertas a las negociaciones con Grecia hasta que se celebre el referendo ha creado divergencias con Bruselas y París que saltaron a la vista el miércoles. Mientras la Comisión Europea, junto a Francia, aún intentaba alcanzar un acuerdo de última hora con Atenas, Alemania frenaba en seco los esfuerzos.

En opinión de la politóloga del Instituto Alemán de Política Exterior, Claire Demesmay, las diferencias con Francia no son de principio sino «de método» y se explican por opiniones públicas divergentes en Francia y Alemania. «En Francia, se le pide a Hollande que sea más flexible mientras que en Alemania se le exige a Merkel más firmeza». A su juicio, el Grexit preocupa en Berlín mucho más de lo que a veces parece. «Sería un fracaso personal» para Angela Merkel, la heredera ideológica de Helmut Kohl, que participó en la creación de la moneda única».

El Gobierno alemán está muy condicionado, además, por la necesidad de tener el acuerdo de los diputados de la mayoría. Debe asegurarse de que cualquier acuerdo negociado entre el Eurogrupo y Atenas obtenga el apoyo parlamentario, algo que lleva un tiempo y no está garantizado de antemano, sobre todo porque el descontento aumenta dentro de la CDU y la CSU.

Según otros analistas, la firmeza de Berlín también se explica por razones culturales. El anuncio imprevisto del referendo choca en Alemania, donde se considera una ruptura de las reglas del juego mientras que en Francia este aspecto es más laxi. Para otros, Merkel también se encuentra bajo la presión de varios Estados como Holanda, Finlandia, Eslovaquia o Austria, de los que se convirtió en portavoz y que le exigen mantener la firmeza. Ante esta coalición y frente a los los países del sur como España y Portugal, que consideran haber respetado las reglas del juego pagando el precio de sacrificios sociales y políticos importantes, «París está relativamente aislada» en el rol de mediador, explica Demesmay.

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